28 de junio de 2010

Stratos y el candelabro de ocho brazos


¿Proust?
Ni puta idea.
Pero puedo decirte a qué sabe tu coño.
A tu coño.
Ni Ferrán Adriá ni na de na.
Tu coño, y una cuchara de lengua.

Pues como te iba diciendo: los ojos de los cocodrilos
brillan como canicas sobre la superficie del agua.
Me fijo en esas cosas, mientras camino.
No creas que fue fácil descubrirte en la pradera,
entre tanta margarita y tanta hierba.

Mientras lees a Nietzsche
me dejo caer sobre tus tetas.
¿Me perdonas?, pregunto.
“Te perdono”, contestas.
“Te perdono porque soy egoísta y dios ha muerto.
Porque te quiero libre de pecados
y que tus manos limpias de hombre arrepentido,
me amasen como al pan.
Te perdono porque he visto que dentro tienes luz,
te perdono porque soy una princesa
y tú, la rana más bonita de la charca”.
Y te ríes.

Me pincho tu risa en una vena gorda
y es como meter los dedos,
en un enchufe.

Eres tan bonita
que a veces das asco.
Con tus putos hoyitos en la cara,
y a lo lejos las luces de tus ojos encendidas.

Necesito ayuda psicológica.
Un abogado.
Y un fontanero.
Para las babas.

Te cortaría el cuello;
pero te quiero demasiado.
Oye, lo de dios...bueno,
también me gustaba ese actor, ya sabes,
Morgan Freeman.

27 de junio de 2010

Registro vocal nº 9


Dicen que si enciendes un cigarro con la llama de una vela, muere un marinero.
Ninet se ahogó en la piscina, mientras yo removía el azúcar del café. Tenía siete años, y lo último que vieron sus ojos, fue un montón de burbujas que buscaban el cielo mientras, el poco aire que cabía en sus pulmones, la dejaba sola.
Fue sólo un minuto. Tenía los manguitos puestos. Hacía sol.

Dos años más tarde, Marie ya había intentado suicidarse cuatro veces, y a la quinta, incluso creo que lo consiguió, porque desde entonces no hizo otra cosa que quedarse muda y mirar a través de las paredes, los edificios, las montañas, hasta un sitio que estaba tan lejos de ella, como la posibilidad de que Ninet apareciera por la puerta de pronto saltando como un pájaro pequeño y manchando la alfombra de piecitos y diciendo que acababa de ver en el jardín, una lombriz.

Y así continuó, muda, hasta que tuve el valor de preguntarle, que qué tenía que hacer para que me perdonara. Y entonces me lo dijo, abrió la boca y en la boca tenía dientes y en los dientes trompetas que clamaban al alba del día en que a Ninet, le salió mal ser sirenita. Y como si hubiera estado esperando aquel momento todo ese tiempo y como si fuera lo último que fuera a decir en su vida, dijo: “cuando sientas, lo mismo que yo”.

Recuerdo a Marie tirando las bolsas de la compra y destrozando los tacones corriendo hacia aquel pequeño mar con sabor a cloro y azulejos azules que arrastraba hasta el fondo a Ninet sin que otra cosa que no fuera la muerte-esa señora fea, como ella la llamaba porque un día vio una mariposa arder en el fuego de la chimenea-, la sacará de allí, sin color en las mejillas.
Recuerdo a Marie golpeando en el pecho de la niña con los puños, mientras su bolso, que aún le colgaba del hombro, bailaba una ridícula danza en el aire de arriba para abajo de una manera esquizofrénica, sísmica, tronchándose, como uno de esos individuos que se suben a un toro mecánico.
Y recuerdo los ojos de Marie buscando un dios y los ojos de Marie brotando como un manantial sobre el césped y los ojos de Marie perdidos en la niebla, y las lágrimas, que eran como edificios de diez plantas derrumbándose sobre los hormigueros.
Luego Marie se abrió en canal y cada uno de sus átomos y glóbulos y huesos se dobló hacia fuera desde dentro, y las uñas, se le curvaron de una manera extraña hacia la cara, desgarrando todo lo que encontraban a su paso y dejando en los labios, hilos de sangre y un rastro de pestañas. Y vi a Marie por dentro, y desde el centro de un agujero enorme del tamaño de un puño que le hubiera arrancado el corazón, vi salir un viento que llevaba espinas que al salir se le clavaban a las costillas, a los dedos, a los párpados, como una tormenta se le clava a la noche y la noche al día siguiente y la nieve a las copas de los árboles.
Recuerdo las manos de Marie, retorciendo el oxigeno que la rodeaba.

Dicen, que cuando un marinero muere, la vela, se apaga.



A la flor de mi solapa

Quiero ser tu patito de goma


Mentíme que me amas
Matáme esta erupción
Mutáme en caballito,
Metéme en un tifón
Montáme en una barca
Miráme de reojo el corazón.

Me gustaría que pasaras la mano por la hierba y pensaras en mí.

From the cada uno de los poros que te abres
whitout fear, ninguno,
cosmopolízote,
y te atas, mentíme que te atas.

Le decía.

26 de junio de 2010

Klein y yo


Tengo un osito de peluche. Se llama Klein, y lo encontré medio muerto bajo las ruedas de un coche.
Klein es un osito despeinado, sin boca y con dos botones en los ojos. No es del todo feo, pero por mucho que lo meta en la lavadora, conserva ese aspecto desaliñado del que ha vivido mucho en muy poco tiempo, y al contrario de otros ositos más afortunados, a Klein, se le ha olvidado ser suave.

Al principio pensé que era él quien me hacía compañía.
Me sentaba en la única silla de la casa frente a la única mesa y hundía la única cuchara en el único plato y le miraba, y estaba allí, donde yo lo había puesto, recostado sobre el frutero, quieto, mientras escuchábamos la radio.

Nunca le hablo. Sé que dentro sólo tiene trapo.
Pero si no le veo le echo de menos. Cuando salgo de viaje a ningún sitio, es al último a quien meto en la maleta, y cuando llegamos, a no se sabe dónde, le saco y le siento encima de la cama y aunque nunca sabemos por cuánto tiempo, pienso: “Ya estamos en casa”.
Si hay al menos una silla, es un hogar.

