24 de febrero de 2010

Ni de noche ni de día

Me acabo de tirar a mi ángel de la guarda.
Dios mío,¿qué he hecho?
“¿Hay alguien ahíiiiiiiií?¿Evaaaaaaaa?
¿en qué estabas pensando?”

En su torso desnudo y sus pezones.
No te engañes Eva.
En su pubis rizado de lirio.
En sus facciones Bíblicas
a lo Jean Paul Gaultier.
En sus manos grandes arrastrándome a su boca.

Es que yo estaba con la depre.
me pasa cuando
todo se va a tomar por culo
y encima el cabrón, se ríe.
Que te den Álvaro. Dije. Nunca estás cuando te necesito.

Y me puse un cubata y encendí la radio y sonó esa canción
ya sabes: “ Me muero por conoceeeeeeerte…”
y le dije, ¿bailas?
y se bajó del cuadro ese con cielo azul y nubecitas
y me dijo que aquella canción era una mierda
que pusiera a Sinatra.

Y en lo del cigarrito
le digo a mi ángel:
“Qué triste es estar sola. Menos mal, que …”
y miro, y el tío se ha dormido.

23 de febrero de 2010

Me gusta ser un globo

Me gusta ver cómo meas
escuchar como cae el chorrito, alegre
mientras me afeito
para que me dejes besarte.

Cuando vienes del trabajo
y hueles a perro mojado
y sueltas el bolso y dices
ni te acerques
que te meto
que hoy
no es mi día.

Y, cuando me das con el pie así así así
hasta que te quedas con toda la cama.
Y cuando dices mi nombre mientras duermes.
Y cuando luego dices hijoputa.

Me gusta que me digas dame
duro
dame fuerte
dame más
más mía que mis huesos
y que me arañes la cara y me espueles las costillas
que duele, pero me aguanto.

El dedo gordo de tu pie
comerme tus axilas
¡Slurp Slurp!
a eso me refiero
ya sabes
y cuando dices “¡ay!” (qué linda)
y ya te la he metido.

Dando por culo, dices, en la cocina
pero te ríes
y eso me gusta
que se te caigan las cosas de las manos
que seas, lo que dura en hacerse un huevo frito
de plastilina.

22 de febrero de 2010

La mitad del cuarto de física cuántica

Un momento.
(…)
ya:
era Julio.

Y yo qué sé
cosas de Julio
y que sin mí, se muere.

Pues te jodes.
No haberte ido.
ya sé ya sé, que la puerta estaba ahí
pero no lo decía en serio, joder.

Y luego está eso, lo bruto que eres
“¿Prefieres que te diga que pareces una Sinfonía
o te como el coño?”
Ay Julio, eres un niño.

Un momento.
(…)
ya:
A tomar porculo lo he mandado.

Si me quisiera ya estaría aquí.
Arrodillado.
Con esa cara de tonto que tiene.
Que me lo como.

Si llama otra vez no lo cojo.
Yo no soy una niña.
Soy Samy, diseñadora de muebles de cocina.
Y accesorios.

Me ha costado mucho llegar a ser nada
quiero decir, yo
o lo que sea yo, pero es mío
y me gusta.

… pero tu me enciendes y me apagas como a una lamparita
como nadie
mi Julio de ojos tristes
mi niño grande …

Que tengo carácter, claro, claro
y tú eres San Pancracio.
Será por el trabajo que me das.

No llama.

Si estuviera aquí podríamos discutir
mandarnos a la mierda y esas cosas
de enamorados.

Si no llama es porque no me quiere.
Qué cabrón.
Yo llamaría.
A la puerta llamaría
y me tiraría en sus brazos
y lo mordería
y lo rechupetearía
y le daría mi lengua para que se hiciera
un cinturón.
No llama.
Qué cabrón.

21 de febrero de 2010

L'amapole

Un alfiler de novia clavado en las pestañas
una mosca en los labios
un cubito de hielo por la espalda, eso eres
Venibésame con esa boca, tonta
“no no no”
que sí, que estás deseando
que mira cómo tiemblas si me acerco
que mira toma y taca taca taca
cómo te cerco con mi abrazo indestructible
y te callas
y apenas si respiras
si te sostienes
y sin decir que sí
ocurre que te beso
que te me das
que me te doy
¿te lo imaginas?
bailarme un tango con tu lengua
mientras tú te conviertes en jineta
en canto de ballenas
en sulfuro de cromo
en Polinesia
y entonces yo te hago
lo del Centauro.

“no no no(la voz le sale de un Bandoleón
pero es que sí
que sí sí sí
que estoy deseando
que apenas si respiro
que quiero dárteme y que te me des y convertirme en Polinesia
así, cercada por tu abrazo indestructible
que ocurra que me beses
y que me hagas)lo del Centauro no”

20 de febrero de 2010

Que alguien me traiga un cenicero

La hermana Sabrina fue encontrada muerta en su celda del convento de María Santísima, con una botella de champaña sin abrir metida en el coño. Sólo se veía el corcho.
“¿De qué marca es?” “¿La botella, de qué marca?”.
La madre Dolores se quedó mirando al teniente con sus ojos agrietados y le dijo, que aquella no le parecía la manera adecuada de abordar un tema tan delicado.
“¿Delicado, señora?, tiene una botella de champaña metida en el puto coño”.

El teniente Cargo era el tío más hijo de puta que la policía francesa tenía en nómina. Un cerdo sin escrúpulos. Bueno, muy bueno.

Era una Brut Premier de Louis Roederer, un vino caro, de burbuja pequeña y una aterciopelada complejidad en la boca.

En la página 132 de la pequeña Biblia que la hermana Sabrina sostenía entre las manos y parecía apretar contra su pecho, Cargo encontró un porro de maría, y en uno de los cajones del único mueble donde pudo soltar un momento el cigarro para quitarse la corbata, unas bolas chinas, de un tamaño considerable.

