30 de agosto de 2010

Que no, coño, que eso no es mío


-Que te pires.

-Podrías ser más educado.

-Prefiero ser rápido: ya estás tardando.

A la mierda.

Era el amor. Con la calor que hace.
Lo hemos discutido y bueno, en fin, se pone muy pesado, y me toca las pelotas y me pierdo. Y nada más he abierto la puerta lo he mandado al carajo.
El amor lleva siempre una carpeta de Pucca hasta la puta bola de papeles. Y va y me saca el almanaque de febrero. Vaya pelirroja. Y yo ni caso.
Y entonces me pregunta lo de siempre, que yo qué quiero, que así, no hay quien trabaje.
Es bajito el amor. Uno cincuenta. Dan ganas de darle una hostia y ponerlo a dar vueltas como un trompo.
Ganas dan.
Es que me duele la boca de decirle, que yo no quiero nada,que eso no es mío, joder, si yo estaba viendo House en el salón.
“Es que yo tengo que venir, oiga”, me dice.
Bajito y pesa por lo menos trescientas toneladas. No hay quien lo mueva de la puerta hasta que no me deja en el pasillo el paquetito.
Y yo voy y le firmo el albarán. A ver. Es que siempre pasa lo mismo. No sé. Lo lían a uno. Y luego para desliarte te tienes que morir seis veces. Pero eso no te lo descuentan. Ni te dan vales regalo ni nada. Ni un bolígrafo de publicidad.
Conmigo que no cuenten.

Eso sí, lo envuelven todo de puta madre. Mira, mira qué lacito.

Lo abro y se llama Amanda:
“Me llamo Amanda y voy a quererte más que a nadie”.
Por lo menos no es rubia. No me fío de las rubias.

En cuanto veo al amor por la ventana, meterse en un taxi, le quito las pilas a Amanda y la dejo en un rincón del ropero, como a las otras.
Una vez me dejé una con las pilas puestas.
Estuve seis meses escuchando susurros en mitad de la noche:“Qué guapo estás cuando te enfadadas”. Y cuando abrí la puerta del ropero, me dijo: “Tengo hambre”.

Estos del amor, en cuanto se dan cuenta de que voy solo por la calle, me mandan al bajito con otro paquete.
No sé cómo se enteran. Lo mismo me sigue a todas partes. Yo qué sé. Yo a lo mío.

Ya no hacen las cosas como antes, con esos ojos sin fondo, que de mirarlos te creías que te habías perdido en un laberinto con bancos de piedra y setos con forma de pirámides, de tréboles, con fuentes que hacían con la boca la música del agua, y chicharras escondidas en los chopos, silbando tu voz entre las ramas.