21 de octubre de 2010

No te quedes sola


Nuria tenía un desnivel en el cerebro, y una pelota de pin-pong en cada ojo.
Durante un tiempo Alfredo pudo conservar la casa como estaba- cada mueble en su sitio, cada plato entero, cada camisa sin un agujero de cigarro-, al principio, hasta que a Nuria el brote que le había crecido en la cabeza empezara a comérsela por dentro.
Durante un tiempo, hasta tuvo colgado su diploma de geóloga de un clavo en la pared, y sentados enfrente, él intentaba traerla de vuelta a este mundo contándole las veces en las que habían estado en las tripas de la tierra juntos, buscando respuestas en las piedras, del porqué de las cosas de este mundo y los volcanes y las grandes ensenadas y las grietas del ártico, y en las entrañas, habían escuchado latir el corazón del planeta.
Luego, desde el día en el que Nuria se le paró delante con un montón de heces envueltas en su diploma de geóloga y le dijo “Somos esto. No lo estropees”, la casa, poco a poco, se volvió del revés.
Empezó a oler a tubos abiertos de pastillas y a meado caliente y a comida en el suelo, y a Nuria, tenía que encontrarla sentada en el alfeizar de la ventana. Entonces se acercaba por detrás y suavemente, la agarraba por el vientre y en silencio con los ojos la llamaba amada mía, y ella, escupiéndole a la cara, le contestaba que si tanto la quería, la tirara hacía arriba como una paloma, y la viera alejarse entre las nubes, blanca, como un copo de nieve.
Se orinaba en el suelo, en cualquier parte, tras las puertas, en los cajones, debajo de la cama. Alfredo se había acostumbrado a dormir en un sofá de orejas grandes, porque con ella, se despertaba envuelto en arañazos y con marcas de cigarro en las costillas. Pero dormía cerca, porque a Nuria, los sueños la azotaban y del nervio, se mordía dormida las uñas hasta el hueso, y sangraba las sábanas y tosía blasfemias de saliva negra casi y, de atenazarse, el fémur le crujía y daba miedo verla así, de madrugada, partida en dos como la quilla de un naufragio, rota, opaca, desubicada.
Cuando los rayos se le iban, Alfredo la arropaba, y le sembraba la frente de besos tan pequeños, como cabezas de alfileres.
“¿Aún sigues aquí?”, solía decir Nuria, desde la más absoluta oscuridad.