La muerta era preciosa. Tenía los muslos tan blancos y perfectos, que era imposible no imaginársela follando como una loca encima de uno, porque estaba claro que le gustaba, era muy joven, qué coño, era una mujer, lo raro no era que una novicia estuviera allí abierta de piernas y completamente muerta, si no el agujero de bala en su cabeza.

Por detrás tenía un cráter del tamaño de un balón de playa, pero en su frente, el orificio era tan limpio y redondo, que daban ganas de meter el dedo.

No había huellas. No había arma. No había manera de entrar, porque la puerta, estaba cerrada por dentro con un enorme cerrojo de hierro, largo como un brazo. Tampoco había ventana.

Balística dijo que era una Mágnum, una muy gorda, y que el disparo, le trituró el cerebro, aunque eso nosotros, ya lo sabíamos.

Uno miraba aquellas paredes viejas y asquerosas y se preguntaba qué habían visto, porque allí no había nadie más cuando sonó el disparo a las tres de la mañana y despertó a todo el convento. Allí no había nadie joder. Sólo ella. Y Dios claro. Dios está en todas partes.

19 de febrero de 2010

Los caminos más cortos

El niño empezó a darme con la pandereta en la cabeza una y otra vez, yo estaba en el suelo, y él encima, jajaja, jajaja, dándome con la puta pandereta (porque era navidad, toma navidad plis plas), que era de madera, de las de antes, con unos cascabeles y una cosas colgando y unos platillos y yo que sé qué más, y claro, yo gritaba que no veas, como un pollo gritaba, porque el niño no se cansaba, y a mi hermano le habían metido los otros la cabeza en un charco.
Íbamos al cine, y de detrás de los coches salieron unos niños, que los conocíamos, de por ahí, Los Chelos eran, como una pandilla o algo así, cuatro, y el peor, el de la pandereta.
“Que me muero-que me muero”, decía yo, que no me acuerdo ya si era verdad que me moría o no, y tampoco sabía muy bien que era la muerte esa ni nada, pero yo lo decía, por si acaso. Al final, cuando se cansó de darme con la pandereta, él y los otros se fueron al cine con nuestro dinero, un dinero que ahorrábamos como podíamos, de quedarnos con las vueltas de la compra y llorarle un poquito a la abuela y esas cosas.
A la abuela, cuando volvíamos, le teníamos que contar siempre la película.
Así que aquél día mi hermano y yo nos tuvimos que inventar que Jimbo Jambo era un malvado forajido de Oklahoma y tal y tal , las pistolas más rápidas del oeste, que sí abuela que sí, que era muy guapo, porque a mi abuela le gustaban las del oeste, que sí abuela, que sí, que en el fondo era bueno, “Y luego, abuela-le dijo mi hermano-nos hemos puesto a jugar a vaqueros y éste se ha caído al suelo y por eso tiene sangre en las rodillas, abuela”.
Y mi abuela ni cuenta, a lo suyo, con la cabeza hacia atrás en su mecedora de mimbre, imaginándose a Henry Fonda o a saber, “sigue sigue, ¿y al final se muere? seguro que se muere, no me lo cuentes”.

Hemos crecido.
Mi hermano cumple veinte años por atraco a mano armada y yo voy todas las tardes al Centro a que me pongan metadona.
Ya sabes, “Si no puedes con ellos …” Y nos hicimos de los Chelos. Que era más fácil.
Miguelito murió, el de la pandereta, de un sida que le pegó una del barrio Candel, que había andado con todos, y no se había quedado con ninguno, Manolita se llamaba, qué puta que era, y qué guapa la puta, no era mala, na más que puta.
De los Chelos no queda ni la sombra, pero fuimos los peores, si no, que le pregunten a mi abuela, que se murió hace poco jurando que el oro, los pendientes y el reloj de su difunto marido, so golfos, degenerados, lo íbamos a pagar, dijo, tarde o temprano.

18 de febrero de 2010

Ni puta idea

El la iglesia del pueblo
al cristo
se le ve un huevo.

“El 1 de septiembre de 1939
Hitler invadía Polonia.
Comenzaba la guerra más devastadora y sangrienta de la historia”

Pongo la bala en el ojo.

Amanda Tiler murió el mes pasado.
Le gustaba el helado y tenía dos pájaros.
No era nadie.

¿Vuelan las tortugas?

Todo
lo que no entiendes
debería estar prohibido, ¿cierto?

“Corre-voz en off-.”

Y corres.

Y como cualquier rata
encuentras siempre una salida:
“Vístete y vete”.

Los colores no existen, teóricamente, dicen.
Lo lamento.
Mira a tu alrededor, todo eso
¿sólo es porque tú eres?

¿Alguien va a decirme si vuelan las tortugas?

Aprieto los dientes
y me tiro un pedo.
¿Qué esperabas?
¿Que salvara el mundo?

“Lux, deja su piel mucho más suave
incluso después de quitarse el maquillaje.
Lux: su piel, aún más bella de cerca”.

Patricia se ha puesto otra pastilla debajo de la lengua.
Es feliz.
Patricia es un misterio
incluso para ella.

Todo lo que no entiendes
aunque no seas
es
incluso los colores
-ya no eres la únicas cosa
del Universo-.

“Sí bueno, yo iba por allí y de repente
la señora ha cruzado la calle y …
(¿de verdad estoy saliendo en la tele?)”

Si lloras viendo una película, eres gay
si no lloras viendo una película, no tienes corazón
si nunca has visto una película
¿qué eres? El mundo se equivoca. Buscar.
Esa es la palabra.

Cómo me encantaría
saber si vuelan las tortugas.

Porque no te preocupa.
Porque estás a salvo.
En tu guarida.
esperando.

17 de febrero de 2010

A veces miro al cielo, y veo una vaca

En mi próxima vida
seré una lata de atún en escabeche
me lo merezco
-cosas del Karma, y su puta madre-.

