4 de octubre de 2010

Acústica de un río subterráneo


Si coges tu vida por los huevos,
y los aprietas,
se le saltan las lágrimas.

Soy víscera.
Aunque miro al cielo. A veces.
Al cielo no le importo nada.
El hombre es un insulto para el hombre.
Ni siquiera cerca, podría respirar.
No hay oxigeno.
Moriría de frío.
Soy víscera. Nada importante.
Pero sueño.

Y he decidido que dios no es más que una invención,
del miedo de los hombres a ser tan sólo víscera.
Y que la soledad, si se te pega a la piel como la lluvia,
es la más fiel de todas tus amantes.
Que es humano mentir. Y necesario.
Que existen los espejos.
Y la posibilidad, de hacer algo,
no siempre.

La vida tiene tetas.
Nunca lo hubiera imaginado.

Sueño que,
moriré en una cama con sábanas de lino,
sábanas blancas y planchadas,
rodeado de, seres humanos
que pasaron un minuto por mi vida, acaso.
Que me traen bombones.
Rellenos.
De un licor exquisito que se me pegue al paladar.
Sueño que,
por la ventana,
el cielo me sonríe al menos, una vez,
y me pregunta, si hoy me duele, menos
toda esta tubería en la que me he convertido.
Huelo a cobre.
Tengo llagas.
Los médicos, hablan en voz baja.

No quiero morir en esta cama.