21 de julio de 2010

Diario de una cosa muy gorda: ¿Em?

7

Zarpamos a las tres y media de la tarde.
Aquél barco cruzaba la bahía varias veces al día, y el capitán, que llevaba doce años de una punta a la otra y de la otra otra vez a la otra que antes era la una y así un día y otro y otro y otro entre una punta y la otra, se llamaba Juan.

Yo antes creía en las señales, hace tiempo, cuando aún creía en cosas, en que, por ejemplo, si me encontraba un papelito en el suelo y lo cogía y lo leía y decía: “Sé fiel a tus sueños”, así, por casualidad, pues era que tenía que ponerme a pensar en que mi sueño, mi sueño más bonito y preferido de todos los sueños que tenía, podía cumplirse si cerraba muy fuerte los ojos.
Mentira. Los sueños sólo se cumplen si corres tras de ellos, tanto, tanto, que casi los alcanzas. Casi es una palabra muy bonita. Pero también es mentira. Porque casi, nunca es suficiente, y los sueños, a medias, son como despertarse de un cuento de piratas y barcos y banderas con huesos y una calavera, y tú, el más magnífico señor de todos los señores de los mares, con tu espada brillando al frente de una legión de legionarios, que por ti, matarían a su padre.
Me gustaba creer. Era...emocionante. Pero los sueños, si no se cumplen, se convierten en fracasos, uno tras otro, hasta que de romper la vajilla tantas veces, te quedabas, sin platos, sin la casa que siempre soñaste que ibas a pintar de blanco, sin María, porque ibas a ponerle de nombre María, sin regar los rosales mientras ella tu ella la que no podía ser otra si no ella y sólo ella, te preguntaba dónde estaba la isla de Creta, por si acaso, alguna vez, quién sabe. Por ejemplo.

Decía ella, coño, que le daban miedo el mar, y las olas, y que aquello, se moviera, decía, ¡Huy!, yo no me monto, yo no me monto. Decía, que la agarrara bien si eso, por si acaso, le daba algún mareo, decía, que menos mal que no había, mar grueso, que qué bien ¿no?, pero que cuánto viento, que si le daba, otro cigarro.

Y va el cabrón y dice: “Ven, que te enseño”.

Creía que, si escupías entre baldosa y baldosa de cualquier calle de Croacia y acertabas en medio o una palomita blanca te pasaba por delante en algún bosque austriaco o al norte de Italia te ocurría que una vaca, decía Muuuuuuuuu, como los barcos y te estabas afeitando o, creía que la nieve, si nevaba a las siete en punto de la tarde, o, que la chica del anuncio en la parada de autobús, la del perfume, me hacía burla con la lengua, creía, que pasaban cosas buenas, que de repente, tras una esquina, envuelta en un vestido de flores amarillas con estatuas, iba a tropezarme con los ojos más ojos de este mundo y desde ese mismo instante, el resto de mi vida, sería caber en la palma de su mano.
Hasta me inventé una ciudad para nosotros, Santa Marta, un sitio en ningún sitio que no venía en los mapas, poblado de macetas y hadas y putas y Serbias con trenzas en el pelo y paralíticos que se vestían de Batman, de grillos y una banda de ciento veintisiete gorriones, y un puente y una iglesia con campanas y un nido de cigueñas y yo, era un maldito irlandés y ella una flor, que me prendía en la solapa.

Y va el cabrón y dice: “Ponte aquí”

Lo primero que hice fue rezar: “Dios, dime que esto no está pasando”.
Porque si estaba pasando en realidad, Dios, le dije, no es justo, no ahora que me había olvidado de vivir, que había usado mi bandera de toalla y la había olvidado en un hotel de Luxemburgo, no ahora que mi patria eran, mis zapatos, que ya no me acordaba de las hadas, los ángeles, las formas de las nubes en el cielo...

Y va el cabrón y dice: “A estribor”

Y ella, aferrada al timón de aquél enorme barco cargado de turistas, de pie, con el viento en el pelo y a punto de romperse de lo guapa que estaba y lo divina, giró a estribor. Sola. Sin más ayuda que sus manos y una espléndida sonrisa dibujada en la cara, que se veía desde el otro lado del mundo, diciendo, que podía sentir las olas debajo de sus pies y en la punta de los dedos, cómo una embarcación de veinticinco metros de eslora y seis de manga, la obedecía sin remedio y que nunca, había sido tan feliz.
¿Feliz?
Era una diosa.

