31 de marzo de 2010

¿Estoquel?

Murió de un cáncer de pulmón. En los últimos días, se quitaba el catéter de la vena y se lo metía en la boca y lo chupaba. Y luego echaba el humo. Preguntaba por gente que ya se había muerto, o le decía a mi madre que cuando llegaran a casa había que ir al supermercado, que el frigorífico estaba vacío, y eso era pecado, no es que mi padre creyera en dios ni nada de eso, si no que había pasado mucha hambre, porque mi abuela tuvo catorce hijos y la cartilla de racionamiento no daba para más.
Siempre tiene puestas flores al lado de la foto. Siempre es siempre, que pare eso era mi padre.

Miro a mis sobrinas y me cago en la madre que las parió. Son malas de cojones, como dos Gremlins. Se acaban de cargar el DvD para ver que tenía dentro. Lo rompen todo, pero no es porque sean niñas, que además, si no porque mi hermana se acaba de divorciar.

“Los demás no tenemos la culpa”, les digo, y se quedan muy serias, mirando al suelo, con sus jerséis de Pucca, tan lindas, quiero, decirles que las quiero mucho, aunque sean tan malas malísimas, aunque urdan planes atroces para hacer barbaridades, juntas para todo, porque son gemelas, una plaga son, y todo el mundo se pasa el día riñéndoles, niñas, no toquéis eso ni eso ni eso. Pero son lindas, cariñosas, te besan y te abrazan sin motivo, porque sí, porque les da la gana, porque son niñas, y te dicen no te enfades, que te salen arrugas, y te quiero mucho, te dicen, una a cada lado, pegadas a ti, tan tibias y gorditas.
Les digo que pronto irán al instituto, aunque sean bajitas, que ya tienen puntitas de tetas y tú, sí tú, tu madre me ha dicho que tienes el periodo desde hace dos meses. “Yo todavía no”,dice la otra. “Es que soy tres minutos más joven”. No sé quién es la otra y quién es una, me hago un lío. O me engañan. El mundo de fuera, les digo, es una selva de animales feroces, pero no creo que lo entiendan, me miran como si estuviera contando La Cenicienta, me miran y sonríen, ni puta idea de lo que les digo, que si vamos a ir a por pasteles, me preguntan, que si hoy no se merienda, me preguntan, o qué.

Hay un montón de gente en la cocina. Hoy es el cumpleaños de mi madre y están haciendo la cena y gritando como gallinas, y hay, un montón de pollitos en torno a ellas, Carlitos el peor, corren de aquí para allá y en todos sitios te encuentras uno, abriendo los cajones, debajo de la mesa, perdido, y todo el mundo buscando al niño, ni en el ropero, ni en casa de la vecina ni en el ascensor, ni en el trastero, y a otro, lo han metido en el bidet los primos, a presión, a ver si cabía, y ahora no sale de ahí ni a la de tres.
Huele a muchas cosas y todas son bonitas.

Hay fútbol. Mis cuñados han puesto la tele a todo carajo. Antes de que cenemos, a uno de ellos habrá que sacarlo al balcón a que respire, porque cuando le marcan a su equipo se pone como un tomate y las venas se le hinchan y se pone a decir tu puta madre tu puta madre hasta que se asfixia. Les conozco desde chico, desde que íbamos a jugar a la guerra de piedras a la fábrica, que estaba en ruinas y era nuestro cuartel general. Era un juego fácil; había dos bandos, y había muchas piedras. Eso que tiene mi cuñado Javier en la frente, es de una de las gordas.

67 años. Una vela, no vaya a ser que se vacíe de soplar. Antes no había pañales de papel celulosa, se lavaba mucho, y a veces, a mano. Tampoco se podía besar en la calle, porque te pedían el carné, ni había otra salida, te tenías que casar para salir de casa de tus padres, o eras una puta, una perdida, por la puerta de atrás te ibas.
Muchas de las que salían por la puerta grande y vestidas de blanco, terminaban preguntándose que tenían que hacer para salir de casa de su marido. Por la puerta de atrás, no había otra. Y no te ibas.
Tantos disgustos, y está guapísima, con su pelo de peluquería y su sonrisa, sus ojos pequeños, su nombre de madre. Lo ha visto todo. Se nota.
A veces me abrazo a ella y la beso en la mejilla, de pronto, porque sí, como mis sobrinas, porque, he estado mucho tiempo fuera, por ahí, lejos, viviendo otras vidas, ya de chico era malo, malo no, que no daba una, raro, que era raro, como al revés, decía mi madre.

Miro a mis sobrinas, que son dos Panzers, pero veo dos animalitos pequeños e indefensos con zapatillas de lentejuelas a lo Hanna Montana, y en vez de cagarme en la madre que las parió, otra vez-que era un DvD nuevo, coño, y la semana pasada se cargaron una maceta de geranios y mancharon de ketchup todo el techo de la cocina y hubo que pintarlo y ¿quién lo pintó?: yo-, pues eso, que me callo, y me apetece que me atenacen con sus brazos, una a cada lado, y sentir que estoy aquí.

¡Zasca toma Pumba cataplón! a la mierda, a alguien se le acaba de caer una bandeja de ensaladilla rusa al suelo, plof, se ha escuchado primero, y luego el plato, que se le ha resbalado, crack crock o yo no sé, como suenan los cristales, están todos los niños subidos encima del sofá, para no pisar, y una con la escoba y la otra con la fregona y la otra llorando porque ahora hay que hacer otra ensaladilla, que tonta que soy, que el otro día me fui al colegio sin el niño, dice, el niño durmiendo, y yo en la puerta del colegio sin niño, anda, pero si me he dejado al niño, digo, es que yo no sé desde que me he divorciado, lo que me pasa, y las niñas, ay las niñas, que me tienen loca, de pastillas me tienen, me pongo a pelar patatas, ya se me pasa, pelando patatas se me pasa.

¡Gollllllllllllllllllllllllllllllllllll!
No veas la que se ha liado en la sala de estar, parece que hay una carrera de caballos. Tres a uno. Un cuñado mío está llorando, con la cabeza hundida en un cojín, ese ya no habla en lo que queda de partido. Los otros dan saltos y se llenan los vasos de cerveza, tres a uno tres a uno, oé oé oé, y el otro con la cabeza hundida en el cojín, a la mierda la copa, joputa el árbitro, qué suerte tenéis, cabrones.

