27 de agosto de 2010

Esquina con Arjona, a la altura del burger


-Y cruzando el semáforo, se lo ha llevado por delante. Un chaval era. Llevaba un maletín, pues, del porrazo, se ha abierto en dos a seis metros del suelo y ha soltado de dentro tantos folios, que todavía, de vez en cuando, cae uno del cielo.

Sobre los charcos, se mecen las palabras como hojas, manchando el agua, de tinta azul:
“Estaba allí, abierta de piernas, con la niña abriéndole el coño con los hombros como un quarterback. Tenía los ojos muy abiertos y me decía, corre, que nos vea juntos. Y le cogí la cabeza entre las manos y le dije, ya falta poco y ella dijo, y una mierda.
La niña resbaló como una anguila, e inmediatamente, fue alzada como un Fénix en el aire, y en el aire, boca abajo, cantó el acto tercero de Tristán, e Isolda.”

En los alfeizares de las casas, en equilibrio, como palomas las palabras:
“La casa ardió toda completa, con ellas dentro, y yo no
Y yo no.
Y yo no.”

Pegado a los cristales, un papel es, otra ventana:
“Me he perdido”.

Enredado entre las ramas de un nogal, un bolígrafo azul se desangra sobre el césped.
Hay un zapato rodando calle abajo, camino de alguna alcantarilla. Alguien ha puesto el otro, encima de un cubo de basura, y en el asfalto, huele a serrín.

Mientras espera el autobús, a una señora le cae encima la página nueve de una de esas noches tan, tan largas, que nunca se acaban:
“A veces voy tan distraído, que se me olvida respirar en los semáforos”.

Llueve. Pero no tiene la más mínima importancia.