17 de agosto de 2010

Silverado



Se había enredado en la maleza y tenía el pico roto, y yo, que hacía ya ocho años, un día por la tarde había decidido que aún podía hacer cosas magníficas, lo tomé entre las manos y lo llevé a casa, cerca del pecho.
Recuerdo que aquél día por la tarde con acento, me bebí la última copa, brindando por el resto de mi vida, este latido que me mueve la camisa.

En cuanto a lo de hacer cosas magnificas, no supe lo que era hasta que dejé de pensar en mí. Fue por casualidad, otra tarde cualquiera de otro día, del mismo día, en que dentro de Michelle lloviera tanto que los mares se acabaran, el mismo, que me dijo mirándome a la cara, a la puta cara, que el niño no era mío, y que por eso, lloraba como un mezzosoprano, porque su padre era italiano de la Italia y el niño, cuando quería algo, en vez de pedirlo lo cantaba.
Y yo canto fatal, le dije, es verdad.
Luego me acerqué a ella y le dije también que la quería, y que el niño, aunque fuera cantante de opereta, se parecía ella, con esos ojos de alquitrán y esa sonrisa de ciruela, y después le pregunté: “¿Y le quieres?”, y ella me dijo: “Es italiano”, y yo, me fui a tomar café mientras ella hacía la maleta, y se iba por la ventana a la Toscana.
“Porque te amo”, le dije antes de cerrar la puerta, y porque, la camisa, me hacía olas, y en la barriga, se me había metido una feria, con norias y luces de colores, y niñas que jugaban a la comba y un teatro de títeres y un circo con mujeres barbudas y una bruja con escoba y en el cielo, guirnaldas de estrellas y una luna redonda como un globo, que Michelle, llevaba de la mano.
Me gustó.
Y descubrí que la vida, era otra cosa.

Se había enredado en la maleza y tenía el pico roto.
Era un pájaro pequeño, de ojos grandes y curiosos, y pronto, aprendió a creerse que la vida, aún era posible.
Comió migas de pan y de galletas hasta que, de entre mis manos, un miércoles temprano se puso a dar saltitos y llegó a la cocina. El jueves al salón, y otro día, lo encontré debajo de la cama, durmiendo en un zapato.
A la hora de comer, piaba, y las alitas, que para entonces ya se le habían llenado de nuevo de plumas, se movían y lo alzaban del suelo, unos pocos centímetros, unos pocos segundos.

Aunque sabes que un día llegará hasta la lámpara, y otro por fin cruzará la ventana y se perderá entre las nubes sin mirar atrás, le miras y en la cara, te surca una lágrima gorda, tonta y caliente, desde el rabillo del ojo hasta los labios, dejando tras de sí, cómo un caracol, un senderito de tristeza con ocaso y hojitas cayendo de los árboles.

La peor parte es la que viene, antes de abrir las manos, cuando le estás diciendo, que el mundo es malo, y que nadie va a quererle tanto como yo, y que el halcón existe, y las flechas y los rifles y los cables de las líneas telefónicas. Y abres la ventana.
Le daño un ala de un pellizco, y sus ojos enormes y atmosféricos, se llenan de agua y su garganta, de miedo y con el pico, se queja y me lastima el corazón, pero yo sigo, apretando hasta que sepa, antes de abrir las manos que allá fuera, nadie parará hasta que no se le rompan las alas.

Y abres las manos, y ves, por la ventana, como la vida era otra cosa, que esto que vemos, a simple vista.