Tengo un niño subido a la espalda.
Y otro enganchado en una pierna.
A euro por niño, con los dos que me tiran de los brazos y los que miran, diez euros. Para chuches. Pero el rato que están señalando en el kiosco golosinas con el dedo, me fumo un cigarro en el balcón. Barato.

Me apoyo en la barandilla, hace fresco, me da igual, que silencio más rico, la punta roja del cigarro brillando en esta casi noche ya, y ya mismo cenamos, y luego la tarta, y un deseo, seguro que hace lo de todos los años ,no se dicen los deseos Mamá, que no se cumplen, ah, pues yo no me acordaba, dice, da igual, pido lo mismo, pero me callo ¿no? ¿y se cumple?, pero Mamá, si ya lo has dicho, y en alto: que estemos siempre sanos, como una pera, siempre lo mismo, todos los años, podías pedir, una batidora, Mamá, una tele de plasma-“yo pido lo que a mí me da la gana, que para eso soy tu madre”-, un viaje a Grecia- “¿A Grecia yo? Uy que miedo, no no no”-.

Coño, mi hermana, otra. Con una cuchara sopera y haciendo el avioncito: “Toma, prueba”. Y me la mete en la boca y me quemo toda la boca coño coño coño, que me quemo,“¿ A que está bueno?”,Muuuuenísimo, y de detrás de mi hermana sale mi cuñado y me coge por los hombros y me zarandea Rrrrrrrrrrrrrrrrr, y me dice ¿pero tú te crees que hay derecho?, tres a uno, tres a uno, joputa el árbitro, ¿o no, cuñado?, sí hombre sí, lo que tú digas, y los otros por la ventana, dando saltos y con el dedo levantado para que se lo meta éste en el culo, iros al carajo, dice mi cuñado, y a esto, que me sale un niño de las piernas y me dice que si ya han terminado de jugar al escondite, que está harto de estar dentro de la lavadora y que se hace pis, he ganado, he ganado, dice-“Sí Manolito, eres un campeón y has ganado, tus cojones, no como la mierda de equipo que tenemos, hijo mío, ¿y cómo te has metido en la lavadora?, dímelo, dímelo que me cargo a tus tíos, mamones, mucha suerte es lo que tenéis”-, y que mal canta mi hermana pequeña, en vez de a la Pantoja se parece a yo no sé, pero cualquiera le dice nada de la Pantoja, te araña la cara, pero mal que canta mi hermana, a la mierda el cigarro, a la mierda el silencio, y encima llaman al timbre y entran por la puerta un ejército de niños con la lengua azul o verde o negra o rosa, y un montón de chuches en bolsas trasparentes, y empieza un trasiego de cambios, dos verdes por una amarilla, no, tres verdes, vale, y así hasta que hay caramelos pegados en las cortinas y chicles en todos los zapatos, lo mismo bajo a por tabaco, “¿Dónde vas?”, “A por tabaco”, “Toma cuñado, que yo tengo otro paquete”. Lo mismo bajo a no volverme loco. “¿Dónde vas?”, “A no volverme loco”. Y bajo, y el aire me entra por la nariz y siento como me llena los pulmones y enciendo un cigarro, mmmm, qué rico, no me lo puedo ni creer, y escucho el silencio o lo que sea esto, este rumor de voces a lo lejos, de luces encendidas y parejitas echando el primer polvo, de viejas tomándose la pastilla de las nueve, la pequeñita color lila, de cacharros que arden en los fogones de los hospitales, de cadenas del water, de coches de bomberos, de bares llenos de perdedores, de aviones que cruzan el cielo como cortes de navaja, de “hijo de puta, en vez de decírmelo a la cara, me manda un mensaje”, de “te lo dije, que ese tío era un cabrón”, de papá papá papá, quiero una moto, de “Éste es Jose, mi novio”. El silencio se mueve, palpita como una patata frita, si no, ni es silencio, ni es nada. ¡Rigiding Rigiding! El puto móvil: mi madre. Que cuenta veinticinco y falta uno. Que la mesa está puesta. Que suba. Que ya no estoy en Francia, por ahí, vete a saber, en cualquier sitio. Un día la llamé desde Estocolmo, desde ¿Estoquel?, me dijo, ¿Y eso dónde es?,“no Mamá, eso era en África, aquí elefantes, poquitos, ¿qué cómo se llama? Nadia, sí Mamá, es guapa, no Mamá, no está lloviendo, sí Mamá, voy abrigado”.

Ya subo.

28 de marzo de 2010

Vademécum terrible

Iba yo por la isla de Pascua
un día
y a esto
que me encuentro a Cayetana Guillén Cuervo
y le digo
“pues a mí me pareces muy linda”
y entonces
es cuando aparece Michael Jakson
cantando el Black Or White.

Una vez maté una golondrina
de una pedrada.

Me miro los dedos de los pies y me pregunto
para qué sirven.
A veces me parece
que la vida está llena de cosas inútiles
y a veces, otras
la vida me encanta
y doy saltitos en la cama
y casi llego al techo con las manos.

¿Y si tuviera una máquina del tiempo?
No iría a ningún sitio
mi vida ha sido triste
y el futuro
ja ja, el futuro. Fumo demasiado.
Vaya mierda de máquina del tiempo.

Y luego me despierto y voy al baño y hago pis
y cuando vuelvo
hay una larga fila de hormigas en la cama
llevando un cargamento de migas de galletas.

Vale. Me pongo a mirar por la ventana.

No me gusta la gente que mete los gatitos en un saco
y los tira al río.
Y menos los que matan golondrinas.
Alguien debería, hacer algo al respecto
tal vez la Liga Intergaláctica
o el consejo de ancianos del Sistema Uriol
dictar una ley que prohibiera los capullos
en este planeta, o algo.

