31 de enero de 2010

Lejos del suelo

Aeropuerto, seis de la mañana.

la chica de facturación me dice que llevo dos kilos de más en la maleta; pero que vale, y yo le digo gracias guapa. Sonríe claro. Me pregunto si la persona que duerme con ella le ha visto esa sonrisa. Se lo pregunto. Me mira. Ya no sonríe. No sé si es porque me va a mandar a tomar por culo o porque hace mucho que quien tiene que decirle guapa no se lo dice.

“Eres preciosa”, le digo, a las seis de la mañana, y le pongo un caramelo de fresa en el mostrador.

La zona de fumadores me recuerda un escenario de Final Fantasy, con arbolitos y todas las estrellas del cielo reflejadas en el suelo de mármol.

Camino de la cafetería me paro a ver una estatua de Botero. Una mujer gorda en pelotas, tumbada, a su rollo. Tiene una teta descolorida por el roce de las manos de los viajeros. El ombligo también. Hay una plaquita que dice 1992. Sonríe. No sé si es porque alguien le ha dicho guapa o porque le gusta que le toquen las tetas. Si pudiera hablar y me dijera que es lo segundo, no me iría de aquí sin ver de nuevo a la chica de facturación.

Mi vuelo sale ya. Adiós Mar, maldito hijo de puta. El resto de mi vida me espera en otro sitio. Donde no puedas encontrarme.