Un día lo olvidé en el andén de una estación. Tomé aquel tren y cuando estuvo a veintiséis kilómetros, metí la mano en la mochila en busca de Macondo, y encontré el hueco que Klein había dejado. Sentía como el viento se colaba por un agujero en el estomago, por donde podían verse los árboles y las casas y los perros meando en los cubos de basura, camino de vuelta a la estación.
Y allí estaba, mirando las vías, con los brazos colgando y la espalda apoyada en el banco, esperando junto a un cenicero lleno de colillas que alguien le abrazara.
Era el osito más pálido del mundo y me necesitaba y ni siquiera sabía cómo pedirle perdón a algo que entre las manos sólo era un montón de trapo y que por mucho que lavaras, siempre estaba triste.
Le abracé contra mi pecho y en voz alta le dije, que nunca más se volvería a sentir solo.
Había una señora que venía de la compra y nos miraba con cara de asustada, mientras subíamos al siguiente tren, con la certeza, de que estar locos, era lo mejor que podía pasarte si por dentro, sólo tenías trapo.


Klein

24 de junio de 2010

Unicelular


-Hola.

-¿Hola? ¿Y mi beso? ¿Y tu boca contra mi boca haciendo shurch shurch shurch y tu saliva y mis dientes mordiéndote los labios? ¿Y tus pies de puntillas? ¿Y yo abrazando tus caderas y trayéndote hasta puerto y tú clavándote a mi pecho con tu pecho?¿Y el confeti y los globos y las tracas de petardos? ¿Y el olor de canela? ¿Y nosotros?
¿Hola?
Ven aquí. Que te voy a dar yo hola.

Cinco minutos más tarde...
Mejor seis.
Bueno, después. Cuando sea.

-¿Quieres otro té? Qué bonita eres. ¿Puedo llamarte tonta? De vez en cuando. Es que me hace sentir, no sé, alguien. Cuando uno no es nadie, con dos cositas es feliz.

-No. Quiero bajarme otra vez de ese tren y que otra vez me digas hola. Y otra vez, y otra vez.

-Pues yo te voy a llamar tonta de todas maneras. Es así. Lo llevo dentro. Pero por lo menos, pregunto.

-Que no, que no quiero té, digo.
Te dejo que me llames tonta si tú me dejas que te llame gilipollas. Ahora no tengo ganas. Es que me tiene que salir.

-Ah. Vale. ¡Prrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr!¡Prrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr!

-¿Y eso?

-La hora de comerte la boca en plan canalla, aquí, delante de todo el mundo para que se mueran de la envidia y del asco que vamos a dar.

Después. Cuando sea.

-Cuántas estrellas. Me gustan las estrellas. No conozco a muchos hombre a los que le gusten las estrellas sabes...

-A mí me encantan. En la sopa sobre todo. No, si tú mira estrellas lo que quieras. Aprovecha. Que no vas a ver más estrellas en un mes. Te voy a sacar las tripas como en las películas de zombis. ¡Prrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr!¡Prrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr!

-¿Y eso?

-La hora de que me da igual todo lo que no sea tú. Te vas a cagar. He traído la llave inglesa, por cierto.

-Sabes...

-No.

-Eres la luz de mi vida.

-Ya será menos.

-¿Ves? Ahora sí que tengo ganas de llamarte gilipollas. Es que me sale solo vamos.

22 de junio de 2010

Arabesco


-La última vez que escuchaste esa canción casi no lo cuentas.

-Me estoy despidiendo. ¿Podrías pudrirte en el infierno?

-¿Y dónde vas? Ya sé que sabes que lo sé, pero esa es la misión de las arañitas parlantes sabes: molestar. Aunque tú lo llamarías “Tocarme las pelotas”. Oh dios, casi no puedo creer que haya dicho eso.

-Voy a mañana, no sé luego.

-Increíble. Te juro que en todo este tiempo no te había escuchado decir nada más profundo. De verdad, te felicito, me dejas, anonadada, impertérrita, desierta de palabras, sinceramente, es más...¿no piensas enfadarte? ¿tirarme un zapato?

-Duele. No sabía que dolía tanto.

-Eh chico...

-¿Sí?

-Estoy orgullosa de ti.

-Creí que nunca, nadie más...ya me entiendes. De acuerdo, no me mires así, No quería que nadie más. ¿Has amado alguna vez así, queriendo que nadie más? ¿Sabes de qué te estoy hablando?

-Si lo que quieres es humillarme: no. Nunca. Yo, que lo sé todo.

-Era una canción bonita.

-Sí, lo era. Y arde bien. ¿Cómo se llama mañana? Por cierto.

-Se llama merece la pena intentarlo. Tiene unos ojos preciosos sin mentiras, y su risa, me quita las ganas de comer.

20 de junio de 2010

Y si no tengo patatas, salgo a caminar


Los cubos de seis lados, a los que desde ahora en adelante llamaremos
sólo los cubos,
sólo los cubos, los cubos, simplificando,
adoptan otra geometría cuando aman.

Se hinchan como globos,
y suben tan alto a merendarse
que da miedo.

Y he bailado contigo,
y te abrazaba,
y todo yo,
-pregúntaselo al aire-,
era tan tuyo y tan hermoso...
con los ojos cerrados
caminando entre la gente.

Daría lo que fuera
por un nido en tu pelo.

Luego la luz del ascensor
se me clavó en la nuca,
y a traición,
volví a pensar en ti
en mí,
y en que los cubos de seis lados sólo son,
en realidad,
simplificando, sólo los cubos,
globos
desinflados.

19 de junio de 2010

Sibaritas


Un ojo sobre el plato.
El plato es redondo. Liso. Blanco.
El ojo es un ojo.
Minúsculas venas y un apéndice
y un iris empañado por la falta de riego,
una neblina,
que lo ciega amén.

No hay nada
dentro de un ojo.

No hay caballos ni dunas,
ni niños corriendo por la playa
ni un pastel de calabaza.

Lo tomo entre la punta de mis dedos,
y pienso en ella.
Sin ojos.
Pero con todo el Universo por hacer,
con tanto miedo
de no saber morir en el intento de vivir.

Sin ojos y pintando en el vaho de los cristales
un paisaje con loros y lagartos,
sin ojos y con tierra entre las uñas
y semillas en el pelo, de mijo y albahaca.

Suelto el ojo en el plato,
lo trincho
y me lo como.