Y digo yo que entonces
el hombre es casi como
los dedos de los pies
¿o qué?
otras veces sueño
que soy un canguro
una pelota
una cinta de vídeo
-un saludo a mi madre
no sé si me estará viendo-
cosas
o que tengo una capa
como Superman
y no tengo miedo
de que la gente siga
tirándolo todo en el mismo
contenedor
y mire a los lados.
El caso es soñar. Sueñas, y te atreves.

27 de marzo de 2010

De miserables y princesas

Me hubiera gustado empezar esta historia diciendo que al menos al principio, después de que me dejara tirado como una colilla, la odiaba; pero no sería cierto, en cambio, si alguna vez vi una princesa, fue a ella vestida con aquel traje negro y carísimo de encaje que aún resaltaba más sus ojos exactamente verdes la ultima noche del año.
Yo por entonces no hablaba mucho o nada y sólo bebía zumo de tomate: “¿Me das un beso?”, me dijo. Y yo le dije que por qué, si no la conocía de nada, si yo estaba allí en la barra del bar absolutamente solo porque quería estar absolutamente solo, y tú quién eres y de dónde sales, le dije, no ves que soy un tipo extraño, le dije, no, le dije, no te lo doy. Y se fue a bailar con una amiga al centro de la pista.

Cuando volvió ya me había aprendido de memoria el verde exacto de sus ojos y su largísimo pelo castaño, su voz de muñequita y cómo arrastraba levemente al caminar su pie izquierdo, dándole un aspecto de patito, muy dulce, su sonrisa y sobretodo, la pequeña cicatriz del labio de arriba: “Dame un beso”, me dijo.
Yo quería comerme aquella cicatriz, lo deseaba con toda mi alma. Era lo único que deseaba. Acerqué mi boca a su boca y directamente le mordí el labio de arriba, sin saber, que a partir de ese momento estaba tirando a la basura el resto de mi vida.

“Tengo que subirme al escenario”, le dije cuando abrí los ojos.
Por cierto el resto de mi vida no era gran cosa. Me colgué el saxo y tocamos durante hora y media. La boca aún me sabía a cicatriz. Quería más, mucho más. Ni siquiera me importaba de repente que el batería me hubiera dicho, cuidado con ella, es la hija de, yo que tú, me olvidaba.

El alcalde de, había hecho una fortuna en Indonesia, nadie sabía cómo, y medio pueblo, era suyo. El otro medio, también. Y yo era una mierda de músico ambulante que acababa de comerme la cicatriz de su hija. Mal asunto. Olía desde lejos.

Quedamos a las tres de la tarde del día siguiente, a la hora del café, pero en vez de ella, aparecieron tres tíos que sin mediar palabra, me dieron de hostias en la calle. Mi boca de besar cicatrices se hinchó como un globo. La llamé por teléfono. Se puso su madre y me dijo que su hija se había ido al Senegal, de monja, y luego colgó.

Pasaron varios días antes de que pudiera abordarla a la salida de una tienda de ropa. Se quedó mirando mis botas de piel española con puntera y dijo que lo sentía, que aquella noche estaba … que lo sentía, que lo mejor era que … y yo le levanté la barbilla con dos dedos y le dije que se callara, que ya era tarde, y que sólo si ella me lo pedía me iría por donde había venido.
Se quedó callada. Una semana después nos casamos en secreto. Segundo error. Y todo por el veneno de aquella cicatriz.

Durante los primeros meses supongo que fuimos felices. Nadie volvió a partirme la cara, y siempre que regresaba a casa, ella estaba allí: “Cierra los ojos”, y los cerraba y cuando los abría tenía delante un gran oso de peluche rosa, o un pez de esos naranjas que tocan en las tómbolas de cualquier pueblo. Entonces me abrazaba y todo lo demás, mi porquería de sueldo, mi falta de ambición, aquella mísera habitación con una mesa y una cama y dos sillas a punto de quebrarse, no importaban demasiado, ni la pequeña tele en blanco y negro de segunda mano del año de la pera, ni el futuro, ni otra cosa que no fuera tenerla entre mis brazos. Al menos yo creía que éramos felices.

Un día su madre llamó a la puerta-ella había ido a por fruta al mercado, y a no sé dónde más-, llamó a la puerta y me puso delante un gran fajo de billetes, enorme. Pase, le dije, y pasó y se sentó en una de aquellas sillas a punto de romperse.
Le dije que su hija, para mí, no tenía precio. Y ella me dijo, que ya veríamos, hijo, así me llamó y por un momento creí que me estaba entendiendo, me dijo que tarde o temprano las cosas volverían a su cauce, que no podría mantenerla a mi lado mucho más, que ella, estaba acostumbrada a otra vida, incluso había tenido un novio, asquerosamente rico. Uno, y los que quisiera. Luego cogió el dinero, lo guardó en el bolso y se marchó sin decir adiós.

Me quedé mirando por la ventana y a la media hora apareció ella con un kilo de fresas, otro de naranjas mandarinas y los ojos tan brillantes como si viniera del circo: “Estoy embarazada”.
La abracé tanto como pude.
Sí, supongo que éramos felices.

Me gustaría acabar esta historia diciendo que aún la odio; pero no sería cierto, aunque una semana después se marchara de casa, aunque se fuera a vivir a Boston, aunque se volviera a casar con el dueño de una cadena de hoteles, aunque aquellos tres tipos me dieran una paliza cada vez que intentaba acercarme a menos de un kilómetro de ella, aunque cada vez que me despierto por las noches sea para ponerme una copa, o dos, o las que hagan falta.

25 de marzo de 2010

El caso Ulrich

No es que hubiera de por medio una secta satánica ni ningún súper-villano con intenciones maléficas, pero aquella tía tenía la fea costumbre de cortarle literalmente los huevos a todos los chacales-así los llamaba-que se metían en su cama, sin que ninguno sospechara, que era lo último que haría.
El día que le metí una bala justo en medio de sus preciosos ojos grises fue sin duda el peor de toda mi carrera como detective. Vomité tanto que no volví a probar bocado en dos semanas. Tenía ciento cuatro botes de mermelada en el trastero con testículos flotando en una solución de éter, etiquetados, y en orden alfabético.

Se llamaba Ulrich, Esther Ulrich.

