6 de octubre de 2010

Estirpes


En el barrio, si no te hacías respetar, a lo veinte, estabas muerto.
Los del Sapo lo sabían, y habían decidido vivir mucho, mucho tiempo.
Solían salir de las esquinas, siendo aún niños, y preguntarte, que si pellizco, o pinchazo.
Eso quería decir, que podías elegir entre que te sacaran un trozo de carne con unos alicates, o te clavaran en el muslo doce centímetros de destornillador de punta plana.
Casi todo el mundo elegía lo primero, porque si te daban en el hueso con toda aquella herrumbre, te quedabas cojo para toda la vida, y dicen, que al Paquito, le desinflaron un huevo porque estaba muy oscuro y a los del Sapo se les fue el santo al cielo.
A los quince, los del Sapo, te cosían a balazos en medio de la calle.

Los del Sapo tenían una hermana: la Lucía.
La Lucía era una estrella que brillaba día y noche entre toda aquella mierda.
Era bonita como ella sola, y nunca te miraba a los ojos.

“Mi hermana dice que le gustas para novio”, me dijo el Sapo, el Antonio, el más Sapo de todos, y yo, le dije que si no la conocía, que yo era esto, que era lo otro, y que la Lucía, que era una mujer de las de antes, seguro que se merecía, otra cosa, más grande, que era una Sapo, coño, no cualquier cosa, Antonio, le dije, por tu padre, y Antonio, por su padre, me juró que si no me espabilaba, le llevaba mis huevos a su hermana, en una bolsa.
A los seis meses la Lucía y yo, estábamos casados. Fue un noviazgo tan corto, porque a la madre de la niña, que era una culebra, le dio por cogerme ojeriza y ponerme velas negras a ver si me moría. Y la Lucía, una noche en el hueco de la escalera, a oscuras casi y con las bragas en los tobillos, me dijo que o la dejaba preñada o su madre me echaba un día de estos veneno en la comida.