21 de diciembre de 2010

1041


Tenía un radiocasete marca su puta madre, donde escuchaba a Jean Michel Jarre y otras chorradas, mientras me hacía unos porros muy gordos, de una grifa muy buena que me pasaba el moro del piso de abajo. A veces, también subía lentejas.
Se sentaba en el sofá y me ponía la cabeza como un trompo, hablándome de todas las putas a las que se había tirado y todos los barcos en los que había naufragado y todas las veces que había intentado volver a Marruecos a ver a su madre, que era viuda, y a su hermana, que era muy hermosa.

A veces encontraba a Alan- un estudiante colombiano que vivía en Nueva York y estaba haciendo un máster en España-, sentado en el sofá viendo basket, porque en su habitación no tenía tele, y porque el basket le encantaba. Tal vez, aquél sofá fuera un sofá mágico, donde a la gente le entraban ganas de sentarse sin saber por qué. O porque era mío. Como mi puerta. Siempre abierta.
Alan era muy guapo y sabía bailar cumbia.

Tina era una gran sonrisa. Una sonrisa descalza que entraba y se me tiraba encima como un pequeño mono Tailandés, aunque en realidad, era filipina.
Me contaba que había visto un tipo caminar, tan bien, tan despacio y con esas botas de piel de lagarto pisando suavemente el asfalto, que parecía un arcángel, con una chaqueta de cuero que en la espalda, llevaba la bandera de la revolución francesa y una espada con la punta manchada de sangre. O me contaba los dientes, con sus uñas de gata siamesa, aunque en realidad, seguía siendo filipina.

Subíamos, los días de sol a la terraza a comer sandías y subirnos al techo del ático a tumbarnos sobre el musgo, y mirar el cielo.
Todos, y algunos que venían de otros mundos, como Artero, que era abogado, o Gloria, que era la más zorra de todas las rubias que he conocido, y vivía de calentar pollas y luego pirarse con la pasta.
O tirábamos un mantel de plástico sobre el colchón de la cama y hacíamos una ensalada gigantesca y dos tortillas de patatas y comíamos sobre ella, y nos limpiábamos las manos y la boca con papel del váter, y abríamos botellas de vino que entraban por la puerta en brazos de los que iban llegando.