Mañana una pierna,
un dedo, una oreja, un hueso,
y cuando ya no quede nada que llevarme a la boca
si no niños corriendo por la playa y su sonrisa,
le diré Te amo,
y ella sin ojos ni vértebras ni excusas,
me haga tal vez un hueco en la palma de su mano.

18 de junio de 2010

Un timón a cuatro manos


Le digo Ven. Y viene. Sin hacer preguntas. Sólo viene.
De venir. De estoy aquí.
Y le cuelgo del cuello la llave de mi vida.
Y le cojo la cara entre las manos, y le digo: Gracias.

Soy flores amor-le digo-para ti, y un ser humano
a veces, y otras, no, y a veces, no lo sé.
Y lo que soy tú te lo quedas,
sin hacer daño a mis cimientos,
sin elegir de mí a mí, o a otros, que también soy.

Soy flores amor, le digo, que soy flores.
Y ella la tierra, y así, vamos andando,
de la mano como niños
hacia la boca de un Volcán, uno nuestro.

Nunca he tenido menos miedo
que cuando creo en ella.
En ella pronuncio la palabra “Indivisible”
y es brillante y preciosa como un regalo,
no me da miedo decir “Te necesito”
porque
con ella,
todo es mejor.


No quiero la llave de tu mundo,
si me hubiera...
Nunca la habría perdonado,
amado sí,
pero sólo porque es algo inevitable.

Le digo, amor, yo siempre he sido
un barco a la deriva.

“Antes de perderme
encuéntrame”

Sabe qué dice.

En cambio a mí me dan ganas de decirle
que qué guapa está con la llave de mi mundo,
que si quiere jugar a la pelota en esta orilla
hacer castillos en la arena,
pompas de jabón, aviones, barcos,
follar sobre la hierba como insectos
y luego ver quien da los besos más pequeños...

Que si quiere jugar a vivir,
a vivir de verdad.

Llévame a puerto.

Siempre fui un tonto,
todo el mundo lo sabe,
es sólo, que ahora, me apetece
que cuando los buitres pasen,
no vean cadáveres,
y busquen más al sur
mientras nosotros
al arrullo de un susurro que nos dice “Creced”
brotamos en el centro del Desierto.

17 de junio de 2010

Aliens vs Predator


Me agarra de los huevos así, como quien coge del árbol, una manzana y va y me dice, ¿qué parte no entiendes de estoy loca, de soy una mujer, de te deseo?, mientras aprieta en su puño mi poema, y esférico, lo encesta en la ventana que da al aparcamiento.
Se titulaba “Eres tan hermosa”, y hablaba, del Universo, y todas esas cosas.

Siempre que me mete el dedo en el culo, se me saltan las lágrimas.
Me encanta y me duele, como toda ella.
Cómeme, me dice, pero no cómeme como se come una sandía, si no un lobo las tripas de una oveja, como se come la luz una tormenta, la suela de zapato un largo viaje, del que tal vez nunca se vuelva, abierta, dice, déjame abierta sin cerrar, que me sienta una herida y que nunca cicatrice, “mira dónde tengo el Universo”, va y me dice, y me mete la mano en las bragas y la deja resbalar y me hago un Byrdie, de un Draw y el dedo se me cuela y Hocus Pocus Focus: desaperece. “Otro”, me dice, y hago el signo de la paz y se lo meto por el coño, porque se dice coño, no se dice me dice, la cosita, ni eso, no se dice: “¿cariño, te hago daño?”. Hazme daño. Haz con la mano el saludo, de la Enterprise, y me lo clavas hasta que te odie de verdad, yo, que te amo tanto, yo que sé cómo te gustan las croquetas, que te arreglo el cajón de los zapatos, que te encuentro las cosas que tu pierdes, ¿de qué te acuerdas tú? ¿Te acuerdas de llamarme, ahora por mi nombre?.
Y la llamo y dice Sí, Sí, Sí, yo soy tu guarra, tuya porque soy de las que más la que más y porque soy, “esto que ves”, y se arrodilla como un girasol a la caída de la tarde y se mete en la boca todo lo que soy capaz de ser de polla, y me escupe y se muerde los labios como si fuera, la mujer más feliz del mundo, y yo grito, porque si no grito me clava más las uñas en el culo y las arrastra hasta las piernas, dejando un surco que se llena de sudor y que me escuece, claro que grito, grito como un gran hijo de puta, y la azoto con mi rabo de lagarto hasta que dice fóllame, si me quieres fóllame, fóllame como si ya no me quisieras, arráncame de mí, sácame esto...

Lo demás, son tonterías.

Sin un mapa del mundo en el bolsillo


-¡Prrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr! ¡Prrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr!
Veintiséis llamadas perdidas. Diecinueve mensajes sin abrir.
Y otro, veinte.
La diez de la mañana y todo ese Sol.
Una vez leyó en algún sitio que los pájaros, sabían decir te quiero con el pico.

Y un día menstruó. Y otro, sopló catorce velas, y otro, se sentó en una silla y se quedó mirando delante del espejo mucho rato su silueta y dijo:“Si encuentras mi alma seré tuya para siempre”.
Luego la besaron. A los quince. Un niño gordo que se llamaba Alberto.

Estudió Bellas Artes. Se acostó con un hombre. No fue especial. Fue. Y la segunda vez se pudo encima.
La siguiente, y todas las demás, siempre preguntaba antes que cómo lo iban a llamar, si follar, o hacer el amor. A ella le hubieran gustado las dos cosas. Juntas. A la vez.

¿Por qué se había equivocado tantas veces de paisaje? ¿El amor era sólo una palabra, o simplemente ella, no tenía alma?
Son casi las once.

-¡Próxima parada...!

16 de junio de 2010

El orden Gaussiano


“Mi nariz es una parte importante de mí. Es mía. Y la echaría de menos.
Me gusta los colores, en general, antes no, antes me gustaba que las cosas fueran blancas. O negras.
No era divertido.”



Tomo una piedra en mi mano y la declaro hermosa.
Soy un hombre libre y por suerte yo decido,
que absolutamente todo lo que me rodea
me ha sido dado.

Los camaleones y el hielo y todo el Ártico,
las bombillas, los charcos,
los cumpleaños, las naranjas,
mi madre, esta piel.

Nada es perfecto.
Hemos inventado palabras horribles.
Cecille murió de cáncer.
Rosa de pena, de echar de menos, de morirse,
Colette de los mismo que se mueren los sueños,
de no creer.

