7 de agosto de 2010

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“Quiero que te mueras”, me dijo.
Pensé: “sólo tiene ocho años”.
Aunque no supiera lo que era que alguien se muriera, lo que tenía claro, es que no quería que viniera más a recogerlo al colegio, con mis zapatos baratos y mis cajas de juguetes: el barco pirata de PlayMobil; el castillo de Drácula; una moto con luces...
“Mi padre nuevo tiene un barco de verdad”, me dijo.
“Y caballos”.

Su padre nuevo hacía puentes. De hierro. Y otras cosas. Tenía una oficina.
Yo no.

Fue triste.
Fue tan triste, que todavía es triste y que siempre será triste.
Aunque pasen los años y aprendas a perder. Porque a perder se aprende, como a todo.

Aprendí más cosas, además. Que nunca iba a hacer puentes; por ejemplo, y que cada segundo de esta vida es complicado, que nada es gratis, y que si siembras en el suelo una semilla, crece.

Con todas las espinas que tengo clavadas en el alma, me hice un peine como pude, un día, que hasta me eché colonia porque quería estar guapo antes de salir, a estar vivo.