En el 97 maté un hombre.
De un susto.
Yo se la estaba metiendo por el culo
y entró él.

“¿Es a mí? (agosto de otro año, por la tarde)
¿Me estás hablando a mí?”
-¡Zasca!
Sí, bueno, no me porté muy bien con nadie
espero que sea
una lata grande.

Hacía … pintadas de pollas en los baños
de pequeño era rubio, un angelito
que se meaba en los cajones del maestro
y siempre terminaba de cara a la pared.

Me hubiera gustado dejarle el asiento a los ancianos
y hacer caras raras a los niños
sin que salieran a correr.
Pasear bajo la lluvia sin paraguas.
Sin un coche robado.
Sin tres gramos encima.
Contigo, vergüenza, de la mano.

15 de febrero de 2010

El primer escalón

-¿Qué haces?

-Es que voy como una moto Mari carmen, No veas …

-Tati quieto, guarro. “Callarse coño”. Lo ves, no dejas a nadie ver la película, que vergüenza. Me voy a ir, te lo juro. Me voy a ir. Siempre estás con lo mismo. Mira, que se te sale del pantalón. O me estás cogiendo una teta o estás jugando al fútbol. Qué bonito. Porque a ti eso te parece bonito, ¿ves?, te ríes, te parece precioso, Oeeeee oe oe oe, pues sois malísimos, que lo sepas, Oeeeee oe oe, por eso estáis en segunda, ay Paquito, qué hago contigo …

“Callarse coño ya, stia puta”

-Bájatelas más Mari carmen, que no me cabe la mano, joder, estás toda mojada tía, qué pasada.
-Mmmmmmmmm … no … no … mmmmmmm has dicho la mano Paquito … ay … bruto … mmmmmmm … Paquito dime que me quieres …




Nueve años más tarde.

Ding …
No abre la puerta una mujer, si no un bloque de hielo de metro sesenta y unas pestañas larguísimas.
Dong.

-Hola Mari carmen. Cuánto tiempo.

-Sí. Todo el tiempo.

-Lo siento.

-Exactamente, nueve años, tres meses, y diecinueve días. Y no lo sientes, sólo lo parece.

-He cambiado.

-Sin una carta.

-En cambio tú, estás …

-Sin una sola llamada. “¡Mami, ¿quién es?!”. ¡Nadie cariño!

-Sí, ese soy yo. Si te sirve de algo, en todo éste tiempo no he dejado de pensar en …

-Parí sola Paquito. Pasé noches y noches en vela, yendo al trabajo medio muerta, porque eso es lo que pasa Paquito, cuando te quedas, que tienes que ir sola al médico, sola a pedir un crédito, a pagar la luz o me la cortan, que ya van tres recibos, a llorar al baño, porque los niños no son tontos Paquito, sola de sola, de hecha una mierda, de ya no puedo más. Pero se puede Paquito, eso es lo que pasa si te quedas.
No. No me sirve.

-Puedo …

-No. No puedes. Estás muerto. Los muertos no llaman a las puertas. Y menos los ahogados.

-Podías haberle dicho la verdad, que soy un mierda.

-Podía. Pero le dije que eras capitán, de una fragata inglesa hundida en el Pacífico.

14 de febrero de 2010

Share

En los tiempos que corren, ya no se puede dejar a un lector sin respiro. Como mucho, se le puede meter un porrazo en la cabeza, y cuando esté perdido en la neblina y con los ojos en blanco, hacerle leer una mediocre historia de más de lo mismo con la esperanza de que antes de llegar al capítulo tres, no cierre el libro y lo deje caer sobre el sofá con total indiferencia, y a continuación busque con los ojos, ávido de verdaderas emociones, el mando a distancia de la tele, que eso, sí que es emocionante, acceder de un sólo clic a los entresijos de la Esteban por ejemplo, qué mujer, asistir en directo a la expulsión y destierro del gran hermano fulanito de tal, y ver como follan debajo de las mantas los que se quedan, mientras mascullan ardides para el día siguiente.

Una se hunde ante tamaña competencia.

Y todo el mundo tiene una hipoteca, y una letra del coche, y niños que agotan su paciencia, y días largos que no se acaban nunca, y un jefe cabrón, más que de costumbre, o una cola del paro, o el frigorífico vacío, o dudas inconfesables- ¿quién no tiene una?-, o la certeza de que aquel día se equivocó al decir “Sí, quiero”, o un muerto que no quiere irse, cada uno sabrá.

Entonces es cuando se necesita un agujero. Otro mundo. Cuanto más lejos de éste, mejor.
“Sácame de aquí”, pensará seguramente el lector al leer en la tapa el prometedor título, haciendo responsable al autor desde ese momento y hasta el final de la lectura, de que su corazón palpite como el de un bebé recién nacido, con tal fuerza, que todo a su alrededor, desaparezca.

Será que soy una fracasada, quiero pensar, y no que se ha muerto la cordura, que mis libros ya no venden porque no tengo mercancía de primera, como la Patiño. Que no soy capaz de teletrasportar a ese viajero en el tiempo que es el lector, que todo lo que escribo es una mierda pinchada en un palo, que mis pequeñas historias de amor están baldías de toda especulación, sus personajes obsoletos, sus metáforas pasadas de moda, su trama nimia, ante la ingente y actual masa informativa que los medios multimedia son capaces de inyectar en el cerebro de la gente: divorcios, hijos que denuncian a sus padres, putadas de novias de un día, sacadas de tripa en riguroso directo, escupitajos a la cara, cuernos y más cuernos, y más cuernos, suicidios a la carta y todas esas vísceras que somos, al descubierto, mientras leemos a pie de pantalla de plasma los msm de los televidentes.
Será, que ha llegado el momento de dejarlo y dejar, que la nueva literatura, haga estragos.

