29 de octubre de 2010

Very very bad


Lo tiré dentro mientras ella miraba mis botas de piel de lagarto con punteras de plata con sus ojos de miel de niña con coletas. Hizo plop y desapareció hacia el fondo de la taza.
“¿Qué haces?”.
No contesté. Obviamente, mi cerebro, tan temprano y sin afeitar, redujo a una simple mirada lo que en realidad quería decir, nada, no hago nada, que te vas a venir conmigo ahora- no puedo, no puedo, decían sus ojos color miel de niña con coletas y falda plisada-, y te voy a follar como anoche, a cuatro patas, y otro día, te metes a monja.
Que es lo que me estaba contando.
Eres un animal, decían sus ojos color miel de niña con coletas y falda plisada y en la boca, una piruleta. Una mala bestia. Me duelen el coño y las rodillas. Y no me gusta que me escupan a la cara, decían sus ojos color miel de niña con coletas y falda plisada y en la boca, una piruleta, y en las bragas, lava de volcán.

"Paga y nos vamos"- le corté el paso.

Tenía ojeras. Yo unas ganas terribles de más de aquella cosa que tenía entre las piernas, tan dulce, tan suave, tan nuevo como un juguete el día de reyes.
A monja. Con diecinueve años a monja. Y una mierda, le dije, y cogimos un taxi en la esquina, mientras a su reloj se le llenaban los pulmones de café torrefacto, y a ella, los muslos de un caldo como babas, de caracol.