7 de octubre de 2010

Cal viva


Cuando era pequeño, todo, me parecía muy grande.
El día que estaba sentado con mi hermana en el bordillo de la acera, por ejemplo, frente al portal de la casa de vecinos, y pasaron los caballos que iban a la feria. Qué hermosos animales, qué bestias mitológicas de largas y esbeltas cabelleras y lomos tan brillantes como un charco de vino, qué sonido el de los cascos, sobre el asfalto, qué ojos, tan redondos como bolas de billar.
Y de los cables de la luz, colgando, los paracaidistas de plástico que compraba en el quiosco de Doña Merche, con el dinero que la abuela nos daba de un bolsillo de su delantal. Los tiraba tal alto hacia arriba, que terminaban enredándose en lo que a mí, me parecía la frontera entre este mundo, y el cielo.
Un día, le vi la polla a mi padre, porque a veces llovía, y como había que salir al patio para ir al único baño de la vecindad, mi padre meaba en un cubo que luego dejaba detrás de la puerta. Me pareció enorme, como un tronco, del que salía un chorro que hacía mucho ruido de tejados sobre el zinc de aquel cacharro que olía a cerveza y amoniaco.
Hasta el amor me parecía grande.
Manolita y Sebastián se hablaban a las seis de la tarde de todos los domingos por una ventana con reja pintada de verde carruaje. Se cogían la mano, se daban besitos, y cuando se encendían las farolas de la calle Pastora, a Manolita, se la tragaba la penumbra de una bombilla moribunda en la salita, y Sebastián, se abrochaba el cuello de la pelliza, y se iba calle abajo a coger el autobús a su pueblo, que estaba a siete horas de viaje.

La tapia del colegio de las niñas; las moscas a la hora de la siesta; las manos de mi profe de mates, cruzándome la cara; el cajón del altillo, donde mi padre guardaba fotos guarras y almanaques, con mujeres desnudas y revistas de Alemania...todo era grande.
La luna era grande y me seguía a todas partes. El Mar era un planeta desbocado, con orillas cuajadas de sombrillas y señoras con pamelas y niños con pelotas y castillos de arena, un planeta dos horas cerrado para hacer la digestión, de una tortilla de patatas también grande, como la rueda de un camión.

Tenía dos pistolas y una placa de sheriff, un sombrero de fieltro y una cartuchera hasta las trancas, de balas, que rebotaban en el culo de mis primos y se perdían debajo del sofá. Tenía un tío materno con bigote y el pelo cortado a lo yeyé, como los Beatles, y que tenía un Austin-Morris color rojo, con un radiocasette de ocho pistas. Tenía un libro gordo, que un vendedor de enciclopedias, había olvidado venir a recoger porque en mi casa, sólo se leían las facturas y las cartas que mi tía Dolores, que vivía en Barcelona y trabajaba enlatando aceitunas, mandaba por navidad. Un libro con dibujos de secuoyas, dinosaurios y tigres de dientes de sable, con fotos de Mercurio y las Ganímedes, y un montón de letras, muy bonitas. Tenía una bolsa repleta de canicas, que llevaba colgando, del cinturón; tenía unos zapatos con las suelas, tan gordas, que si pisaba un charco, flotaba como un barco.