13 de febrero de 2010

El ojo

La niña, que quiere pisar el charco, la madre, tirando de la niña, la niña, tirando de la madre, y lo pisa, que si lo pisa, y se pone los calcetines blancos que no te digo, la madre, que la levanta como a un jamón y ¡Pimba-Pimba!, en el culo, coño con la niña, que vaya mañanita que me estás dando, la madre que te parió, niña ya. Que te estés quieta, coño.

Mientras espero mi turno en la frutería, pasan cosas.
Que la vida se mueve, que el perro de los del segundo cruza el paso cebra con el semáforo en rojo, que acaba de pasar el autobús lleno hasta las trancas y ni ha parado- “hijoputaaaaaaaaaaaaa”, cosas.

-¿Tienes espinacas?-pregunta una señora que acaba de llegar.

-Mira, ahí tengo dos manojos huérfanos-le contesta la frutera, y le dice que si se los lleva, se los lleva los dos, no me vas a dejar ahí un manojo, que va hija, qué triste, te los llevas los dos que te los dejo a precio crisis, y le haces a tu Manolo una olla de espinacas con garbanzos que pa qué.

-El Manolo que se espere, que ésta acaba de llegar. ¿Y cómo está tu hija? … pues esa te pare en la escalera cualquier día … y del padre ni idea, ya … Pero colarte no te cuelas, que yo tengo la casa sin limpiar, qué quieres que te diga, con la hora que es dios mío, y tu Manolo niña, que lo vi el otro día comprando tabaco y no lo conocía, de gordo que se ha puesto, como trabaja de noche y …

Pasa una fila de hormigas por la fachada de la tienda hasta el suelo, con cáscaras de pipas en la boca, pasa que pasan las nubes y el Sol viene y se va, y que hace frío, pasa que en el bar Montoro el Fary suena por la radio, que a Don Julio se le ha caído el monedero, y toda la acera está llena de monedas de diez y cinco céntimos, porque a Don Julio le ha quedado una mierda de pensión, dicen, pasa un avión que va a Galicia, digo yo, Galicia esta por ahí, detrás del bloque siete.

-¿Y a ti qué te pongo guapísima?-la hija de la frutera. Tiene un aparato en la boca y los ojos verdes. No, verdes.

-Me pones dos de tomates, me pones pimientos y me pones, ¿ de cuándo son las lechugas?

-Las acaba de poner mamá lechuga hace media hora, como las gallinas, cómo eres hay que ver, de hoy hija de hoy, de cuándo van a ser, te pongo dos.

-Es que las del otro día no estaban muy así que te digo.

-Porque no la sacas de la bolsa de plástico, que me lo ha dicho tu Enriqueta el otro día en la discoteca, que llegas y lo sueltas todo como sea y te pones a ver Santa Bárbara.

-Ay, es que está tan interesante ahora.

los sacos de lentejas son enormes, de garbanzos y alubias, con una palita plateada hincada en el centro.
Las manzanas, los kiwis, las ciruelas, naranjas, todo parece pintado, como puesto en sus cajas pieza por pieza, y antes barnizadas de un amor que sólo quien vive de la tierra es capaz de darle a un racimo de uvas, frutas como pulidas, lustrosas, brillantes y apetecibles, verduras prietas y limpísimas, brócoles, zanahorias, enormes calabazas partidas en dos, mil colores, un circo, que los ojos se comen, una farándula, un escándalo.

- ... que me lleve a la bahía, que me diga vida mía, que …

-Pues sí que pides tú frutera-una, que no quería nada, bueno, un kilo de papas, bueno, y otro de cebollas, y a cuánto los apios, y ya que estás me pones mandarinas, ay qué fresas más gordas, es que se te antojan vamos de gordas, no, que me sube el azúcar, bueno medio, y el melocotón que me he comido me lo cobras, o me pones dos kilos, si no quiero nada.

-Es que mi madre es tonta vamos- verde que te quiero verde-, que no mamá, que te vayas tú sola, que no te hace falta nadie, o es que no te has quedado harta con lo de mi padre, vamos vamos vamos.

-Huy verdad hija, con la mala vida que le ha dado el Juanito a tu madre, yo no sé, y me pones también ya que estoy una col.

-Pues al Juanito lo vi el otro día por ahí, por donde Caspio-. Otra que tampoco quiere nada.

-Borracho claro-verde viento verdes ramas-.

-No. Con otra.

Nunca he visto las paredes de la frutería, supongo que hay paredes detrás de todos esos almanaques de la Virgen del Carmen, la de Las Aguas, San Cristóbal, Fray Escoba, la Virgen de Lourdes, la Fuensanta, un San Pancracio con dos botellas de coca cola llenas de perejil, fotos de cuando vino el Papa, fotos del tío del coche fantástico, fotos de un chaval en chándal-el barco sobre la mar-, sentado en una scooter y sonriéndole a la cámara, al mundo, a ella, la hija de la frutera, de cuando era su novia, su chochete gordo “¿Eh Cari?”, la niña más bonita del barrio, fotos de la frutera en bañador comiendo gambas en un camping, postales de Asturias, de Cuenca, de Albacete, un recorte de periódico de la curva del Pino, con una corona colgada en una farola y un lazo negro, del chaval de la scooter, jaulas con canarios, macetas de la flor del dinero y la alegría de la casa, Carlos, se llamaba el chaval, menuda hostia se pegó con la scooter haciendo el gilipollas en la curva del Pino-y el caballo en la montaña-, ristras de ajo y cayena, anuncios de chicas que cuidan personas mayores, de fontaneros, de se esculpen uñas, de yo más barato, de se busca perro, Fufu, color castaño, mi Fufu ay mi Fufu que lo quiero como a un hijo, un reloj de propaganda de una fábrica de ladrillos, una repisa con búhos de madera, de porcelana, de metal, pequeños, grandes, medianos …

Y huele a comino, a azafrán y a curry, a colonia barata y a laca del pelo, y a zapatos de plástico, y a bandejas de dulce de membrillo, a lunes, a recibo de la luz, a rábanos, a mojado- Pimba-pimba, el otro calcetín-, a melocotones y a que voy tarde que no llego a recoger al chico de la guarde, huele a qué, a qué, me he estado perdiendo todo este tiempo, tan lejos de casa.