Y sin embargo,
todo es hermoso,
la flor de la Hiroshima,
la sangre de los toros,
el amor, la hipocresía
y todo porque nada
nada, es perfecto.

A veces duermo con los ojos abiertos
porque me tengo miedo.
Soy siempre una batalla y me gusta
estar en desacuerdo , apretar los dientes,
ganar.

Veo veo
¿qué ves?
una cosita
¿y qué cosita es?
que empieza por...

Era cereza,
pero podía haber sido,
cualquier otra cosa.

Bolero para coro de Babel


Tengo un trapo en la mano. Definitivamente, el paño de cocina.
Es un arma mortífera. Aunque no lo parezca. Que no lo parece.
Se ha convertido en algo personal. En cuanto asome, me la cargo.
No hay nada para mí tan importante, ni urgente, o imprescindible.

¡Toma ya, cabrona! ¡A tomar por culo! Una mosca menos, y ahora
que ya no parezco un francotirador, que parpadeo: te decía, amor,
que llenas mis días como yo la lavadora, hasta las trancas, que sí
seis mil quinientos millones de personas en el mundo, ¿y qué?...

Te reconocería entre cualquier forma de vida, de otra galaxia, sin
siquiera abrir los ojos, seguiría, el rastro de tu risa como un perro
-joder, se mueve- como un topo- se mueve y casi vuela- una lombriz,
te reconocería en el infierno- sus muertos la mosca- hasta en el Carrefour.

No sé pa qué coño me preguntas si te quiero, si me tienes colgado
del cuello un cascabel, y voy por ahí, sonando a tu risa b.s.o original,
yo nací en los sesenta, te lo digo, porque aún me acuerdo de Vietnam
y de cómo la selva, se comía la carne de la gente- las moscas me odian-.

-Aún más mortífero y brutal: el microondas. Pero antes, pienso disfrutar-.
Y te lo digo que conste para que, no inviertas el proceso, básteme decir
que yo solo ya soy, una cuanta atrás, no te molestes, en darle cuerda
a los relojes ni el guión de este Best-seller, más, te digo: corre, corre.

Porque si no no habrá un lugar donde este monstruo no te encuentre
cualquier muro que se interponga en mi camino, sera pasto de mi furia
de chico malo de los Cuatro Fantásticos, cualquier ley, un blanco móvil
y yo Clint Eastwood, y mis pistolas, serán una leyenda del Far West.

Huele a mosca quemada por cierto en la cocina. No siento nada. R.I.P.
Requiéscat in Pace, a la mierda. No sé qué sabes de venenos, si te apañas
con creer que eres inmune a picaduras de serpientes, arañas y pez globo,
con cerciorarte, de que no soy más que otro campo de batalla, otra trinchera.

Morirás y lo harás entre mis brazos. Cada segundo. I-nin-te-rrum-pi-da-men-te.
Morirás tantas veces que estarás muerta siempre. Siempre con eco,
siempre de siempre, de tus ojos buscándome en los mares de paraguas,
los días de lluvia, y los de sol, buscándome en el cielo, como a un globo.

Las palabras más necias, los oídos más sordos


¿Se le ve,
la raja del culo?

¿Se ha hecho alguna vez
una mamografía?

¿Qué es la musa
me pregunto?

¿Es esta luz en la ventana?,
¿es lo que hay
dentro de las gotas de agua?,
¿del silencio?
¿De la lavadora?

Demasiadas preguntas.
Ni una sola respuesta.

¿Un país,
el olor de la cárcel,
un muerto?

¿Duele?

¿Tiene alas?
¿Es un ángel?
¿Una compresa?

Podría ser
cualquier cosa
y estar ahora mirándome,
riéndose de mí:
“Ja ja ja
so payaso. Sin mí
no eres nada”.

Pero qué puta eres...

13 de junio de 2010

Agitar antes de usar


Te haría como un jugador de rugby, me tiraría encima de ti y te daría con las rodillas en las costillas, con una mano me protegería los ojos de la espuma que echas por la boca y con la otra te ataría con una de esas bridas de plástico para que dejaras de darme puñetazos en la barriga, me cagaría en tu padre de lo guapa que te pones y de lo colorada, pero mu tonta, la verdad, como si fueras de la liga de las mujeres extraordinarias, muy tú, que acojonas, sí, ya te digo, y hasta parece que se va acabar el mundo, el mío, cuando dices que te vas, que se acabó, que estás hasta el coño, y entonces, no me dejas más opción, que comerte la boca aunque me arranques la lengua y te la tragues.
Y luego te pregunto si te suelto, y me dices, no cabrón, porque te mato, pero te suelto, te suelto y no me matas, y entonces, haces lo de la gallinita, y cuando haces, lo de la gallinita, aunque vayas a matarme me da igual, me vuelvo loco, y no puedo pensar en otra cosa, que en bajarte las bragas mientras tú, me clavas las uñas en la cara.

Estambres, pistilos, y corolas


Que el viento moviera la cortinas,
meter la mano en un gran bol de palomitas de maíz
eso quería,
quería que alguien,
leyera “No soy una princesa ni hago pis de color rosa” en el brillo de sus ojos,
y luego la besara como a ella le gustaba,
no muy fuerte;
pero tampoco suave,
quería batir su propio récord: ciento cuarenta y siete días sin llorar,
que el animal que tenía dentro se callara,
y la dejara ser feliz,
quería un vestido,
uno de flores,
de flores pequeñas y amarillas
con vacas y un arroyo
un cielo añil y una casa con ventanas
que dieran a otro mundo,
quería que alguien inventara una palabra
sólo para ella.

Pero la luna, no.

12 de junio de 2010

The return of Marilú


-¡Pssshhh! ¡Pssshhh!

-Me cagon tu puta madre. ¿Tú no estabas muerta?

-Ahora soy un fantasma. Pero aún tengo clase, ya sabes, eso que tanto te molesta.

-Yo te enterré. Te metí en una cajita de cerillas. Tenías las ocho patitas encogidas, una bolita eras. Lloré. No me importa decirlo. Ahora ya te puedes ir a la mierda.

-Se nota que me has echado de menos. Bueno, ¿y qué?

-Ya sabes qué. No estarías aquí si no.