He de confesar que ninguno de aquellos tipos me caía bien después de haber leído los informes: pederastas; ex-maridos con orden de alejamiento; un sacerdote con dotes de actor porno y un largo etcétera de sujetos de dudosa por llamarlo de algún modo, reputación.
No disfruté viendo caer lentamente el hilo de sangre de su frente, pero qué otra cosa podía hacer si no abrirle un agujero en el cráneo cuando se abalanzó sobre mí con aquella enorme cosa entre las manos, joder, en mi vida había visto un cuchillo de cocina tan grande, podría, haber cortado una puta vaca por la mitad.

Investigué el caso durante tres largos y asquerosos años, adelgacé veinte kilos, mi mujer casi me deja, y al final, después de tres años sin una sola pista y un kilométrico historial de desapariciones de individuos varones, el destino quiso que aquella noche, Esther Ulrich y yo, coincidiéramos en una cafetería del barrio chino a las tres y veinticinco de la madrugada.

Ninguna puta me había cobrado un solo centavo hasta entonces, era extraño, que mientras me ponía los pantalones para irme a casa, mencionara el tema, y aún más extraño, que añadiera que sería caro, muy caro, y por supuesto, lo más extraño, era aquella cosa enorme que podía cortar una vaca en dos, brillando entre sus manos.

23 de marzo de 2010

A la sombra del manzano

“-Toda esa mierda, ya sabes, esos, personajes que andan diciendo por ahí que la vida es así, o así, esa clase de citas que salen en los libros de texto, limitando el futuro de los niños a seguir como mucho un par de caminos: “Sólo hay dos clases de personas: las que bla bla bla y las que bla bla bla”. Maldita sea. Sólo son niños.
Si te dejas guiar por el refranero estás muy jodido. He conocido tantas maneras de vivir como personas, conocí a un tipo en Singapur, se arrastraba sobre un carrito de madera, sí, de nacimiento, no tenía piernas, nada de piernas, se movía entre los puestos del mercado ayudándose sólo de sus manos, un día, se cayó al río, y nadie, créeme, lo sacó de allí, el tío aún está en el fondo, sonriendo, se reía de todo, comía pescado crudo y se reía, olía mal, el muy cabrón se tiró al río, vivía en una choza hecha de maderas y cartón, encontraron, siete millones de dólares en bonos del estado, bajo el colchón, a su nombre, dólares americanos, todo manchado de cacas y orín, debían llevar ahí, mucho tiempo.
Y esa otra...la Duquesa de Slater hacía guardar el papel aluminio de los bocadillos a su personal de servicio, una gran bola de papel de aluminio, decía que por cada bola, le daban seis libras, le brillaban los ojos, tenía, propiedades en Marsella y Venecia, en Manhattan, en Madrid, su padre era, Senador, tendrías que haberla visto con su bola de papel de aluminio entre las manos, vestida de Carolina Herrera.”

20 de marzo de 2010

La cosecha de Ana Miller

Si en el vientre de la tierra
tras aquella flor magnífica
sólo quedaron las cenizas de Hiroshima
¿qué cosa queda en mí después de ti?

Me hablas con dragones en la boca
con ojos de taberna y de cuchillos
con los nudillos blancos
la saliva en la cara
me llenas de huracanes, a mí
que soy un junco
y luego
me dices que me quieres más que al aire
como nunca pero nunca va a quererme nunca nadie
que soy tuya
tuya
tuya
de nadie más
mía tampoco, mía menos, nunca mía, mía no
y otras veces
ni me hablas del asco que te doy
yo tan vulgar, tan poco, tan yo y tan menos siempre
de lo que te mereces.

Quería ser barco pirata
un pájaro naranja
un globo
el viento yo, quería ser yo
yo y otro,
y una casita blanca y tulipanes
otro bonito
que me dijera nardos al oído
o quería
la mitad de todo eso
o un poquito
o algo
pero no esto.

Me hundes a golpes en el suelo y me desclavas y otra vez.
Y yo me muero y me desmuero
y ya no sé si de dolerme duele menos
o es que te cansas.

¿Qué queda en mí que siempre te perdono?
Si no es amor, debe ser miedo
¿qué otra cosa movería
con esta fuerza el corazón?

19 de marzo de 2010

Hologramas

Parecemos idiotas.
Queremos ser idiotas.
Nos gusta ser idiotas.

Compra esto.
Bebe aquí.
Mírate el ombligo en tarifa plana.
Jode jode jode a tu vecino
a tu novio a tus hijos al hombre del paraguas
a ti.
Tú eres tú. Lo único importante.
Barato.
Ocasión.
Sé diferente, pero igual que los demás.
Felicidad a precios sin competencia.

Pero yo sé
que no eres idiota.
Que te dan asco los anuncios
de tías en pelotas vendiendo batidoras
que tienes sueños, que lloras en la cama
que te duele la vida
que te echas de menos
que has roto los espejos de tu casa
cientos de veces.

La otra deuda

Quítese el sombrero delante de mis muertos
señor Presidente
y siéntese a mi mesa y coma nada
como mis hijos
nada con pan y con dos manos.

Le presento a mi Patria: se llama Claudia
directora de besos y gerente
del patio de la casa y las gallinas
reina por un día, no sé cúal, un día.

Este es Roberto, cinco años
campeón del robo de melones y naranjas
y éste, Carlos
si le mira a los ojos fijamente
le morderá. Va para héroe, mire qué dientes.

Señor presidente, firme aquí
donde dice lo siento
¿café?
De cuando había café
pero está caliente
todo está que arde
últimamente.

18 de marzo de 2010

Moss and ivy

Aquella tarde no era gris.
No llovía ni había nubes en el cielo
ni hojas en el suelo
ni otoño ni frío
ni pájaros cantando ni canciones bonitas.
No estabas tan guapo.
Ni parecías tan alto.
Ni más delgado
la verdad
es que estabas horrible
y era una tarde
como otra cualquiera.
Bueno, no eras
un príncipe azul precisamente.

Quién lo hubiera dicho.

Siete operaciones de cadera
un fémur de titanio, diabetes
una rótula italiana, cinco hijos
artrosis, nueve nietos
una catarata y tú
tantos años viejo tonto
tantas miserias
y aquí estamos
bailando en el centro de la pista
mientras todos nos miran.

