3 de agosto de 2010

La niebla de Belgrado en los peldaños


Un coro de gibones en el cielo y en el suelo,
las uñas de mis pies rascando la corteza terrestre:
Shangri-La es tan real como Manhattan,
yo la he visto, surgir ante mis ojos de la niebla.

Lo que se cree se crea y luego estalla
en la cara como una granada,
y de esa luz,
se respira y se vive,
mientras tengas fe.

Viendo río arriba saltar a los salmones me pregunto,
si el sentido de la vida es sólo ser,
o sólo caminar,
y no otear el horizonte buscando la quinta dimensión.

No tengo una respuesta para todo,
por eso soy feliz, a mi manera,
incauto y descuidado del futuro:
esa esquina con viento que doblo a cada instante.

Ahora es la palabra y más tarde: lo incierto,
que me llama con su voz de sirena,
y a lo que acudo porque lo incierto siempre
está delante, en mitad del camino, tan al norte.

O no y dejarme, pudrir sobre la estepa
de una ciudad de antenas parabólicas,
donde nadie me pregunte si tengo,
cosas dentro.

Prefiero el surco de los osos polares,
dibujando siluetas en el hielo;
el batir de las alas de las moscas al calor
de las calles de Bizancio un mediodía;
que me aniden en el ala del sombrero,
las mariposas amazónicas;
ver cómo cruzan el océano
triángulos perfectos de aves;
usar de espejo un charco y afeitarme,
mientras suenan las campanas de una iglesia eslovaca,
prefiero ser, hacia delante,
mientras exista un norte y tan al norte,
en lo incierto, estar vivo.