13 de octubre de 2010

El efecto Faraday


Miraba la delgada línea divisoria-el pelo al viento-,
entre la atmósfera,
y toda ese agua.

Montó una barricada a sus espaldas,
de arena, conchas marinas y al pretérito,
sentada con los pies colgando del embarcadero,
lo puso a macerar a fuego lento:
“Devuélveme los trozos que me faltan”.

Alguien de azul, balanceándose,
en los acordes de la espuma y de las
gotas microscópicas, la sal, los rizos que del mar,
rompen al precipicio de la orilla.
Azul y con la piel dispuesta y rota, a la intemperie.
De quien quiera que fuese que quisiera,
desanclarla,
subirla y bajarla de las olas,
y si era temible, como él,
inventarla otra vez de madrugada,
más azul que nunca y más calmada,
más plácida, feliz y sosegada,
más sin miedo a los hombres, los perros, los insectos,
más entre los brazos de otro alguien que sin ella, como él,
fuera alguien,
alguien como un viento que del pelo la ondeara.

Llegó el ocaso, la tiniebla y el frío
-“¿Quién me pondrá un jersey de lana ahora como él?”-,
la atmósfera, se unió con la marea,
y en un largo e idílico abanico de colores,
le dio un beso de muerte y desamparo y oscuro como un faro,
sin luces ni cristales ni conciencia de que una vez fue faro.
Llegaron las luciérnagas casiopes, la Osa, las esfinges,
de Acuarius y Orión,
y tras la calma: la tormenta.
Los rayos centrífugos del tiempo que pasaba y el eco,
del eco del eco,
llamándola a la puerta de sus ganas:
“Todas las grietas de mis labios, son culpa tuya”

Y caminó bajo el ruido del motor de los aviones que pasaban,
y los coches.
Y llegó a casa.
Y se encerró en el interior de una tetera,
a escuchar como el poniente le traía,
desde lejos su voz de mercader:
“Si me robas un beso,
con la lengua,
te hago un laberinto en ca-da vér-te-bra,
la inicial de tu nombre con saliva
en esa branquia tuya tú, en esa orquídea,
un beso,
y descubro el telón que te recubre,
hasta que de los huesos, tu zumo caiga al suelo,
y todo esto se inunde”.