-¿ Y a ti qué te pongo rey?- que yo te quiero verde sí sí, yo te quiero verde ay ay, yo te quiero verde.

“¿A mí?”

-Una pera.

12 de febrero de 2010

Papafrita

Hoy el cielo brilla más que un blog con glitters.
Qué vacilón
que llevo.

Mear encima de una margarita
sin nadie a donde ir
ni que me espere.

Me paro ante una estatua
-“Suelta el jarrón y baila, guapa”-
y vomito apoyando la cabeza en una teta.

Quiero llorar.
Morirme.
Y otro porro.

Esto no es vida
será otra cosa.
Qué asco. Mañana, cambio.

Y entonces de repente ¡Hostia!
¡Un hada!
Pa cagarse.

“Soy tu hada del parque
y voy a concederte
tres deseos”

Quiero llorar.
Morirme.
Y otro porro.

11 de febrero de 2010

Joder, cuánto te quiero

Tampoco me gustan los hombres mal hablados. No veo la necesidad. ¿Y luego para qué? Para ponerse tímidos a la hora de llamarme cosas guarras en la cama: “es que me da no se qué- es que contigo no me sale- es que creo que te quiero”.
Pues no me quieras, que me conoces de tres días. Y dime guarra, que me pone.

Y si es un melindroso, pues tampoco, que para eso ya tengo a mi gato, no sé, esos que se te quedan mirando cuando estás dormida, abres los ojos y están ahí, sentados en el suelo, mirándote. Y además no les puedes decir nada, y yo tengo malos días, qué quieres que te diga, a lo mejor me apetece pagarla contigo, así, porque dices que estás aquí, a mi lado, conmigo, pues eso, que tengo ganas de comerte el coco con mis cosas, pero como eres de carne de membrillo, me aguanto, porque lloras, y la verdad cuando lloras, me das asco, perdona.

Un hombre, pues no sé, que me cogiera entre sus brazos escaleras parriba y me tumbara en el sofá y me quitara los zapatos.
Y me pusiera la tele.
Y, se metiera en la cocina.
Y saliera con un pollo al horno.
Con patatitas.
Yyyyyy … un vinito.
Ponme otra.
Unmmmmmmm, que rico, te quiero más.
¿Qué hay de postre?
No, que me duele la cabeza.
Bueno, pero rapidito.

¿Es mucho pedir?

Yo lo valgo.

10 de febrero de 2010

Decoración de interiores

Han muerto diez viejos en Ottawa, Canadá, un duro invierno, muy largo-porque eran viejos, como la ropa, si hubieran sido, nuestros mayores, el abuelito, la tata, no hubieran estado en un sitio de esos, para viejos, que ya no quiere nadie-.
¿Qué debo hacer? ¿Llorar? Paso. A mí tampoco me importaban un carajo esos viejos.
Y si me preguntan digo: pobrecitos. Y ya está. Que es lo que se dice.

Ni el hambre del mundo. Yo como. Y bien. Todos los días.
Ni la guerra, cualquiera, que se maten, uno pone cara de oh qué cosas pasan en el mundo, hay que ver; pero cuando apagas la tele, la verdad es que te acuestas pensando en cómo te gustaría que entrara Ricky Martin por la puerta, y te clavara a la pared con la polla, o en mi caso, la cajera del mercadona, que entrara, sí, que entrara, que se iba a enterar, que me da un morbo que flipas, con su bisutería barata en las muñecas y su cruz de Caravaca de oro del que cagó el moro cayéndole por el canal de esas cacho de tetas que tiene que parecen melones de agua.

Porque soy un cerdo.

Si una chica me mira y es guapa, la oteo desde la suela del zapato al adorno del moño y me relamo los labios con la lengua. Si es fea, que la mire su puta madre.
Si la chica guapa, además, sonríe, automáticamente quiero follármela.
Y si no, que no me mire, y mucho menos me sonría “ sólo pretendía ser amable”, y luego me diga que sólo quería ser amable, no te jode.

… que hablaban apoyados en la barra del bar de la libertad, qué bonito, de hacer lo que a uno le diera la gana todo el tiempo, ja ja ja, expresarse y fluir, y yo me callo siempre y no digo nada, que es como se calla uno, y encima nunca pago, que pague el que ha dicho fluir, y cuando llego a la esquina y me paro en el semáforo, hay una señora con un niño en un carrito, y no para de decirle a la amiga que qué niño más guapo tiene dios mío de mi vida qué guapo el más guapo del mundo ay ay ay mi niño que me lo voy a comer.
Y el niño es más feo que Picio, feo de cojones, que ni parece un niño ni na, y entonces, le digo, señora, qué feo es el niño, coño, y la tía, se me queda mirando sin saber qué decir, cara como de querer preguntar “¿Perdone?”, de querer, porque no lo hace, porque soy un cerdo y me ha entendido perfectamente, cara de estar a punto de echarse a llorar porque sabe, que el niño es más feo que su puta madre, y que se tiene que aguantar.

Me encanta ser un cerdo. No tienes que preocuparte de mear dentro, ni de qué voy a comer hoy-que lo haga ella, que para eso está-, y menos de ir al trabajo, que vaya otro, que yo ya he trabajado bastante, y además estoy cobrando una pensión por invalidez-las piernas, que me fallan-, que es mentira, que yo con las piernas me hago la ruta Jacobea en media hora, y ni me duelen ni hostias. Por mi puta cara.

9 de febrero de 2010

Ha sido sin querer

Esto es una polla
(imaginemos una polla
una polla normal
sin artificios)
como podemos comprobar:
una polla normal
sin artificios
y ha sido encontrada
en el culo de un poeta.