16 de marzo de 2010

Juguetes

Íbamos mucho al cementerio. Mi padre nos llevaba los domingos, y como era amigo del guarda, lo convencía para que nos abriera la fosa común. Era un cementerio pequeño, sobre una colina. Desde el balcón de mi casa de entonces, podían verse las cruces sembradas sobre la hierba.
La fosa común estaba llena de cráneos, unos calvos y brillantes como cebollas, y otros, con largas melenas rubias o morenas.

Mi abuelo también era amigo del guarda, y a veces, mientras mi hermana y yo volábamos cometas entre los mausoleos, que era la parte más bonita, él y el guarda se bebían una botella de vino tinto, con queso, y jugaban al dominó.
Mi abuelo hacía las cometas con cañas del río y papel celofán, y la cola, la hacía mi hermana, que iba para costurera, con lacitos de trapo que ella misma se encargaba de elegir, cortar, anudar y organizar por colores.
A mí me gustaban las orugas. Eran enormes, con pelos, y amarillas y negras a la vez. En verano había muchas, se comían las hojas de unas flores con pinchos, que si las movías, soltaban al aire miles de esporas blancas y suaves. También había saltamontes y arañas, y una vez, mi hermana y yo vimos un topo.
El guarda tenía un huerto, con tomates y ajos, lechugas, espinacas … y una cabra que se llamaba Bartola. Algunos vecinos iban a por huevos de gallina, aunque el guarda nunca les cobraba nada, aunque fueran de dos yemas, huevos de gallinas que comían lo que comen las gallinas, bichos del suelo.

Yo tenía una espada de palo, y como mi hermana iba seguro para costurera, le dije que me hiciera una capa, con un mantel de cocina que antes, había sido una bandera con la que coronábamos los tejados, y antes, el techo de una casita que hicimos con ramas, y antes, una alfombra voladora que la ponías extendida en el suelo, y te llevaba donde tú quisieras, y antes, un mantel de cocina.

También tenía un camión de plástico con volquete, era enorme y lo llevaba atado de una cuerda, con mi hermana montada encima vestida de enfermera, por ahí, calle abajo hasta el kiosco, a por chuches, con dinero que nos daba mi abuela.
Mi abuela llevaba el dinero siempre en un pañuelo, en el bolsillo del delantal, un pañuelo anudado, mi abuela iba andando y se escuchaban las monedas tintinear en el bolsillo, abuela, abuela, y poníamos la mano abierta y le quitaba el nudo al pañuelo y sobre nuestras palmas caían dos pesetas, una para ti, y otra para ti.

El guarda tenía una niña, la tontita era, porque por entonces nadie hablaba inglés, y decir Down, era muy difícil. Todo el mundo decía que el guarda se había casado con una prima, y que por eso, pero no era por eso, si no por una rubéola de la madre. La madre estaba enterrada junto al huerto, con una foto en blanco y negro encima de la tumba, puesta en un marco de madera que de la lluvia, estaba todo mohoso y roto, y el cristal, con verdina y empañado por dentro, pero se la veía, vestida de novia, y con la cara blanca como del susto de morirse así, recién parida.
La niña del guarda se llamaba Pepita y cada vez que nos veía venía corriendo a abrazarnos y darnos muchos besos en la cara y a decirnos guapos, tú guapo, daba, unos abrazos que te estrujaban y, lo mismo te cogía de la mano y te llevaba donde el padre tenía la radio, y la encendía y decía que quería bailar, tú guapo, que lo mismo se quedaba mirando la pared, quieta y callada, viendo pasar la sombra de las nubes.

En el cementerio había chopos, y en los chopos había nidos, y de vez en cuando, nos encontrábamos en el suelo crías de vencejos. Se los llevábamos a mi abuela, y mi abuela, siempre nos decía los mismo, que se iba a morir, que tenía las tripitas fuera. Los tenía en la falda dándoles miga de pan mojado, hasta que cerraban los ojos y dejaban de respirar. Entonces, mi hermana y yo íbamos al cementerio con el pájaro metido en una caja de zapatos, lo enterrábamos en un hoyo, y le poníamos encima una cruz hecha con dos palitos de helado.

15 de marzo de 2010

Yo profano

Pero al día siguiente
ya no te acuerdas
ni de los negritos de África
ni de ninguna guerra
ni de su puta madre.

Y claro, mañana
siempre es otro día
mañana es mañana, Dios dirá.

Pero Dios nunca dice nada
si acaso, lo insinúa
y te mete un Tsunami por el culo
un terremoto en la Guayana
un atentado en Pakistán
una bronca con cuatro navajazos en un bar
y de nuevo
te pones a pensar en los demás
y te sientes culpable
y te condenas
y te avergüenzas de ser un ser civilizado
que tiene un seguro social
una raqueta de tenis
una nevera
un grifo.

Creo que Dios también se equivoca.
Y que mañana
sería una bonita palabra
si fuera cierta
creo que el hombre y su maraña
¿no es evidente?
se pasan la última oportunidad
por el forro de los huevos.

12 de marzo de 2010

Pure

She aparecía de entre la niebla del lago montada en un gran cisne, tan blanco, que hacía daño en los ojos.
She tenía el pelo del color del otoño, le caía por la espalda y los hombros como un arroyo, mansamente, un cauce con peces naranjas que asomaban sus pequeños ojitos entre los rizos.
Nos sentábamos a orilla del agua, y She, abría la boca y de la boca, empezaban a salirle flores diminutas y celestes que formaban palabras en el aire y que olían a recién lavadas, a fresco como una mañana de marzo, y se me metían por la ropa y por las uñas y los calcetines como se mete la brisa entre los dientes.
Hablábamos de todo, de cualquier cosa que fuera de este mundo, a She todo le parecía importante, incluso las más insignificantes, quería saber, saberlo todo, preguntaba, cosas absurdas, por ejemplo, que por qué la gente metía cartas en una botella y las arrojaba al mar, cosas como esas.