“Lleváme a puerto, amor”, le dije, y agarrado a su cintura, cerré los ojos, muy, muy fuerte, y en su barriga, sentí como las olas la mecían, y el barco entero, crujía a donde ella lo llevaba.

20 de julio de 2010

Kuskús de Haikus


Ventana.
Yo.
Gravedad.

Cielo.
Nube.
Agua.

Tierra.
Árbol.
Fruto.

Coño.
Coño.
Coño.

La quería.
Ella a mí no.
Plof.

19 de julio de 2010

Diario de una cosa muy gorda: lo del beso

6

“Me gusta tu boca”.
Y se levantó de la silla y se me subió encima y se me, se me, se me, hasta que estuve tan bien atado por sus brazos y rodillas y esos ojos que no me dejaban dar un paso sin permiso, que ni el hombre de Alcatraz se hubiera escapado.
Y a la luz de las velas vi brillar una lombriz saliendo de su boca para darse un paseo desde un lado de los labios, hasta el otro, mientras sentía en mi ingle su ingle caliente, como un vaso de leche antes de acostarte.
Calculo que habría, un par de centímetros, entre saber lo que era un beso de verdad, y lo que era sólo un beso, uno más, y casi, recuerdo, me sentía, como uno de esos astronautas, que podían contarte lo que era, mirar la luna desde el porche, o pisarla.
Antes de que la lombriz de su boca se viniera a vivir a la casita que mi boca -dijo ella que era-, era, pude sentir como su aliento y el mío formaban un minúsculo ciclón al encontrarse y cómo, sus labios se volvían rojos por momentos y se hinchaban y, parecían cada vez más una manzana y cómo, como un animal, la escuchaba respirar, agazapada en la maleza, a punto de, tan hermosa y segura de sí misma, como si fuera a escalar el Everest.

Sentí como todo y cada uno de mis huesos crepitaba como si los hubieran arrojado al fuego de la chimenea una noche de noviembre en Dinamarca a las once y treinta y cinco de la noche, por ejemplo, y sentí que aquello que había estado deseando, toda la vida y fuera lo que fuera, se me estaba metiendo dentro por la boca y lamiéndome las tripas, como el mar, un día me había lamidos los tobillos. Sentí que tenía, ganas de bailar un tango con la lengua, y dejarme un bigote finito y elegante, y untarme con la mano brillantina en el pelo y decí, lleváme a puerto, ganas de hacer nudos gordianos con aquella larva tibia que era su lombriz y sólo se veía con los ojos cerrados, nudos de esos, que vienen en los cuadros con plaquita de metal y un cristal y un marco blanco con timones azules, y una voz en mi cabeza, dijo “Joder, podrías morirte ahora mismo entre sus brazos”, y luego dijo: “¿Eres consciente?”, y yo, le conteste a la voz que sí, que vale, que de puta madre y la voz, se fue a tomar por culo y yo, seguí besándola, porque aquello, era la cosa más chuli piruli y más bonita y mejor de las mejores que me había pasado nunca.

Y llegó el malevaje en la saliva, los mordiscos y el sabor de la sangre en las papilas, y, contra las rocas, decidimos que la vida era eso, lo que queda después de los naufragios, y la agarré del pelo como a un animal de establo y busqué con mis fauces su aorta y la mordí cuanto quise porque ella, gemía que “Soy tuya” y yo, de ella, me lo creía todo, como creía que de un día para otro, quería cruzar las frontera en un descapotable rojo, o abrir una tienda de flores en Lituania, comprar un pony, tatuarse Notre Dame en la barriga.

Supongo que el tiempo pasó.
Que se hizo de día.
Que las farolas se apagaron y las fruterías, se llenaron de plátanos y mangos y los bares, de señores con gafas que iban al trabajo y en el cielo, brillaba el sol.

