20 de septiembre de 2010

La humedad de los manglares


El cielo de la boca, me sabe a piña.
Los párpados por dentro son naranjas.
Escucho, los rebaños de agua,
bajando de las nubes, gota a gota.

La llamaba Obsidiana por las sombras,
que había en sus ojos con nidos de serpientes.
Por el hábito feroz con que me ataba
la boca con saliva,
la llamaba a la guerra conmigo,
a una batalla en los dinteles de las puertas,
de besos,
a dejarse la piel entre las flores,
de un nórdico de plumas de oca.

Me hablaba de Petronio lo mismo que de Cuba,
citaba,
textualmente a los Corintios,
seguramente,
se refería a L'amontaine,
o Brükker,
si usaba símbolos tan étnicos,
y sus manos se agitaban en el aire.
Era lista.
Inteligente.
Creo que única en su especie,
y tenía,
las tetas más grandes que he visto en mi vida.

...patinábamos,
sobre cubitos de hielo, y otras,
nos tirábamos vajillas enteras a la cara.
Era estar vivo.
Era luego la sabia decisión de condenarnos,
a tocarnos por debajo de la ropa y a dejar,
los platos sin fregar en el lavabo.
Aún no ardía París.
Había amapolas, flotando en el estanque y en la casa,
olía a teja.
Puede que fuéramos felices.

Más tarde, otrora, pufffff,
ya era nunca, good bye, hasta la vista, que te den,
y las maletas,
llamando al ascensor,
el silencio tras la puerta,
un zumbido en los oídos,
los pies juntos, la nariz,
mojada y los charcos en el suelo y el tributo,
que había que pagarle a la ventura,
por hablar en voz alta mientras duermes, de princesas.

“No soy un clavo”
Cerró, y cuatro pisos más abajo,
desapareció en una pradera de paraguas.
Nunca la quise.
Tampoco se lo dije.

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