29 de septiembre de 2010

La lumbre


Fóllame a la boca que me bordas.
Lámeme al oído que me amas.
Préndeme de turbias intenciones,
se un eco,
que me lamine la cordura en finísimas estampas,
con los bordes dorados.

Soy tan tuya que me vivo en tu recuerdo,
y de él, me desayuno mañanas con pamela
y olor a tierra destetada,
por todos estos pájaros que rondan mi cabeza,
y de él ceno,
y donde fuera que fuese que exista sólo un hálito,
uno solo,
de todo lo que fuimos,
de eso me alimento.

Mi amante plateado,
mi ridículo cachorro de hombrecito...y otras,
mi héroe, mi titán,
mi loco bucanero.

Sin ti, no soy la misma, que yo, soy otra, y puede,
ocurrirme la vida, pero,
si no me ocurro yo,
la vida, si me pasa,
es por encima.

¿Dónde estás?
¿Hace frío?

Y dicen que la vida continúa;
pero no cómo;
ni por qué, nadie más va a traerme ciruelas en la boca.
Ni a tañirme una campana en el ombligo.
Ni a ponerme a cuatro patas ni a,
deleitarse,
hundirse en mi como una daga
y abrirme las puertas del infierno,
y que una flama azul nos devorara,
la costra y los insectos.
Hasta que sólo quedáramos nosotros,
pastando fuego,
el uno,
del otro.

A veces, ¿sabes?, mi corcel,
me nublo tanto,
que tiento la suerte de cruzar los semáforos,
con los ojos cerrados,
supongo,
que estadísticamente,
la probabilidad de ser feliz,
o atropellada por el bus cuarenta y siete,
es la misma.
A veces me pregunto si, como sin ti yo ya soy otra,
ya no me quiero.

Conocí a un chico, creo que Carlos,
no lo sé.
Me besó.
Yo a él no.

¿Qué me haces que de noche, me despierto, me desamparo y fumo,
y si no fumo,
me desamparo,
me tuerzo?
Daría lo que fuera por atar,
nos,
a un centímetro cúbico de antes,
de cuando olías a venirte a vivirme entre las tetas,
y en las manos te crecían champiñones,
y en la lengua una culebra con los ojos
pintados de azucena,
que me decía ven, que si me vienes,
te doy esto.
Y te iba.
Y te llegaba.
Y yo era el agua.
Y tú la llama de una vela en la bahía.

Oink oink.
Eso me hacías.
Cuack cuack.
Eso te daba.

Me acuesto en un glacial con almohada,
y me derrumbo a cientos de kilómetros de todo.
No se me apagan las ganas de soñar,
que estás detrás de las cortinas.

A la flor de mi solapa