-Ya, pero te pregunto. Para romper el hielo. Siéntate si quieres. No me voy a ir. Y ahora no puedes intentar aplastarme con un zapato. Mira. Soy transparente, ¿lo ves?, y puedo aparecer de la nada en cualquier momento, cuando a mí me de la gana. Me encanta.

-Te pisé sin querer.

-No importa, en serio. Te has afeitado....

-¿Cómo es el cielo de las arañitas parlantes? ¿Una puta mierda? ¿Te aburres?

-Me necesitas. Mírate. Marcarías un gol en un agujero negro con el mundo, y hoy la has liado en el supermercado, tenías que haberte visto, pobre chica...

-Es que siempre hace lo mismo, joder, lo tira todo de mala manera y grita cuando habla, me pone nervioso, la agarraría por el cuello y, además nunca tiene cambio, ¿por qué nunca tiene cambio?

-Y luego has vuelto y le has regalado un ramo de flores y le has dicho “A veces, soy un capullo”. Y cuando ibas por la esquina has vuelto otra vez antes de que a ella le diera tiempo ni de saber por qué de repente estaba allí, de pie con la boca abierta y un ramo de flores en la mano, has vuelto y le has dicho: “ La verdad es que siempre soy un capullo”. Todo eso has hecho. Y eso que te has afeitado.

-No vienen. No vienen a por mí desde Júpiter, nunca se asoma ninguna nave espacial a la ventana. Nadie va a sacarme de aquí.

-Tu sitio en el mundo eres tú. No busques más.

-¿Eso te lo ha enseñado el Dios de las arañitas parlantes o algo?

-La chica-flor. Es lo que te pasa.

-La chica-flor no tiene nada que ver con esto. Bueno sí. Bueno no sé. Veo que sigues igual de hija de puta.

-Y tú tan, vulgar.

-Quiere entrar. Quiere entrar y yo la estoy dejando, en vez de estar tirándome por la ventana, quiere entrar porque no sabe que soy una trampa.

-Tal vez sí lo sepa.

-Entonces no lo haría. No sabe nada, no quiero que sepa nada. Se perderá en santa Marta. Se perderá y no sabrá volver.

-Ya veo que te gusta.

-Espero que no se suba al tren de las once menos cuarto.

11 de junio de 2010

Porfi nº 1


Unos días te quiero matar
y otros días te quiero morir.
Pero te quiero,
y aunque no sea lo único importante,
es lo único que tengo.

Y tabaco.
Sin tabaco seguro,
que no me quedo.
Bueno, que te quiero.

Hoy me he mirado en el espejo,
y vaya mierda.
Y tú vas y me pones una capa:
Tachán tachán...
Volar no vuelo;
pero meto unas hostias que lo flipas
porque yo, por ti
ma-to.

Sí me la chupas
mañana te hago un poema de verdad.
Uno con flores y un final feliz,
que rime y todo.

“Cabrona, que no me llama”,
así me tienes,
hablándole a los techos, que por cierto
¿sabías que los techos
nunca se acaban?

Me acuerdo de las veces que dije te lo dije,
y me arrepiento
y abro mucho la boca
a ver si me cabe “ahora te jodes”.

“Cuando la tierra se abra y nos separe,
yo me voy a reír, y tú no”.
Dije.
Pues yo no me río.
Es que no tiene gracia.

Unos días te quiero matar,
y otros días te quiero vivir.
Tengo el puto teclado
lleno de migas de galletas.
Porfi, quiéreme.

10 de junio de 2010

Crónicas de Santa Marta: la nevada


Santa Marta es un sitio con macetas, donde hace fresco por las noches y las mujeres todavía se ponen flores en el pelo, flores de verdad, no tiene una mar, ni montañas, y si ha nevado alguna vez, sólo las piedras se acuerdan.
Las piedras, y Don Ramón, que se acuerda de todo. De todo y de Cecille.

Cecille llegó a quedarse como todo lo que llega a Santa Marta, en el tren de las once menos cuarto, y antes de poner el otro pie en el andén, Don Ramón, que por entonces no era un animal invertebrado y arrugado al que se le hace una tarea imposible abrocharse los cordones de los zapatos, si no un hombretón rubio con cara de canalla y unas manos tan enormes que podía partir en dos una farola, antes, siquiera de que ella terminara de echar anclas en el suelo, Ramón El Griego, como aún le llamaban por entonces, la agarró de la cintura y la plantó como a una flor.
En tierra firme.
Siempre que alguien se enamora en Santa Marta, huele a naranjas.
“Huele a naranjas”, dijo ella, y él, no dijo nada.

Todo el equipaje que llevaba Cecille, lo llevaba en la barriga. Siete meses de equipaje. Si era niña, iba a llamarla Soledad.

El tren de las once menos cuarto, hace una parada muy corta, y si lo pierdes, nunca sale otro hasta mañana, y mañana, siempre es otro día.

Sólo hay dos maneras de salir de Santa Marta si has perdido el tren de las once menos cuarto.
Enamorado, o muerto.
Por aquí dicen que si escuchas el click de una farola cuando se enciende, ese día, es que vas a enamorarte, y que las campanas de San Judas tocan a muerto solas, y a los cinco minutos, se muere alguien.
Lo cierto es que Cecille no había corrido tras el tren, si no que lo había visto alejarse lentamente, hacia el mar, que era donde iban, los trenes que te llevan lo más lejos posible, donde terminan los mapas, lejos, del burdel de Mamá Claire y las luces de París.
Por cierto Santa Marta, no viene en los mapas, pero si pones el dedo encima, existe.

Desde que era un niño con sangre en las rodillas, Don Ramón se había sentado en aquel taburete del Brillante, era su sitio, y cuando entraba en el bar de la estación, si estabas sentado en su taburete, te levantabas, y te ibas a otra parte.
Se hubieran podido construir los cimentos de la Atlántida en su espalda, hace tiempo, mucho tiempo, cuando la gente le llamaba El Griego.

Desde aquel minarete con patas y asiento de madera, la invitó al segundo café, porque Nicolás, que todavía no se había muerto de una tos para dentro cinco minutos después de que sonaran solas las campanas de san Judas, Nicolás, que era el hombre más bueno el mundo, la había invitado al primero y a un pastel con guinda encima.
A Nicolás de dijo gracias. Al Griego, sin decir nada, que la cogiera otra vez por la cintura.