A veces me cogía de la mano e íbamos por la orilla caminando, y por donde caminábamos, desaparecía el camino a nuestras espaldas, dejando una gran nada, fría y gris, gris nada, “El camino-decía-, está delante”.
Verla caminar descalza y con la hierba enredada en los tobillos: eso era todo lo que un hombre podía desear a su lado, a veces, deseé entrever su ombligo y el fruto, que uno adivinaba entre sus piernas de jilguero, pero era imposible, porque en cuánto eso pasaba, como aquella vez que quise tocarla con la punta del dedo, She se esfumaba en el aire como el humo, y volvía a aparecer seis metros delante, con los brazos en alto y gritándole a las nubes que llovieran, y llovía, y cada gota, traspasaba la piel hasta la sangre, y la sangre, paría unos perros negros que te destrozaban por dentro los huesos.

Otras veces se quedaba mirándome, totalmente quieta, mucho rato, y a veces yo, me quedaba sin nada que decir, o no era capaz de hablar y estar viéndola así, tenue a la caída de la tarde, casi evanescente y desando que alguien la besara, aunque fuera imposible y terminara convertida en humo.

She desaparecía, tragada por la niebla y montada en un gran cisne, tan blanco, que hacía daño a los ojos, y con ella el oxigeno casi, la luz de las cosas, todo lo que era, sin She, dejaba de ser o no era nada, una nada fría y gris, hasta el día siguiente, a la misma hora, en la orilla, a este lado.

Si lo rompes, lo pagas

Si no hubiera quemado todas las fotos en aquella hoguera, ahora estaría, tal vez, sentado en el sofá, tomándome un vaso de leche fría y sonriendo al ver, a todos, los que ya no están.
Podría; pero la única foto que tengo, es la del carnet.

Podría pasarme horas mirando aquella muñequita de goma, una negrita con coletas del tamaño de una nuez, graciosa y con una barriga redonda, que me recordaba al amor de mi vida, la, ponía aquí y allá, encima de la mesa de la cocina, en el baño, en la cama, para que el amor de mi vida la encontrara en cualquier sitio y supiera que había estado pensando en ella todo el día.
Podría, pero, le arranqué los brazos y las piernas a bocados y los tiré por la ventana el día que ella se cansó de ser el amor de mi vida, que la verdad, era muy complicado por entonces.

O mi guitarra Yolanda.
La guitarra de Claire, una joya que ella había comprado en Granada, una pieza única que cruzó Francia hasta Suiza para que yo, una noche de fiesta me subiera encima y le partiera el alma en dos, aunque era una pieza de artesanía y Claire la amaba, sólo era una guitarra, porque no era mía, porque no se llamaba Yolanda.
Pero Yolanda …
Sonaba a mar. Nunca como quise. Siempre mejor. Jamás debí ponerle nombre.
Crujió bajó mis pies en una esquina de Praga, y eso fue lo último que dijo.

Me hubiera gustado conservar algunas de las cosas que me hicieron feliz y no tener que acostarme todas la noches, sin más equipaje que este tatuaje en el brazo con serpientes feroces.

10 de marzo de 2010

Por eso tengo jazmines en el pecho

Personas que han pasado por mi vida unos pocos minutos, sólo, y sin embargo, se han quedado para siempre, como aquel vendedor de ropa que me dijo: “Réstale importancia, hombre”. Al final me llevé el jersey azul celeste, que yo lo quería negro, porque por entonces para mí los colores, no existían. Me sentaba de puta madre, la verdad, y era supercalentito. Sólo era un jersey, pero era el principio, el principio, de una larga lista de cosas a las que a lo largo de los años, tuve que restar importancia, si quería, ser un poquito feliz.

Recuerdo aquel tío: “Mira chaval, yo no fumo sabes, pero tengo, me pincho, porque estoy enganchado en la heroína, muchos años ya y te digo, que yo te lo vendo, cuánto quieres, dos talegos, pos toma, pero que te lo digo, que un chaval como tú aquí en este barrio no pinta na, que la droga es mu mala hijo, hazme caso”.
Tenía una voz amable y me gustó escucharlo.

Y aquél otro, un día, yo estaba pero borracho borracho, y el hombre me sacó a empujones del bar y me caí de boca en el suelo de la calle, una mierda de día, nunca le voy a olvidar, y eso que ni siquiera me acuerdo de su cara.
Anita, Anita la Coneja, en mi vida nunca nunca nunca he vuelto a tocar unas tetas como las de Anita la Coneja, por sus dientes, y porque se la tiraba medio pueblo, preciosas, redondas las tetas como bollos de pan, blancas blanquísimas, con aquellos pezones rosados en el centro, perfectos … Me la follé en un campo, a espaldas del escenario de la orquesta, se me puso encima y me dijo: “Eres muy bonito”.

Había una chica que, yo trabajaba entonces tocando en el Halley, salía tarde, y ella, entraba muy temprano a una cafetería junto al puerto, antes, de que llegara el autobús, nos daba tiempo, de hola, qué tal y de, a lo mejor un día coincidimos, en otro sitio, decía ella, u otro día, decía, que le gustaba ir al cine, pero que por no ir sola, era, pelirroja, con pocas pecas, pero muy graciosas y, una nariz muy elegante, y otro día decía que descansaba los martes, que a lo mejor un martes coincidíamos, pero en otro sitio, qué bien ¿no?, y yo le decía, que sí, que qué bien, y al otro día le decía lo mismo, y así un día y otro, y un día, me dijo que las cosas, no se hacían solas, y se montó en el autobús y nunca más volví a verla, era muy bonita, y eché mucho de menos nuestros cinco minutos a las seis de la mañana.

De todas las hostias que me han dado, me acuerdo de una, en mitad de la calle que me dio un tío que me dijeron que se llamaba Julio, que yo, ni puta idea, pero el tío me había escuchado decirle a Nika que a tomar por culo, y en la calle me lo dijo, y que a tomar por culo, tu puta madre, y entonces fue cuando me dio la hostia, por gilipollas, que si él tuviera una tía como esa, flores, flores le iban a salir de la boca para ella, so mamón, zasca, toma hostia, por hacerla llorar, que a las mujeres, besitos, y yo, que me estaba comiendo un adoquín, le dije que sí, que qué mamón, que claro, que besitos, que vaya hostia, y entré a por Nika y la monté en un taxi, y al día siguiente, aparecí a buscarla con flores en la boca, y me la encontré con las bragas bajadas hasta los tobillos en el portal de su casa y con el vecino del segundo debajo de la falda. Bueno, guarra era.