Horrible.
Mas lo que nos ocupa
no es la agonía del genio
si no su legado;
“Coño, que me parto”.
Impresionante
qué brevedad tan absoluta
con tanto acierto
imaginad, amigos
las rosas que no le serían desveladas
en ese momento
los colores nuevos
qué visión magnifica
del espacio y el tiempo
así, enculado
y atónito.

Uy, ha venido un viento y se ha llevado el título

El hombre es un recipiente. Soporta la carga genética que le fue legada, y la transporta de generación en generación, siendo así de utilidad dentro de la maquinaría perfecta de la vida, al menos, en este planeta.

El hombre es mu tonto.

Tras millones de años, el ser humano, contra todo pronóstico, ha mutado en algo espantoso y oscuro, no quiere ser solo un tuperware, quiere la tarta, el queso entero, la galaxia.
Por eso mi vecino de arriba, es un hijoputa.

Se llama Pepe, Pepe no se qué, y a las dos de la mañana del día que le da la gana , se pone a darle hostias a su novia, su mujer, su coleguita, yo qué sé, y ella, le dice, Pepe, por Dios, que me vas a matar.
La policía lo mismo que viene se va. Pepe pone cara de bueno y ella, en alpargatas, les dice que si quieren café, y que no, que aquí no ha sido, será en otra parte, porque mi Pepe, ya ven, que no tiene ni carnes, ¿lo de la boca?, que me he dado con la puerta sin querer, que soy más tonta …

Y según Pepe, una guarra de cojones, que te gusta chuparla, so guarra, y a ver si aprendes a hacer un huevo frito, eh cariño, y a lo mejor te llevo al cine, anda, tráeme otro paquete de tabaco, guapa.

Que belleza en la caza del Ñu a manos de una manada de leones, que expresión exuberante de vida en la muerte de un macho de Mantis descabellado, en el aleteo último de las moscas del verano del setenta y seis, en la vorágine de los buitres devorando los huesos de las cebras, que utilidad la de las hienas y microbios, y en cambio, que hijoputa es este Pepe, tan sucio y tan equivocado.

Me gustaría, ya lo creo, permanecer puro, limpio, como un cuenco que llevara la vida en las manos a otras manos, y así hasta el fin de los tiempos si lo hubiere, pero no creo que pueda, porque la próxima vez que vea a Pepe en la escalera, voy a cagarme en sus muertos y a decirle que si quiere, bajamos a la calle a romper la cadena evolutiva en sintonía de la vida en el planeta, “¿la qué?”, que eres un mamón, Pepe, que eres un mamón.

8 de febrero de 2010

En busca del Viento

Y me abro la camisa
y antes de que el tío
termine de leer “Tu puta madre”
tatuado en mi barriga
le meto
los cinco dedos cerrados en la boca.

Porque la quiero.

Porque en vez de pestañas tiene acentos
porque le encanta que le coma el coño
porque me gusta escucharla
hablar de amapolas
caracoles
y espejos.

“Le has roto los dientes”
me dice, sonriendo
mientras cruzamos en coche el desierto de Arizona
en busca del Viento.

7 de febrero de 2010

Abajo el periscopio

¡Cri-CRI-cri-cri-CRI!
Grillos.
¡Cri-CRI-cri-cri-CRI!
Más grillos.

Color: supongo que negro, no sé.
Con un agujero.
Que brilla.
Aunque en realidad

también hay más agujeros pequeños.
Y también brillan.
No sé si eso se contempla en el color negro.
Yo diría que sí, negro, total
por unos cuantos agujeros.
Tal vez no haya
otra noche como esta…

¡Krerfchhhhh!
(ramita seca)
¡Fiusssssssss!
otro cigarro.
Te había prometido
¡Plop!
(descorcho este momento)
cambiar
(lo sirvo en dos copas)creo.

Vengo a decirte que lo siento
(¿Está seguro de que quiere sobrescribir el archivo?)
que no me sale
(sí a todo)
¿Qué esperabas?
¡Fiussssssssssss!
¿un milagro?

Aún me hago pajas pensando en tu culo
sigo un menú
de latas de albóndigas
no me peino
desde que no duermes conmigo
o me acuesto vestido
o de pie
o no me acuesto
y eso
que me bebo cada noche dos botellas
de Stolichnaya
y perdona
tenía preparado un poema
aquí, te lo juro, en el bolsillo.

6 de febrero de 2010

Déme ese con anillas y papel cuadriculado

Hubo muchas.
Intentaba olvidarte. ¿No es eso, lo que se hace? Ya sabes, continuar con mi vida, con lo que quedó de ella, quiero decir, que no era mucho.

Caminé tanto que caminando llegué al Mar porque decían, que se lo traga todo, y me monté en un barco que iba a Singapur, o a las costas Malayas, no sé, el caso es que zarpé.

Muchas. Algunas, se parecían tanto a ti, que en vez de por sus nombres, las llamaba amor amada amante mía, como a ti, o las arrojaba sobre mi pecho y les buscaba el cuello esperando encontrar tu sabor delicioso en mi lengua y en mis labios y, sentir ese temblor de toda tú como un manantial entre mis dedos , más mía cuanto más hondo te mordía.

Muchas y ninguna.

Lo que mejor nos salía era estar enfadados, a ti y a mí.
En cambio cuando me he enfadado con alguna Sirena, sin ir más lejos, ni aunque te partieran una botella de vinagre italiano en la cabeza- 24 puntos, Marcela, “Si me dejas te mato”-, no era lo mismo que contigo.

Para mayo habrá rosas en el patio.

Me he comprado un cuaderno.

Aunque a ti nunca te han gustado mis poemas.

Nunca menos cuando eran para ti. Aunque fueran muy malos.

Y a tomar por culo la llave

Nos quedamos a oscuras. Casi a oscuras. No eran sus ojos, era cómo brillaban, como si dentro, tuvieran una pequeña galaxia, girando, evanescente en lo profundo del ámbar de sus ojos color miel.