Se casaron un mayo a las siete de la tarde, bailaron el Sirtaki, y dos meses después, en pleno Julio, mientras nacía Soledad, Cecille cerró los ojos, dijo, “Merde”, y se murió.
Nadie excepto el griego vio la nieve, cubriendo de blanco el almanaque, el río, los tejados...

9 de junio de 2010

¿Tienes que leerme el trozo en que se besan?


Tal vez me lleves de la mano por la playa y me cuentes que una vez
mataste un hombre,
perdiste un hijo,
fuiste un mal tipo, posiblemente.

Pero seguirás a mi lado, por la orilla,
y te diré qué eres ahora,
y porqué,
y verás cómo mis labios, tienen razón.

Tal vez,
te pregunte por tus sueños y contesten las olas,
y tú no digas nada,
y aún así, sonreiré.
Porque mientes mal.
Porque estás aquí.

Me dirás que merezco algo mejor,
sin conocer mis pecados, tal vez,
un par más de tonterías,
pero el final, es que ya es tarde.
Si quieres, te lo enseño.

Compraremos un bus,
un submarino,
cruzaremos el Nilo,
invertiremos, en bolsa, o no,
o en nosotros
o en un mapa del mundo, sin fronteras,
subiremos al Everest,
pintaremos de rosa la capilla Sixtina,
me harás una canción,
y yo,
estaré cerca.

Con todas las huellas que esta tarde
dejemos en la arena,
me haré, otra vida.

8 de junio de 2010

Nos


-¿Tú sobrevuelas mis notas, o las lees?

-Hice un vuelo rasante sobre esa.

-¿Hace cuánto?

-Un rato. Mira, un globo. ¿Dónde irá?

-Hará un siglo. Porque se te ha olvidado. Yo no veo que aquí haya, chocolate.

-Ah...

-¿Ah? Es muy difícil. Te dejo una nota para que traigas chocolate; pero es muy difícil. Te la dejo porque pienso que me quieres, yo te escucho decir que me quieres, sorda, no soy, a lo mejor ciega, porque tampoco veo estropajos nuevos, que estos parecen ya una mierda seca, estaré ciega, pero sorda...

-¿Tú sabes dónde van los globos?

-Yo sé que me cago en el día que te conocí. Eso sé. No. Yo qué sé dónde van. Estoy cansadísima, mi jefe es un cabrón, y tú, tú, joder, tú eres tú, siempre tú, nada más tú, no puedo con la vida, te lo juro, me voy a ir al médico y le voy a decir, mire usted, es que yo tengo un novio, de esos modernos, que son encantadores sabe usted, con una sonrisa que te los comes, que sí, y esos ojitos de ratóncito Pérez, y ese, culito doctor, y, bueno, que me tiene hasta el coño, que me de usted una pastilla, y de colores, y con un nombre largo y complicado, usted sabrá, pero yo de aquí no me voy hasta que me lo solucione, porque digo yo, doctor, ¿tan difícil es bajar a por tomates, comprar el pan...

-El pan si que lo he comprado. Joder, cómo te pones. Ven, mira, mira que alto, al sur, yo creo...¿sabes dónde está el sur?

-Antonio...

-¿Sí?

-Eres tonto. Te lo juro que eres tonto.
Si te dejara una nota diciéndote que me voy a morir mañana, ¿qué?.

-¿Qué, de qué?

-Que me moría y ni te enterabas, y me quedaba muerta. Eso.

-Tú no te vas a morir nunca.

-Antonio...

-Sí, ya lo sé, te importan una mierda los globos.

7 de junio de 2010

Canallas


Miedo a que estés y a que no estés,
miedo a que seas, a que no existas,
a todo,
lo que lleve tu nombre:
la ropa colgada tras la puerta,
la puerta
el pomo de la puerta,
una lata de sardinas,
una escoba, un tenedor,
yo qué sé, todo.
Que debe ser enorme digo yo,
como un puto planeta.
Con nubes y ríos y eso,
y un presidente y cacao en polvo y
vías del tren,
y vacas,
y manzanas.
Y un río.
Eso ya lo he dicho.

Y tetrabrick de leche desnatada.
Para el cacao, es que el cacao solo...

Dirás, coño, qué tío.
No. Qué tío no.
Hazlo tú.

Despiértate sudando porque estás;
pero dormida, dormida y en pelotas.
Y cualquiera te despierta.
O tienes fiebre.
O sueñas que un rinoceronte te persigue.
O hablas dormida: “Cabrón”. Qué linda.
O levitas, sí coño,
eso que haces
cuando mueves las pestañas: que te alzas.

Y si no estás, ay, si no estás
-sí, ay, ¿qué pasa?-
es que me muero
-que no me muero-,
que se me olvida respirar
-bueno, no sé, así, lo mismo-,
que como que me desbarato
-lo mismo sí, lo mismo me muero-,
ya sé, ya sé,
soy gilipo...¿me dejas que te quiero tanto?

Y además eres,
que si no fueras,
no serías, pero eres.
¿Y yo qué culpa tengo?, dirás tú.
Pues yo tampoco.
A ver adonde reclamamos.

Eres mi mechero en el concierto
Y sí, y eres lista.
Eres mi mantita de la suerte.
Y sí, claro, tomas tus propias decisiones.
Eres un arroyito, uno que canta,
(y sí, siempre tienes razón), entre paréntesis,
eres no sé, no me lo explico,
(y si no te la inventas)
un vendaval, una marea,
una patada en los cojones
(el caso es que yo nunca tenga razón),
respirar sí, pero eso
te juro que nunca se olvida.

Y si no fueras, si no fueras...
Si tú no fueras yo tampoco.
¿Pa qué?
Pa na.
¿Y eso de seguir y tal y tal
y que la vida es tan hermosa?
¿Sin ti?

No
me creo
na.

6 de junio de 2010

Waterman


Hace tanto que no me encuentro un gusanito en una manzana...
Antes, comprabas manzanas, y a la hora del postre la cogías con la mano y abrías la boca y allí estaba, con su cabecita negra y su cuerpo blandito y regordete, mirándote, y entonces te acordabas de algo bueno, sin saber de qué, porque en todos los cuentos, había gusanitos viviendo en manzanas, y un cielo azul, y una ventana, y dentro, ella, y más adentro, tú, tú saliendo de su boca, suspirado.