A veces me pregunto, si yo he pasado por la vida de alguien, así, de esa manera, para quedarme.

9 de marzo de 2010

Hazme un mapa coño, que no te entiendo

Yo siempre quiero.
No sé de qué te extrañas.
Soy un tío
y si me haces el nudo
de la corbata
pasa esto.

No te doy las bragas.
Y no corras.
Aunque tenga que darle siete vueltas a la mesa
te cogeré.

¿Y qué, si no dejo que termines de arreglarte?
Te encanta ese jarrón.
No lo harás.

Hazme un mapa, no te entiendo
no puedo creer que te resistas
mírate
podría colgar en tus pezones
una percha con un par de pantalones.

Es que estás muy guapa, cariño
así incendiada
no me das miedo ¿sabes? me das ganas
aunque me arañes
aunque me des patadas.

Ya lo dejo, ya lo dejo.
Claro claro, si me enfado bebo agua
como siempre
el Pacífico me bebo.

¿Qué?

Y una mierda, te voy a abrochar
la cremallera del vestido.

8 de marzo de 2010

Triángulos

-Anoche hablabas en la cama. Es la segunda vez esta semana.

-¿Ah sí? ¿Y que decía?

-Quiero el divorcio.

-Cariño, ya sé que estamos pasando por …

-No quiero ser el segundo plato de nadie.

-Son sólo palabras, no soy yo, estoy dormido, no eres justa. ¿Acaso no te quiero?

-Eres bueno conmigo.

-Entonces …

-Sudabas. Te estremeces diciendo su nombre como nunca lo haces conmigo.
¿Qué harías si apareciera de repente llamando a la puerta?

-Está muerta.

-Incluso así tu corazón le pertenece.

-La vida es extraña amor.

-Dime, ¿qué harías?

-Llego tarde … no salgas sin paraguas.

7 de marzo de 2010

A la de tres

Ahora estoy triste:
“Si lo llego a saber no me hago yonki de su nombre”
Ahora estoy alegre:
“No se llamaba Claudia por casualidad”
triste:
“Digo Claudia y me entra hambre”
alegre:
“En su culo, me hago pajas-aún-, todavía”
triste:
“Y va, y se me muere”
alegre:
“Hoy es su muerteaños. Te quiero mucho amor. Te quiero tanto”.

Ahora estoy aquí:
“Coño, no encuentro el abrelatas”
Ahora estoy allí:
“Estoy embarazada”
Aquí:
“Ya la he visto-click- me voy a la cama”
allí:
“No, Claudia no, Adela, como mi madre”
Aquí:
“Adela es bonito, quién sabe
podría haber lucido su nombre como un lazo”
Allí:
“(Beso)quiero que sepas que te necesito”.

Ahora probemos con los números.
El número tres.
Un año, dos años, tres años.
Otra vez.
Uno, dos, y tres.
Tres años.
Tres putos años.
Sin ella.
Por eso he comprado esta pistola.

Ahora me lo pego:
“No tengo huevos”
Ahora no me lo pego:
“No tengo huevos”
Ahora sí:
“Tampoco tengo huevos de vivir sin ella”
Ahora no:
“Tengo que bajar la basura”.

Ahora estoy:
“A la de tres”
Ahora …
no estoy.

El duque

Jean-Baptiste D`ulalumier Constance et Delayer.
C´est moi.
De profesión: vampiro.
Vaya mierda de nombre.
llámame Gigi
todas lo hacen
y pásame una i
de tu sopa de letras, estás
encantadora así
a punto de ser mía
ñam ñam
para siempre.

Porque siempre las hago llorar
por eso, querida
¿la sangre?, no, la sangre me da asco
prefiero vuestras almas
de segundo hice ostras
pásame la sal, Alice
ah, me encanta como suena, Alice
tan dulce, espero…

5 de marzo de 2010

La sombra que tenía los dientes de acero

Tengo un enorme trozo de cristal clavado entre la tercera y cuarta costilla.
Me sale por la espalda, a la altura de la axila.
Duele. Me moriré aquí, sola, tirada en el suelo hasta que me coman las tetas las hormigas.
La cocina está destrozada. Hay mucho humo.

Todo empezó porque salí a fumar a la terraza. Había un tío enfrente, en otra terraza, fumando también, y detrás había un salón con cuadros de flores y fotos de la primera comunión, y una niña, viendo a Pocoyó, y pensé, que qué bien que el ser humano estuviera cambiando, haciendo cosas por los demás, y entonces vi una vieja tirando la basura, cada cosita en su contenedor, muy vieja y muy linda, así, atareada en arreglar el mundo, y pensé, coño, a lo mejor, aún no es tarde.
Ni siquiera para mí. Quise llamarle por teléfono. Diez años, joder, cómo pasa el tiempo.

Para los muertos siempre es tarde, eso sí, los muertos se mueren y tú te quedas, recuerdo una tía mía, que se pudrió de cáncer tirada en una cama y cagando en una bolsa de plástico, pesaba treinta kilos, joder, era asqueroso verla allí, parecía un saco de basura.
Los que se quedan, aún tienen una oportunidad.
Supongo que yo ya estoy muerta. Creo que toda la sangre que tenía en el cuerpo se está yendo a la mierda por las juntas de las baldosas, hasta el salón, tal vez más allá, escaleras abajo hasta la calle, hasta la alcantarilla, y luego al río, después al mar, hasta diluirse entre un número que ni me imagino de toneladas cúbicas de agua, para siempre.

Luego recuerdo que, me senté en el sofá. Apagué la tele y me quedé en la penumbra mirando el teléfono, con las rodillas cruzadas. Es bonito ese silencio, de cuando piensas mucho en alguien.
Y de la oscuridad, salió, Eso.