Yo no le había tocado ni un pelo todavía ni pensaba hacerlo, me bastaba verla allí frente a mí, sentada en el sofá con las piernas cruzadas y con uno de mis pijamas, escrutándome, como escruta una gacela el horizonte.
Nunca, no, en mi puta vida había visto nada más bonito. Que daba igual, porque yo lo que quería es que se fuera, el hecho de que hubiéramos llegado cogidos de la mano a mi casa en la primera cita, le dije, no significa nada.

De un salto se me subió encima y se puso a darme besos en la boca, sin lengua, besos pequeños, que yo intentaba esquivar, no todos, al fin y al cabo nadie me había besado nunca como ella.
Luego se abrió la blusa del pijama, me cogió una mano, se la puso en una teta y dijo: “Soy tuya”.

Te haré llorar, le susurré al oído, justo antes de que se convirtiera en agua entre mis brazos
.

5 de febrero de 2010

Ex-esto y ex-lo otro

Nos sentamos y le dije, que era alcohólico, que lo era, antes, aunque no hacía mucho, y que me había casado seis o siete veces -por decir algo-, a mi manera, con una gitana del barrio Campayo, con una alemana, con Sophie, mon cherí Sophie Lebrón, con, yo qué sé, desastroso, y le dije en qué me había convertido, le enseñé los tatuajes de serpientes enredadas en la estrella de David, la punta del lápiz clavada en mi espalda, la piedra de hachís de mi bolsillo, mi nómina de mierda, las llaves del candado de una bici, y le dije que si había quedado con ella aquella tarde, era para decirle todo eso, sólo eso, y que después, podía levantarse y podía irse, de hecho le dije que estaba deseando que se fuera, que se levantara y se fuera, ya, ahora, antes de que me preguntara que si tenía hijos y que dónde estaban, antes de que yo le contestara, podía irse, en vez de estar allí, perdiendo el tiempo, conmigo, sólo porque había visto algo dentro de mis ojos.

Podía.
Pero no quiso.

Mientras yo le hablaba miraba al suelo, con las piernas cruzadas y las manos encima de la mesa, demasiado cercas de las mías, para ser las manos de alguien que acababa de conocer a la luz de una farola.
No decía nada, pero de nada, miraba al suelo y ya está. A su puta bola.
Y le dije, he terminado.
Me dolía la boca de contarle mi puerca vida.

“¿Es que no vas a decir nada?”

No dijo una mierda.
Pero yo la entendí.
Nadie me ha besado nunca como ella.

4 de febrero de 2010

Y la Nancy negra

Y aquel día fue el que vino a recogernos al colegio mi tío Rafael, en vez de nuestra madre como siempre, y nos dijo que la hermanita, se había ido al cielo.

la niña vomitaba todo lo que comía. tenía seis meses y se llamaba Fátima.

Y entonces Adelina le preguntó a mi tío Rafael, que cuando iba a volver.
Y mi tío Rafael se quedó callado.
Mi hermana Adelina rompió a llorar y a decir todo el tiempo que no que no que no, y que no, que su hermanita era suya, que quiero ver a mi hermanita que quiero ver a mi hermanita, y las gafas, se le empañaban todas, y los mocos, le llegaban al suelo, y mi tío Rafael, la levantó del suelo y la cogió en brazos y mientras caminamos hacia casa, le iba diciendo que no llorara, tonta, que el cielo era muy bonito, con columpios, y caramelos y muñecas -“¿Y la Nancy negra?”-, y la Nancy negra.

Yo había leído revistas. Sabía cosas. Sabía que el hombre había ido a la Luna, y había vuelto. Sabía que era una dicotiledónea y dónde estaba Praga y cual era el peso atómico del hierro.
Revistas de mayores.
Y me había fumado la colilla de un cigarro en el bautizo de un primo mío.
Sabía hasta de dónde venían los niños y esas cosas.
Mi tío me miró y yo le miré y como mi tío me miraba con cara de que no me mires y no digas nada y callaté, “o", yo dejé de mirarlo y no dije nada y me callé, y él, siguió contándole a mi hermana que del cielo no llovía agua, que eran las lágrimas de los ángeles cuando lloraban- “¿Y por qué lloran?”, de alegría, de alegría, ¿y los truenos qué son? caquitas, caquitas de los ángeles, cuánto pesas cariño, ves, ya no lloras… -“Quiero ver a mi hermanita”-, luego, luego, mira, un globo.

Estuvimos tristes muchos días, porque aunque la niña lloraba mucho porque siempre le dolía la barriga, la echábamos de menos y olía muy bien.
Mi madre se dejó el pelo largo.
Aquel año, tuve entre mis manos el número uno de Spiderman.
A mi hermana Adelina, le pusieron una prótesis dental, porque dormía con el dedo gordo metido en la boca.

3 de febrero de 2010

A mí, ay ay ay, que te quiero tanto

Había sembrados rosales en el patio por entonces, en el patio de la casa vieja. Por entonces.
Yo le regalaba una flor cada mañana, hiciera frío o calor, aunque nevara, o hubiera una guerra, o estuviera enfadada porque yo, por dios bendito, era un monstruo, un monstruo que la hacía sufrir con paciencia de monstruo, con esa cara siempre que decía que tenía, yo, de tonto, que eres tonto, de palo, todo el tiempo.

Meto el dedo en la tierra. Está húmeda. Meto el dedo en la tierra, lo hundo en la tierra, en la tierra húmeda, y en el agujero, planto un esqueje de mosqueta, y al lado otro de rosa de los vientos, y más allá, centifolias y, David Austin, blancas, rojas, rosas rosas, amarillas.

Tendrá una flor sobre su tumba, todos los días. Como antes, como siempre.
Y he puesto una foto en la pared.
Una donde estamos los dos cogidos del brazo, y ella me está mirando con cara de pero dios mío qué he hecho yo para que me toque a mí un hombre así, como éste.

