4 de diciembre de 2010

Mira lo que hago con estas manitas


Me trajeron el sofá y una mesa. El sofá es un sofá cama. La mesa es una mesa.
Parecía tarzán, durmiendo estos días en el suelo. Anoche dormí en alto. A salvo de los escombros y las palas y los alicates y los sacos de cemento. El sofá tiene hasta dos almohaditas-brazos, y no la toalla enrollada en la que estaba recostando la cabeza. Esa puta farola de la ventana es lo mejor que me ha pasado en mucho tiempo. Se enciende y se apaga cada quince minutos. No se ve un carajo, porque hasta el martes no dan luz en la casa. Pero tengo una farola para mí sólo. Una que se enciende y se apaga cada quince minutos. Así que, cada quince minutos, no me quedan más cojones que enamorarme.
De ti. Todas las veces de ti. Cada quince minutos de ti.

Me he comprado unos zapatos nuevos. Nuevos. Claro. Qué redundancia. Y me duelen. Como tú. Pero me gustan. Como tú. Y me los he puesto. Tengo un callo de puta madre. No me los quiero quitar. Quiero que dejen de dolerme, y se acoplen perfectamente a mi pie hasta que al andar me parezca que estoy levitando. Quiero domarlos. Como a Furia: el caballo negro. Porque son muy bonitos. Los zapatos más bonitos que he tenido en mi vida.
Como tú.
Ese hijoputa de albañil no ha venido hoy a trabajar. Las paredes están igual. Una mierda. En el techo de la cocina, hay gente viviendo. Caras. Y letras raras. No sé. Parecen. Sí, la cocina parece el inframundo.
Hay naranjos en mi calle. Huelen. A naranjo.
Escucho la radio. Cosas. Si la apago se me acaba la vida. O me pongo a hablar sólo contigo. Y luego soplo, a ver si cruza el mar y te enteras.
Me pica la espalda. Cada letra me pica. Pero no me he puesto nada, sólo agua, agua por tu nombre, limpia y fresquita. Pica mucho. Tal vez debí tatuarme algo más corto, enamorarme de, Ana, por ejemplo; Sofía; Rosa...
Tengo que irme. Tomaré café antes del trabajo. Domaré estos zapatos. Lo sé. Y nunca más me dolerás.