10 de agosto de 2010

“No...sólo de ida”


Acabo de montarme en el tren de las once menos cuarto.
Pulso Play, y suena esa canción. Sweet, Sweet Home. Me ha salvado la vida tantas veces...
Esto se mueve.
El mundo pasa ante mis ojos a doscientos treinta y siete kilómetros por hora. Cuando se quede quieto, ya estaré tierra adentro, buscando con los ojos en el andén, bajo un sombrero borsalino, el resto de mi vida si dios quiere.
Hablé con dios un rato, esta mañana:
“No vengo a pedirte nada dios-le dije-, deja que esta vez, sea yo quien haga las cosas que me tocan”
Luego le dije, “¿Tienes fuego?”.
Pero no tenía.
Pienso en como he acabado en el asiento número cinco del vagón número nueve, en todo, lo que me ha traído hasta aquí, este momento, extraño.
Una vaca. Un río. Una fábrica de cemento. En el asiento de al lado una señora me pregunta que dónde voy, y me ofrece un caramelo.
No digo nada.
Sonrío.

Salió de una esquina, ¿no? Y aquello de sus ojos era un mar, y luego está lo del confeti, y lo de que, al timón, se hiciera capitana de mi vida de repente, y ese paseo en bicicleta, y su risa llenando sus pulmones y el tiempo detenido en los relojes, sólo para nosotros. Vida extra. Bonus track.
Y este tren y no otro.
Y las ganas que tengo de abrazarla.

Espero que me esté esperando con un cartelito de esos, como en los aeropuertos, que diga: “Quiéreme siempre. O no me quieras nunca. Qué bien, te has afeitado. Haz que el resto de mis días sean colores, y de mis noches, agua, y yo, te enseñaré a hacer huevos fritos y filetes de pollo a la plancha. Bájate de ese tren y suelta la maleta y bésame como nunca antes nadie me ha besado y no me sueltes de la mano, nunca más”
Aunque basta que diga: “Bienvenido”.
Espero que se halla hecho trenzas en el pelo.