18 de noviembre de 2010

Y la vida ya no


Hablamos. No sé de qué. No quiero saberlo.
Ella tiene dentro brasas encendidas, y por fuera, parece incandescente:
“Quiero comprar el muelle. Y hacerme platera. O montar un burdel, no sé, con chicas guapas y un par de maromos protegiendo la puerta”.
Y digo yo: “Pues yo voy a morirme con los huevos afeitados”, y dice ella, que se dice genitales, y me miro y yo de eso, no tengo, yo tengo huevos. Afeitados. Por ella. Porque yo por mí no hago casi nada, le digo, y me dice ella, que por mí, se lleva afeitando mucho tiempo y nunca ha dicho nada y yo, le digo que es verdad, que me perdone, que soy un egoísta.

“¿Me amarías si me cayera encima un bidón de ácido?”
“¿Me estás pidiendo una promesa?”, contesto.
Me miro en los bolsillos y no llevo promesas. Pero te amaría, le digo y ella, me pregunta lo de todos los días: ¿Y hoy, por qué me amas?, y le digo, que por las manchas de pizza en su pijama, y lo bien que le sienta estar así, soñando, y despeinada.