Coño, era, precioso, una bola transparente, como de agua, flotando en medio del salón, brillando tenuemente y dando vueltas y acercándose a mí, muy lentamente.
Eso, hablaba.
Lo primero que dijo fue, hola, cómo estás.
Lo segundo, Soy Eso, ¿y tú?

Yo era un tía con la boca abierta.
Yo qué sé quién era, soy Eso, me dice, como si me conociera de toda la vida, una bola transparente, como de agua, que flota, vale.
Y como no tengo coño de moverme, le digo, yo: Mádison, encantada.

¿Qué eres?, me dice. A mí, que soy yo, flipo, pero le digo que soy, una mujer, de treinta y tantos, algo cansada de la vida, no no, por los tíos y eso, que son unos cabrones, y bueno, no estoy mal, tengo un culo enorme, pero ya estoy acostumbrada, y a veces cocino, y otras, me voy a un chino, sola, sí, es que no me gusta estar mal acompañada, pero voy tirando, riego las macetas, hablo con Clara, que está en Nueva York, de doctora, éramos una niñas y ya quería ser doctora, a veces soy feliz, a veces no, lo intento, todos los días, ¿sabías que …? Pues sí, dentro de poco Venecia se hundirá bajo las aguas, en realidad no sé por qué te cuento todo esto, ni siquiera sé si existes, flotas, joder, y no paras de preguntar cosas, y …

Y cuando estaba diciendo eso, delante de mis ojos, aquello se transformó, coño coño coño, en Bonnie Tyler, y se puso a cantar la del corazón destrozado.
Cerré los ojos y dije, tranquila Mádison. No estás loca. Esto es por lo del italiano, joder con el italiano, qué italiano, o es por lo del trabajo, a la mierda, era un asco de trabajo, será, dije, y abrí, un poquito, los ojos.

La Bonnie Tyler, había desaparecido, menos mal, dije, joder, qué susto, y cuando terminé de abrir los ojos, Eso, salió de la cocina con una lata de coca cola en cada mano, bueno, manos no, no sé, es que se había convertido en un pato, cuack cuack, dijo y todo, pero yo le entendía, aunque hablara el idioma de los patos, y le dije que no, que no quería bailar, y menos con un pato que encima una no sabía en qué coño iba a convertirse de un momento a otro, aunque eso al pato le dio más de lo mismo y me cogió por la cintura y me levantó del sofá y luego hizo Pluf, y después de que el Pluf se evaporara en el aire, allí estaba, agarrándome de la cintura, el mismísimo Richard Gere. No era capaz de levantar la vista del cuello de su blanquísima camisa, pero eso también le dio igual al Pato que ahora era el Gere y antes había sido una cantante con la voz de un minero galés, le dio tan igual, que me cogió de la barbilla y me dio un largo cálido y profundo beso, casi me meo en las bragas, los brazos me colgaban como péndulos, y mi boca, sabía a naranja mandarina.

No eres real. le dije, y volvió a besarme, y yo, volví a decírselo, aunque me daba igual que lo fuera o no, la verdad-¿a quién le interesa la verdad?-, no por eso, si no para que me besara otra vez.
Real, no sé, pero besaba de puta madre.

Y entonces le dije, que si podía convertirse en Arturo, que qué Arturo, Arturo coño, el amor de mi vida, el único hombre honrado que había pasado por mi boca, lo que pasa es que soy tonta, y siempre me quedo con el chico malo, y si es italiano, más, tonta, no como mi hermana, que además de que es doctora, tiene tres niños rubio americano, eso es un hombre, aunque tenga un melón metido en la barriga y no sea muy guapo, la quiere, Clara no es tonta, ella no, mi Clara querida, cuánto te voy a echar de menos, sí, bola que te conviertes en cosas, hazte Arturo, aunque sea mentira, y dame otro beso.

Y bailando llegué con Arturo a la cocina, a lo tonto, con mi cabeza recostada en su hombro de hombre bueno, siempre me perdonaba, hiciera lo que hiciera, te perdono si me invitas a café, decía, y eso hice, le digo: ¿un café?, y yo sé que Arturo sólo era una bola que brilla, pero como me dijo que bueno, aunque no tenía nada que perdonarme-qué bonito, casi lloro-, pues encendí una cerilla, y de repente a Arturo, y a todo lo que había en la cocina, se los tragó una luz blanca y cegadora, aquél ruido en mi cabeza, las ventanas saltando por el aire …

3 de marzo de 2010

A veces te daría con un martillo en la cabeza

“Mí amo a Haytiru
como ama una caléndula la Luz.
Llámola y la llama de su vientre
de fuego azul, se enciende y viene
Haytiru, volcánica
sóplame en la boca
brótame en la espalda
Haytiru hydra
“Haytiru… Haytiru…”
voluta, dénsica, un aguamarina
al filo de yo
una gaviota al risco de los labios
y arde y ardo y arden las cosas menos importantes
hasta que sólo somos ascuas
elevándose en el aire.”

-¿Te gusta el té rojo?

-Ese poema es una mierda. Y esto, no hay tías como esa Haytiru ¿sabes? que sí, que te quiero, pero que es una mierda de poema.
Me aburro. Cuéntame lo de la historia esa que te has inventado.

-¿Quieres un té o no?

-No, en serio, es superinteresante. Oh, que palabra más chuli acabo de decir, superinteresante, me encanto. Yo sola. Sí, quiero un té.

-Pues hay, un tío …

-Está amargo. Qué asco. Más. Sí, dos.

-… y hay un tío, que era pianista, que eso, no lo sabe nadie hasta la mitad o así, lo que pasa es que yo te lo acabo de decir, que si no, bueno, que era, una puta máquina tocando el piano, lo más, vamos, que te cagas, lo de cuando estuvo en Japón y eso, me lo salto, es que no lo tengo muy claro, total, que bla bla bla y la conoce, porque el tío tenía un barco, un velero, blanco y solitario, y ella, pues ella era hija de pescadores, preciosa, no te lo puedo explicar, y el tío se enamora, pero alucinante, y …

-Lo del accidente, esa es la parte que me gusta.

-Pero ese es casi el final.

-Pues escribe sólo el final, porque lo demás …

-No lo digas. No-lo-di-gas.

-Lo del accidente es muy bueno, eso sí.