2 de agosto de 2010

Siniestro total


Vladimir Stylo era un ruso de madre turca que había conocido en Münstergasse, y del que me habían contado, que antes, mataba gente por dinero.
De lejos, daba miedo.
De cerca, ya te habías ido.
Mejor de lejos.

Tuvimos una bronca en la Patisserie, Fredo y yo, de sillas voladoras y ceniceros en los dientes y mucha mucha policía, y estábamos, tan borrachos, que cuando paramos de correr porque ya no se escuchaban las sirenas, ni nos dimos cuenta de por donde había salido el ruso, hasta que no dejamos de vomitar paquetes de tabaco.

“Si queréis os saco de aquí”-dijo, desde el Camaro.
Decía que si alguien le hacía alguna vez un rasguño a su Camaro, primero, mataría a su gato, y si no tenía, a su mujer, pero si tenía, primero al gato, decía, que le iba a meter los dedos por la nariz y se los iba a sacar por los ojos y lo iba a levantar en el aire y se lo iba a ofrecer al Dios de los Camaros, porque un Camaro, no es un coche, decía, es un mito, algo único, que vosotros, nunca entenderéis.

Yo mire a Fredo y Fredo a mí y estábamos pensando lo mismo: que mejor lejos, que mejor nos buscábamos la vida, los dos, Fredo y yo, lejos, mejor lejos.
Y entonces volvieron a sonar las sirenas y empezaron a encenderse las luces de los portales de las casas y cuando nos dimos cuenta, que fue tarde, ya íbamos a ciento setenta kilómetros por hora por la autopista que llevaba a Basel.

El ruso no dijo una mierda en todo el camino.
Parecía una puta estatua, bajo la luz de la luna y los semáforos en ámbar, pero cuando paramos, y se bajó del coche, resulta que hablaba, y dijo, “Desde aquí, es cosa vuestra”, y dio tres pasos y dijo también: “Pero si queréis, tengo una partida en casa de mi primo”.
Su primo, hacía timbas con la vida.
Cualquiera, podía ponerse una pistola en la sienes y apretar el gatillo, sólo tenías que poner doscientos francos encima de la mesa. Si fallabas, las tres, te ibas a casa con mucho dinero.

No teníamos doscientos francos.
Y además Fredo amaba Italia.
Pero yo no. Ni amaba el Sol ni las estrellas ni mis manos ni las fuentes de agua ni a los niños los gatos o esos pastelitos con forma de caracola ni nada de este mundo que no tuviera forma de botella y me hiciera olvidar que hubo un día, alguna vez, en el que tenía importancia mearse en los pantalones, porque si me acordaba de ese día, alguna vez, me acordaría de ella, que lo era, todo.

“Si ganas, a medias”, me dijo el ruso. Y me puso los doscientos en la mano.

Había mucho humo. Había rubias que se habían teñido el pelo tantas veces, que de verdad se creían que eran rubias y se llamaban Michelle, había veteranos del alba con la cara cortada y un puro entre los labios, había un enano, y seis tíos y una mujer con los ojos verdes sentados en una mesa redonda, y en el centro, una enorme pistola color plata bajo la luz de una mierda de bombilla, que lo único que alumbraba, era el miedo, y los zapatos de charol del primo del ruso.

“Le dais la vuelta así al tambor, lo cerráis, y apretáis el gatillo. El dinero de la mesa, se lo lleva el primero que falle tres veces”.

La mujer de los ojos verdes, que se llamaba Bernardette, con dos tes, me dijo, que tenía tres hijos, y que por eso estaba allí a ver si a ver si, con un poco de suerte. Aquello hizo click, y vi cómo la gente, dio un respingo para atrás y ella, ni siquiera pestañeó. Porque tenía tres hijos, decía.

“¿Y tú?”, me preguntó ella, antes de ponerme en la cabeza la punta humeante de aquella cosa enorme que olía a rueda de de camión, y yo le dije, “No lo sé”, y luego, hizo click, aquello, la primera de tres.
No sentí nada, ni rabia, ni ternura, ni quise acordarme de mi infancia, ni decirle adiós a Fredo, que amaba Italia y me miraba con cara de asustado desde el fondo, ni quise, otra cosa que no fuera, que ella me estuviera esperando donde siempre.

“Ya voy, amor”, dije en voz alta, y todos se agacharon por si acaso, en el segundo click, no tenía tanta suerte.

Algunos, antes del tercer click se levantaban, y se iban con la cara entre las manos y llorando a la calle, y se arrojaban bajo las ruedas de un coche a los tres días. Otros, se quedaban mirando la pistola, bajo la luz de una mierda de bombilla.

Cuando salimos a la calle, Fredo, me preguntó que qué había visto, y yo, que en el tercer click no había visto nada, me inventé, que una Luz Cegadora, tan hermosa, que la veías con los ojos cerrados.

Nos gastamos casi todo aquella noche, en el mejor hotel de la ciudad, pidiendo champán por el teléfono y jugando a los médicos con dos enfermeras, que lo curaban todo.