8 de octubre de 2010

Y una barba de tres días


Rocío es maricón, así, con dos cojones. Lleva el pelo recogido atrás en una cola de caballo, tan tirante, que le borra las arrugas de la frente, y sólo se lo suelta, para imitar a la Jurado en el segundo pase del S'palas, una sala de fiestas de un polígono industrial donde lo mismo para un camionero, el presidente de la comunidad del barrio Los Mercheles, o el cura de la ermita de Arosana, con monaguillo incluido colgándole del brazo.
Rocío también cose. Para la calle. Fundas de almohadas; cojines; bajos de faldas, pantalones y ropa camilla; cortinas, y un largo etc de te cobro lo que vale, ni más, ni menos.
Si a Rocío le hablas de la Virgen del Carmen, se ilumina como una lamparita, si le hablas mal, la voz le cambia y desde el fondo de una cueva te lo advierte: “Si tienes huevos, dilo otra vez”.
Tiene la casa que da gloria, de cuadros y estampitas y postales, de la del Carmen y de otras, de San Benitos, de Fray escobas...

“¡Ay!”, la escucho suspirar mientras cuelga en el balcón de un clavo, una jaula con pájaro amarillo.

Rocío tiene tetas. “Ven, mira, toca”, me dijo un día. Y le puse una teta, sin querer, debajo del sobaco: “Son calcetines, que las de silicona, me las están haciendo todavía”.
Lo que pasa es que a Rocío le dan miedo los quirófanos. Tiene una raja desde el tórax al ombligo, de al menos tres centímetros de ancho. De cuando casi que se muere. Y otra en la cabeza, de una botella, de cuando casi que la matan.
Que la calle es muy perra. De eso. Porque antes Rocío, cuando era más joven, hacía la calle de nueve de la noche a seis de la mañana.
A Rocío le gustan los morenos. Y si llevan corbata, la lengua se la pasa Rocío por los labios y los ojos le hacen chirivitas y la escuchas decir, del todo ida, que vaya mamazo que le daba, que un hombre así, qué golfo, ay virgencita, quiero yo para mí, que me lleve a la playa y me abra la puerta del coche y me invite a comer gambas sentada en la mejor mesa de un restaurante con carta de bordes dorados y manteles de cuadritos verdes y blancos, qué guapo, qué perfil, qué polla que tiene que tener, con esas manos, mira qué manos, que parecen, llaves inglesas de máquinas de barco.

A Rocío, cuando llora, el rimel le llega a los tacones.
La gente, qué mala es, va diciendo algunas veces calle abajo.
Y cuando ríe, le brilla el diente de oro que le regaló un señor francés que hasta quería casarse con ella, y todo: “No me imagino yo, de señora de nadie, con esta cara”. Y lo mandó a tomar por culo, porque, si le hubiera dicho la ilusión que le hacía dormir en una cama con sábanas de raso y junto a un hombre que olía a limpio y se afeitaba con espuma de sales perfumadas, le hubiera hecho más daño, seguramente.

“¡Ay!, la escucho suspirar subiendo la escalera, descalza, con los tacones en la mano.