Me gusta esa foto porque enfadada, ella era la mujer más bonita del mundo, qué mujer, fuego era que se comía tus ojos, un día, que estaba yo afeitándome, me acuerdo, entró en el cuarto de baño y apagó la luz y se pudo a darme puñetazos en la barriga, malo malo malo, decía, que no me quieres nada ,y cuanto más me reía yo de que me diera puñetazos en la barriga con aquellas manos pequeñas, más puñetazos me daba, hasta que se iba sin encender la luz, y desde lejos, me sacaba la lengua y se iba a la cama sin mí, sin mí, que le acababa de decir lo que le acababa de decir, ay, dios mio, ay ay ay, mostruo, a ella, ay ay ay, a ella, que me quería tanto, tanto.

Y porque no tengo otra.

Tanto, decía. Decía muchas cosas. De hecho, no paraba de hablar. Nunca. Y si se callaba alguna vez, peor. Eso era raro. De hecho daba miedo. Bastante. Uno se la imaginaba pensando en, allí, sentada en la ventana viendo pasar los trenes, pensando en un plan para destruir tu vida, muy muy lentamente, día a día, a deshoras si hacía falta, como el día que en mitad de la noche va y me despierta, para decirme que había soñado con un caballo blanco que venía a llevársela, que dónde estaba yo, ¿eh?¿dónde? ay, ay, ay, así me pagas que te quiera, tanto, tanto, así.
De hecho no me habló en una semana.
Porque no la había defendido de un caballo blanco que venía a llevársela.

Aunque lo peor que la he escuchado decir tras uno de esos sus silencios, fue: “Me haces tanta falta …”

Veni-vidi-vinci, pero a lo bestia.

El día que la conocí yo me estaba comiendo una tostada de mantequilla. No es muy romántico, pero fue el mejor día de mi vida. O por lo menos, el primero de muchos días, que con ella, siempre eran mejores.
Tenía tantas cosas que enseñarme …

No sé que hice, que levanté la vista del plato, y entonces la vi, y vi que me estaba mirando, desde hacía por lo menos, el rato que le daba la gana. Y enseguida supe, que iba a joderme la vida.

Igual que me miró, dejó de hacerlo con el mismo desprecio que se olvida una mosca. Era la mujer más pequeña que había en la cafetería, y sin embargo, le faltaba sitio. El pelo le caía como un río por encima de los hombros, un río negro y hondo.
Hablaba, con otra chica, mientras tomaban café sentadas al final de la barra.

Para cuando volví a mirar de nuevo, ya se había ido.
Como cualquier mujer se va después de tomar café, andando supongo, con sus ojos de matar hombres mirándolo todo y disfrutándolo, porque la vida, me diría más tarde, era tannnnnn hermosa …

Me levanté, pagué en el mostrador, salí de allí, fui a trabajar, joder que asco de día, volví a almorzar, me levanté, pagué, fui a trabajar, joder que asco de día, y cuando volví a las nueve de la noche y pasé por delante del bar camino de mi casa, la dueña me dijo que espera, que te tengo que decir una cosa, que me han preguntado por ti, una chica, muy guapa, que me ha dicho que cómo te llamas, y que dónde vives, que si por aquí, y dónde trabajas, y que cómo eras, y yo se lo he dicho, pues que eras, eso, muy raro. ¿No te importa, verdad? Es que era tan simpática.

Así era el amor de mi vida. Cuando quería algo, lo cogía.

A los cuatro días, cuando llegué al trabajo, un compañero me dijo que habían estado preguntando por mí, y que claro, pues que le había tenido que dar mi teléfono, qué remedio, porque era …

No me lo digas, no me lo digas-le digo yo-: Muy guapa. Y muy simpática.

Al día siguiente, a las once y cuarto de la noche, el teléfono empezó a hacer rrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr encima de la mesa, y a dar vueltas.
“¿Sí?”

Quedamos al día siguiente.
En una esquina,
Una con farola, y mucho viento.

2 de febrero de 2010

La palabra de once letras

Hace años dibujé sobre su tumba una palabra de once letras.
Con un lápiz de labios.
Rojo.

No he pasado un solo día de mi vida desde entonces sin pensar en ella.
Desde entonces. A todas horas.
Ni un solo día.

Ahora sobre su tumba sólo hay hojarasca en el suelo y colillas y moscas y cagadas de pájaros. Parece imposible que los mismos huesos que me clavaba en la espalda por las noches en la cama, estén ahí debajo. Cubiertos de tierra húmeda y viscosa, enredados seguramente en las raíces de un arbusto, pudriéndose, lentamente.

Y tan sola …

La ciudad no es la misma. Yo me crié en un barrio con macetas y viejas sentadas al sol a las puertas de las casas, con kioscos de chucherías y afiladores de cuchillos que iban en bicicleta y hacían “Tirurirurirurí” con un pito.
No es la misma. Y ya no queda nadie.
Nadie excepto ella.
Mientras yo me he dedicado a recorrer el mundo poniendo el dedo en el mapa todo este tiempo intentando olvidarla, ella ha estado aquí, intentando ser olvidada.

Aquel día me fui caminando y me perdí entre los cipreses, y caminé y caminé y caminé, hasta que lo único que vi al volver la vista atrás, fueron años, años de buscarla en otros ojos, años de sofocar el llanto en la almohada, de ciudad en ciudad, de boca en boca, de cama en cama, buscándola siempre sin hallarla en las caricias de otras manos que no fueran las suyas, años de días largos como dagas y noches traicioneras, de horas y minutos y segundos pesados y lentos como el plomo.

Hoy, cuando me vaya, me sentaré en el porche de la casa vieja a esperar que pase el mercancías de las doce.
Y mañana.
Y el otro.
Y para siempre.

Porque no quiero olvidarla.
Porque algunas palabras de once letras, son verdad.