8 de agosto de 2010

Gaviotas


Miraba al techo. Sí, claro, más allá del techo, con las piernas cruzadas, como dios la trajo al mundo sobre las sábanas: “Me quiero hacer viejita contigo. Y cuando te mueras, meter tus huesos en una caja de zapatos debajo de la cama”.

“¿Y porque me tengo que morir yo antes?”, le contesté, y ella, mirando al techo, me lo dijo: “Porque fumas mucho”.

Fue porque, la dejé sola en un camino por ahí, por el campo, para hacerle la gracia de asustarla. Y lo hice.
Me escondí en unos matorrales, íbamos hablando así, por el camino, y con disimulo me fui quedando atrás hasta que me metí detrás de una adelfa.
Cuando asomé la cabeza, ella ya se había tapado la cara con las manos. Estaba allí, igual que la dejé, no hacía nada, sólo se tapaba la cara con las manos y parecía una silueta de cartulina negra, dibujada en el camino a las ocho de la tarde.
Salí de los matojos y me acerqué y al acercarme escuché sus sollozos como un pio pio dentro de sus manos.
La abracé, y le dije: “Perdona”.
Era un palito. Estaba tiesa.
No dijo nada en lo que quedaba de camino. Se arregló el pelo, se colocó bien el bolso, y siguió caminando hasta que llegamos a casa, a la cocina, al pasillo, a la cama , a oscuras, y, cuando terminó de rezar me dijo: “Ni cuando te mueras de fumar, vas a ser gracioso. Que descanses”.
Se dio la vuelta mientras yo, me arrastraba por mi lado de la cama.
Luego, pero al rato, me puso su tobillo en mi tobillo, e hizo Mmmmm, como si de verdad tuviera sueño, y si me acercaba lo suficiente y contenía mi respiración, la escuchaba susurrarle a la pared: “pero qué tonto es, pero qué tonto es”.



A la flor de mi solapa