23 de noviembre de 2010

Y al principio, Dios creó sus ojos


Y fuimos a la feria. De la mano.
Hablamos poco. Seguramente aquel día habíamos alcanzado el nivel siete y no hacía falta. No recuerdo si hacía rato habíamos estado tres horas metidos en la bañera. Seguramente. Sus tetas flotando, tan brillantes, parecían Nautilus. Mi polla emergiendo de las aguas: “Toma”. El chino, llamando al timbre. Me encantan los rollitos de primavera.

Hay gente que se muere y nunca ha visto el mar.
Ella iba a morirse sin que nadie la llevara a una feria, con sus luces de colores y sus farolillos y el ruido de las tómbolas, los puestos de salchichas, el algodón de azúcar, las canciones ñoñas y un tren de la bruja y los niños pasando por delante tuya una y otra vez montados en caballos blancos, o un Ferrari, o Dumbo.

Mirarlo todo como cuando nunca has visto nada. Meternos dentro de las cosas y del suelo y de nosotros y el uno en el otro y dejar que el viento nos cruzara la cara y dejarnos elevar por encima de todo lo que habíamos aprendido hasta ahora, de todo lo que nos habían enseñado, y dar, una nueva importancia a sólo las cosas de este mundo en las que realmente creíamos. Eso hicimos. De la mano.

Vimos los títeres, los chiquillos levantando las cabezas como grullas en las filas de atrás. Me abrazó. Suspiré.
Habíamos cruzado ríos juntos. Bajado a volcanes. Subido a pisos quince para luego tirarnos. Pero nunca habíamos estado en una feria, buscando a Nemo. Había que derribar tres latas. Con un corcho. Tres disparos, un dólar.
Me encantó jugarme la vida, allí, yo tan valiente, disparándole a las latas para que ella se sintiera como la chica de la película de la falda plisada y las coletas.

Mi tren partía al día siguiente.

Me encantó mirarla cuanto quise, mientras se tomaba una cocacola con los pies colgando de un taburete, pensando en sus cosas, sus cosas de mujer, sus cosas de ella, de sólo ella, y haciendo como la que nunca había roto un plato, tan linda, en sus cosas, mientras yo me dejaba engañar por sus ojos de caballo y me mordía la lengua para no decirle todo lo que había visto en la bola de cristal de la gitana.

Busqué una estrella fugaz en el espacio. No se lo dije. Tampoco pasó ninguna.
Después busqué sus labios, y me encontré a mí.