20 de octubre de 2010

Los ojos azules de Marina


Lo primero que Marina hacía al despertarse era apostar al rojo de sus labios: “Voy a romper la pana”, le decía a su espejo ovalado, de mano, rosa.
“Soy única, lo sé”. Luego sonreía, y el mundo se iluminaba.
Marina tenía diecinueve años, y obesidad mórbida.
Cuando llegó a los ciento treinta y nueve kilos dejó de creer en el amor.
Cuando sus ciento treinta y nueve kilos pasaron a la historia y hubo que reforzar la cama con vigas y el váter con un pie de hormigón y ensanchar la puerta de su habitación veinte centímetros, lo único en lo que realmente creía Marina, era en que a cada segundo de su vida le seguía otro.
Tenía llagas, abiertas como puertas al infierno en las axilas, detrás de las rodillas y en el cuello, o lo que fuera aquello que le unía al cuerpo la cabeza. Tenía los tobillos tan hinchados, que en vez de calcetines, cuando el frío, usaba tiras de papel burbujitas, porque con la estufa, ya habían salido ardiendo los flecos de la colcha, tres veces.
“¿Es esto la vida?”, se preguntó en voz baja, una vez. Y a las cinco semanas de estar dándole vueltas y más vueltas, dijo que sí, se durmió, y al día siguiente llamó a la peluquera para que le hiciera trencitas de esas de colores en el pelo.
Se puso un piercing en la lengua. Un tatuaje en una teta que ponía “Barlovento”, y nadie sabe para qué, se compró un libro en alemán, y metió una rosa dentro.