6 de diciembre de 2010

Peluches


Todo el mundo habla de lo bonitas que son las nubes. Pero nadie se para a mirarlas. Ver cómo cambian de forma, se unen, se dispersan, o cambian de color y llueven. Y si se para, primero mira a los dos lados, a ver si hay alguien, aunque no haya nadie, mira, por si se encuentran a si mismo, ahí, mirando cómo mira las nubes. Como si no pudiera perdonarse algo tan hermoso. Mirar las nubes y olvidarse de que el mundo es una mierda. Ver caballos y nueces y águilas reales en las nubes. Y bajar de las nubes y seguir por la acera sonriendo. Como si el mundo de repente, en vez de una mierda, fuera un lugar por el que aún merece la pena comerse un helado de vainilla. Dar una limosna sin poner cara de asco. Perdonar a alguien. Sentarse encima de la lavadora a fumarse un cigarro, y balancear los pies y acordarse uno de que un día tiene que morirse, si haber hecho los deberes. Y decir: una mierda. Y dar un saltito y poner los pies en el suelo de la cocina y comerse una pera y que todo el zumo
te caiga barbilla abajo. Y luego salir a la calle a perseguir tus sueños. ¿Verdad Klein?