19 de noviembre de 2010

Crónicas de un tipo cualquiera: Aterrizaje forzozo.


Mi llegada a Berlín fue desastrosa, triste, y fría. Fría del carajo. De repente, le decía adiós con la mano a un camionero turco que acababa de dejarme cerca de la estación, mientras con la otra mano, sostenía un bocadillo de salami que el mismo camionero me había regalado para que comiera al menos, aquella noche. Estaba hecho una mierda y no tenía ni un duro. Las últimas monedas, me las había gastado el día anterior en el norte de Francia, emborrachando al turco, en agradecimiento a que se hubiera ofrecido a llevarme hasta donde pudiera, en su viaje desde el sur de Portugal. Y pudo hasta un banco en el andén de aquella madrugada cubierta de niebla, donde los faros de los coches, paracían fantasmas.
Me quedé allí, parado, en mitad de ningún sitio bajo las putas estrellas, mientras el turco seguía su camino hasta la zona industrial, donde llegaría con seis hora de retraso para descargar treinta toneladas de naranjas, por culpa de un temporal cerca de Andorra.

No tenía ni puta idea de dónde iba a dormir, y la verdad, me importaba dos cojones, estaba demasiado ocupado en asegurarme de haber llegado lo suficientemente lejos, como para que cuando reventara en una cantidad asquerosa de pedazos, todo el mundo se hubiera olvidado de mi nombre.