28 de agosto de 2010

El suave balanceo de los columpios


Me llevaba en la barra de una bici que tenía la goma de las ruedas blancas, por la carretera que iba a la fábrica de ladrillos, un camino que olía a eucaliptos desde que daban las seis y media de la tarde y el sol empezaba a ponerse.
Fumábamos, unos pitillos finísimos de una maría que le había pasado un estudiante iraní de Biología molecular, al que le gustaban la rumba y que vivía en el piso de al lado con la novia, que era cristiana y tenía el pelo rizado.
Desde allí podían verse brillar los cristales de todas las ventanas de Louissiana, tililando como ánforas hundidas en el agua, y en sus ojos, ya por entonces, cosas flotando.

“Te falta un átomo-le dije-y soy yo”. Le abracé. Le abracé primero suave y después muy muy fuerte como si fuera la última vez que le abrazaba, y quise, decirle no te vayas, aunque él no hubiera siquiera mencionado el tema, y en realidad, aquel día, sólo estuviéramos allí para darnos un beso y escuchar a los grillos y mirar las estrellas hasta que hiciera frío, como siempre, y me subiera a la barra de la bici luego y me llevara a casa, y antes de macharse, nos tomáramos una pepsi en las escaleras, viendo pasar gatos y furgonetas de reparto de comida a domicilio, hasta que tenía que decir, “Ya voy papá”, y las luces de aquel escenario se apagaban.
Estaba guapísimo vestido de soldado.
Quería ser poeta. Como Whitman.

Me gustaba aquel chico y sus manos de hierro y su boca y hoy le vi pasar, y meterse en una tienda de libros, y me he parado en el escaparate, y sí, eran los mismos ojos con cigüeñas y faros, las mismas manos, firmando en la solapa de “Raquel”, con una pluma que yo le regalé: “Con cariño para...”

Me llamaba mil cosas, todas bonitas.
Me llamaba gaviota y palmera del desierto, me llamaba sirena, y cosas que hasta creo, que sólo existían en los libros de texto, o no se habían inventado todavía. Me llamaba amor mío, como si de verdad, el tiempo fuera a detenerse, y aquella guerra en el Pacífico fuera de cartón.
Me llamaba mil cosas, mil cosas diferentes, pero Raquel, nunca.