18 de octubre de 2010

La hostia que me di contra el bordillo


Las paredes de aquel sitio estaban impregnadas de la verdadera condición del alma humana, fuera la que fuera, y lo habían visto todo. Supongo que a aquél lugar siempre lo había apadrinado la penumbra; nunca vi la luz del sol, como si la umbría que caía a chorros desde el techo sobre nosotros, le hubiera crecido desde dentro.
Vi gente allí llorar de risa, fuera de este mundo casi, riendo y mordiendo setas que una japonesa había traído desde Nao-Sen-Gint, una noche, no la recuerdo, riendo como si el mundo fuera acabarse y hubiera que celebrarlo. Libres. Así se veían a través del cristal de las copas y los brindis, unos a otros. Todo era humo, también, y lógicamente, se fumaba cualquier cosa, aunque siempre era bueno, y nunca nadie había estado tan cerca de sí mismo ni de nadie, que entre aquel olor a hierba, sudor y jazz.
Fuera, en la calle, justo en la puerta de al lado, tres putas abrían el negocio sentadas en tres sillas de enea sobre las once de la noche, y cuando los últimos cerrábamos La Petit, aún seguían allí, como tres esfinges, esperando la salida de un sol, que a nosotros, recién paridos a la calle, nos aterraba, como todo lo desconocido.

Vi gente secuestrada en los lavabos por el puto amor. Gente comiéndose la boca con hambres que eran muy muy antiguas. Devorándose. Hombres con hombres y mujeres con mujeres y algunos solos consigo, dejándose caer a precipicios que jamás habrían podido suceder si no entre aquellos azulejos y cisternas y urinarios.

Había, un tipo que, se quedaba dormido a menudo en un rincón del local, y que había decidido, bautizar el resto de su vida con el nombre de una novia, que, era obvio, no era más, desde no parecía hacer demasiado, que una tremenda borrachera de licor 43 tras otra, y unos porros tan enormes que había que ayudarlo a saber quién era a los cinco minutos de encenderlos. Nunca oí su voz. No creo que tuviera nada que decir excepto: mierda.

...contemplando aquel tamborileo de pies, como absorto, imantado: manadas y manadas de pies, al compás que marcaba un saxofonista senegalés alto como un ciprés y con una magníficas manos que parecían hechas de un mineral brillante y duro, y que se movían como murciélagos a lo largo del metal hasta que de allí le brotaban los bemoles y las corcheas como insectos pequeños y fructíferos, y se le metían a uno por debajo de las uñas hasta dentro y hasta el fondo. Y te lamía, y te hacía sentir alguien, por algunos momentos.