18 de agosto de 2010

Cortar y pegar en una carpeta que diga te quiero


Que me daba la sal de la lengua y la mía la trababa a un yunque,
y de un lazo lo ataba al diluvio que éramos desnudos,
el uno frente al otro.
Sin mentiras ni ropa ni pellejos, si no luz,
y los labios mordidos como perros.

Que me olía a limones su piel a limones y su cara sencilla,
era un campo de fresas, su boca, ciruela , su voz,
la campana de un barco, al fondo de la noche.

Hiere,
me,
con, decía, “tus hierros y pezuñas”.
Y la hería de muerte,
y me gemía la vida,
y así de pronto, eléctrica, se hacía trueno y yo,
reguero:
“Escupe mi vida”... y sobre el lecho, una flor blanca,
difuminándose en las sábanas.