Y había unos cigarritos de chocolate, que jugabas con ellos a encenderlos y fumártelos, a ser mayor; pero como estaban tan ricos, a la segunda calada te los comías.

Luego empecé con el crack y a pincharme en el tobillo, me gustaba, era otro mundo, cualquiera menos éste, en éste, a los gusanitos de las manzanas, los mayores los tiraban al cubo de la basura, y a las princesas, las violaban en cualquier portal, y yo, quería seguir comiendo cigarros de chocolate, y jugando a que mis soldados de plástico hacían una misión en Calcuta, y salvaban a todos los indios, y mi mano, era un helicóptero, que se los llevaba de allí, volando.

Al final me vine a vivir aquí, a ras del suelo, después de lo de Alicia, no quise jugar con nadie más. Se quedo mirando el techo por los siglos de los siglos amén. “Nunca seré mamá”, me dijo, y apretó la jeringa y se tumbó a disfrutarlo en el sofá, mientras yo, fregaba los platos.

Ahora trabajo en una empresa de limpieza de cristales. Poco dinero. Muchos cristales.
La tienda de regalos de Ana hace esquina, así, que mientras enjabono y paso el trapo, pueda verla por delante y por detrás, de perfil, y por dentro. Por dentro es por donde más me gusta. Tiene unos ojos bonitos, pero por dentro...
No quiere que venga nadie más a sacar brillo, le gusta, cómo lo hago, y sólo y sin azúcar, que es lo que hacemos, cuando ha cerrado.
Yo hablo poco, y ella lo dice todo. Llámame oportunidad, me dice. Llámame amor, o a las siete de la tarde, o a y media, que los domingos, me pinto y me depilo y me gusta mirarme en el espejo. Llámame Ana, lo que soy, y deja el suelo donde está y mírame a mí, que estoy aquí.

Le enseño un tatuaje con serpientes, y me quita el cigarro de la boca y me dice “no fumes más”, “Te necesito”, “No has llegado hasta aquí para que el resto de mi vida sea, echarte de menos”.
Ni siquiera sé cómo he llegado hasta aquí. Pero tiene razón, y un gusanito dentro.

5 de junio de 2010

Los lápices que sólo dibujaban Unicornios


Aprendió a dibujar en el trastero. Tenía siete años y una caja de lápices que sólo dibujaban Unicornios.
Llenó cuadernos y cuadernos enteros de caballos, caballos blancos de ojos negros y profundos como pozos, mientras abajo en la cocina, mamá lloraba y se tapaba la cara con las manos.
Al día siguiente, había un jarrón con flores en la mesa: “¿Me perdonas? No quería hacerte daño”, y mamá, por muchas manchas de sangre seca que hubiera estado limpiando en la cocina, que los huesos le dolieran o que ella se quedara mirándola desde las escaleras con los dedos cruzados muy muy fuertes a la espalda, siempre, siempre, le perdonaba.
Había una ventana en el trastero, una ventana con Sol, un cielo y pájaros. Si mamá fuera un pájaro, pensaba- con los ojos cerrados-, sería un colibrí.
Pero mamá no era un pájaro. Mamá era la que hacía la cena, recogía la mesa, fregaba los platos, se pintaba los labios, entraba al dormitorio, se quitaba su bonito vestido y le perdonaba una y otra vez con las piernas abiertas y un hilo de baba cayéndole por la comisura de los labios.
Quiso odiarla. Porque no era un pájaro.
Porque al día siguiente o al otro o cuando él quisiera y en cualquier momento, la llamaba guarra, puta y mal nacida y con sus manos de herramientas la cogía del pelo y la arrastraba como a un saco de mierda por el suelo de la casa hasta que se cansaba de insultarla y caía como el plomo en el sofá y decía, “Tengo hambre”, y mamá, barría con la escoba los cristales y encendía el fuego mientras ella, salía de debajo de la cama y se encerraba con llave en el trastero y se mordía los labios para no llorar, porque si lloraba, no podía contar estrellas en el cielo, y las noches se hacían, interminables.
Quiso pintar arena y musgo y pedestales con estatuas y árboles caídos y diablos; amaneceres malvas; la tristeza, pintar cómo los grillos tocaban un concierto de violín en Re menor; un corazón en bancarrota, rojo y redondo; una pecera, nubes, nubes agrupándose en el cielo como gotas de aceite en un plato de agua y que llovieran sobre el techo de la casa. Y en vez de eso, pintó un Pegaso.
Luego un Dragón, un Minotauro; ranas con capa y con espada; Elfos, Sílfides, Sirenas; Duendes, y hadas, muchas hadas.

Era bonita, muy bonita, tanto, que daban ganas de besarla porque sí, y eso, es lo que su padre, que nunca ni jamás la había abrazado, intentó la primera y la última vez, que la tuvo sentada en sus rodillas: “Si me tocas, te arrancaré los ojos mientras duermes”.

4 de junio de 2010

Deja las llaves, en el buzón


Está embarazada y me ha dicho que va a ponerse estilo perro y por detrás, por lo del niño, y la verdad es que tiene una barriga impresionante, pero es barato, es tarde, y no he visto a nadie más por las esquinas.

“No me cuentes la historia de tu vida,” digo en voz baja; pero ella, sigue con lo de que si al novio lo tiene en el talego, la madre vete a saber dónde, y otros dos niños en Asturias, con unos que tienen mucha pasta.

Amanece. Siempre amanece.

Está bonita con el pelo recogido, con sus horquillas y esa flor y esa manía de mirarme la cartera y esa vergüenza de mentira:“¿Me invitas a café?”. Esa desgana, de irse sola a ningún sitio: “Mejor, te invito yo”.
No es mala idea. La última vez que llegué a casa, quería comerme, tragarme entero y escupirme en algún sitio seguramente frío, asqueroso y mojado. Un water, por ejemplo. Uno en las afueras.

Le quito el cigarro de la boca. Le acerco la taza de café. Me mira como a un oso de peluche.
Me coge la mano y la pone en su impresionante barriga y me dice que va a ser futbolista.
“¿De qué equipo?”, le pregunto.
“De los que ganan”, me dice. Ahora llora. Lo sabía. Todas las putas lloran antes de besarme. Por lo menos las que van a besarme. Y esta llora. Y yo estoy cerca.
“La boca es mía”, me decía hace un momento, mía y de nadie, tuya no, ni por dinero, mía, te lo doy todo, menos la boca, la boca es mía, mía y de nadie.

Cogemos un taxi.
La casa, se está quieta.
Sale de la ducha y dice gracias con los ojos.
Cierro los ojos.
Y me abraza.
Su boca es ahora de mi espalda, de mi cuello y mis orejas, mis mejillas, mis párpados, y luego: mía. Quiero decirle que se vaya, que se lleve su pelo con flores y su novio y su madre y sus dos hijos y el tabaco. No quiere dinero. No quiere que hable. Quiere más. Quiere que me calle.

La culpa es mía, que voy comprando amor a plazos, mía y de mis manos y mis ganas de que alguien me desgrane, me abra, mía de darme, de mis ojos pidiendo que me salven, de mis preguntas, de mis ansias: “¿No te da miedo, ser una jaula?”, mía y de nadie, como su boca, siempre me pasa, que me envuelven en papel de regalo, me ponen un lacito, y sueñan que de pronto son el mar, la nieve, una estrella, que la cama es una alfombra voladora, que mañana no existe, que hay vino en la nevera.

Brindamos. Por los sueños. Y las gotas, resbalan por su vientre dando, largas curvas.

3 de junio de 2010

Lunáticos


-Te toca.

-Vale: Cada vez que me preguntas si te quiero, me dan ganas de mandarte a la mierda, porque vamos a ver, digo yo, si no te quisiera, no te aguantaría, digo yo, porque a ti, hay que aguantarte, no es por nada, si yo te quiero, pero pesao, eres, pero pesao de pesao, y además serás tonto, digo yo, porque te lo habré dicho como yo qué sé las veces, que me duele la boca,coño, de decir que sí que mucho,sí que mucho, sí que mucho, o es que te haces el sordo, que es peor, porque entonces es que te estás quedando conmigo, y ya, me mosqueo, y me dan ganas de que sí que mucho; pero que te aguante tu padre.

-A mí a mí: Te dejas pelos en el lavabo.

-¿Ya? Esto...Me da un asco que ni te lo imaginas cuando te pones a hacer ese ruidito asqueroso con la boca. Que estamos comiendo, joder, ciérrala. Y asco asco, que te rías cuando eructas, porque gracia, no tiene, no sé. Y tus pedos tampoco son el Circo du Soleil, qué quieres que te diga, a ver si no tengo otra cosa que hacer, que reirte tus guarradas. Y lo de los pelos del lavabo, pues, se me han olvidado, es que no soy perfecta vale, como tú, quiero decir.

-Vale. A mí. Pues...

-Espera espera, que se me ha olvidado, que, que si tú me quisieras en condiciones, quitabas los pelos del lavabo tú solito, y con ganas, sin cagarte en to lo que se menea, que para eso dices que me quieres tanto, porque yo, lo que hago lo hago con ganas, hasta follar, pesao, que eres un pesao, que siempre estás con lo mismo, que estás viendo la tele y mirándome las tetas, que estoy en la cocina y estás ahí, detrás, dando por culo, que duermo en el filito de la cama para no rozarme contigo, que se te roza y ya no paras, con la de cosas que yo tengo que hacer, y puteada en el trabajo, y a ti, como si lloviera, tú a lo tuyo, ñaca ñaca, porque tú siempre tienes ganas, de bajar la basura no, pero de eso siempre.

-Tu madre ha llamado y le he dicho que no estabas. Y estabas. Conclusión: Me ha encantado.

-Creo que por hoy ya está bien. ¿Tú que dices?

-Que sí. Que podíamos cenar y eso, en la terracita, ¿te apetece?

-Vale churri, nos hacemos un chino. O pizza, a mí me da igual, lo que tú quieras.

-Cariño...

-¿Qué?

-Tu puta madre.

-La tuya cabrón.

1 de junio de 2010

Tengo una flauta y me llamo Bartolo


Una mujer. Como otra cualquiera debajo de la lluvia.
Pero te acercas y de cerca, de pronto te detienes, y dices: Es ella.
Y dices hola, cómo estás, y ella que es ella, sin mirar ni la hora, dice que ahora es...
Tuya para siempre, que siempre ha sido tuya, que cuánto has tardado. Siglos...
Quedamos a las diez y son las diez, la hora de cogerla de la mano, antes siquiera de dar el primer paso, el primer paso juntos, y así, sin conocerla, me la llevo de debajo de la luz de la farola caminando, a donde sea, qué más da, donde tú quieras, y abrimos el paraguas y buscamos, con los ojos los ojos, con la boca la boca, con la lengua la lengua, y bailamos, debajo de la lluvia, del cielo, el universo. Encima del mundo.

No hablamos del amor ni de la suerte. No hablamos de nosotros ni de nadie. No hablamos de un porqué ni de hasta cuando. Pero decimos muchas cosas, todas verdad como los charcos, el frío, y mañana. Y uno nota que su mano, es eso que a la tuya le faltaba, y ese agujero que otras manos no tapaban, desaparece, y entonces la aprietas y te quedas mirando, y no te falta nada, estás completo, sin grietas ni barrancos, donde antes, sólo estabas tú, tú sin ganas, tú soñando, tú con ella, porque existe, ya vendrá, tú esperando, tú despierto, tú cantando en voz bajita aunque no sabes cantar.

Y por supuesto flotas. Y de un balcón, le regalas un lirio, un clavel, una petunia.
Soñé contigo un día, yo tenía, me dice, siete años y una caja de lápices de cera, que sólo dibujaban Unicornios. Me tiende un pliego de su vida, mientras pido café, sobre la mesa: Soy yo, pero es hermoso, un caballo blanco y con los ojos tan profundos como pozos, soy yo, pero le digo, que algo tan hermoso...que tal vez, se haya equivocado que...que mírame...que me hubiera gustado...
Y se levanta de la silla y me sostiene la barbilla y me encuentro con sus ojos y me callo, porque soy yo, me dice, poniéndome la mano donde lato con su mano, y lo repite: “Tú”, y al día siguiente, “Tú”, y a los tres años, “Tú”, y sin preguntas ni hasta cuándos ni porqués, nos llenamos de arrugas, de polvo, de curvas imposibles en los huesos, y en algunas ocasiones, si los huesos obedecen, las manos de caricias, y la cara de besos.