No lo sé. Cuando te dan un beso de verdad, no sólo un beso, no uno más, el resto del mundo, desaparece.

Código rojo


Pues ya que lo dices,
sí, quiero,
muchas cosas.

Quiero que seas Billy Bob Thorton,
y me invites a un Bourbon en la barra,
y me lleves en taxi a Cayo Largo,
y que antes de bajarme las bragas hasta el suelo,
me digas que soy, en plan Jhon Cusack,
la mujer más bonita del mundo.

Quiero París. Entera. Para mí sola.
Y si arde, que sea por mi culpa.
Quiero un geiser.
Y una sirena. De barco. Para hacer buuuuuuuuuuuuu
cuando me acerco, y me ates los cabos,
los cabos sueltos a un noray,
y me duermas y me veles como a un vino,
la humedad de una bodega.

Quiero ser el pan de tu Hog Dot,
que me atravieses,
como Guillermo Tell atravesaba las manzanas,
quiero la moto de los Chichos,
y enseñar mi tatuaje en el tobillo,
agarrada a tu cintura.

Quiero que te calles cuando hablo.
Que me dejes hablar.
Que te calles te digo.
Así.
Buen perrito.

Quiero un camión de chocolate.
Y Lacasitos.
No. Los Lacasitos son Lacasitos.
No es lo mismo.
Y paz. Si puede ser toda la vida,
como cantaba Lennon, en Imagine.
¿Decías algo?

17 de julio de 2010

Hay que ser muy tonto


“...y por lo tanto: te amo”.
Y le meto la polla hasta que dice para,
que me partes, y oh sí,
suena horrible;
pero yo no sé parar: se taladrarla.

Y entonces se le encienden los ojos como antorchas,
y me abraza más fuerte,
y me dice te quiero,
y luego añade, tonto,
que eres tonto, y digo yo,
que pa qué me lo dice dos veces.

Le digo, ponte arriba y ella,
me pregunta en qué planta, le digo,
por detrás,
y se trae una silla del salón,
y el cable de la tostadora,
le digo amor,
y ladra.

Le falta un pecho.
Está preciosa así,
como un pez fuera del agua,
buscando el aire,
con los ojos en blanco,
blasfemando que no aguanta,
que se corre.

Un pez pequeño
con un pañuelo en la cabeza.
Lo del pelo en la cabeza,
no lo lleva bien.

Highway to hell


No soy el hombre indicado para esto, me dije.
Y ni siquiera lo intenté.

Y me fui a vivir deprisa como un Beat,
de putas, con el mismísimo diablo,
y me he comprado un banjo y ahora estoy,
aquí, sentado en el porche, viendo como mi vida
se va al carajo.

Clementina Clementina, mi naranja mandarina.

Clementina olía a siega,
y a tardes en el lago, tirando piedras.

Clementina Clementina, y yo tu medio limón.

Fumo algo de hierba,
y grito “Maldito hijo de puta” y tiro
el cigarro al maizal
y todo arde.

Clementina Clementina, y sus ojos color miel.

Espero que Bob Dylan me recoja,
en el próximo cruce,
y me cuente en la última curva,
antes de llegar a Pennsylvania,
si al final alguien le abrió, las puertas del cielo.

16 de julio de 2010

Diario de una cosa muy gorda: y entonces pasó lo del beso

5

Ella era una flor, una de esas plantas, acostumbrada a crecer entre las grietas, y podía, sentada al otro lado de la mesa, contar aquella noche que había sobrevivido en un andén de carretera, al humo de los coches.

A él le gustaban los polos de limón.

A la luz de la vela parecía más humana, y sus lágrimas, formaban preciosos dibujos sobre la madera seca, en forma de racimos de uva o traje de novia con encajes o una habitación pequeña pintada azul celeste y cortinas a juego y una cuna.

Él buscaba su mano en el baile de sombras de los vasos de té: “No te quedes sola”.

Y entonces, a la luz de las velas ella hizo la pregunta más tonta del mundo y dijo que, por qué, me quieres, y él le dijo que por qué, no era la pregunta correcta y que cuánto, tampoco, si no cómo, y que cómo, era así, a su sombra de Madonna veneciana, enredándose en su tronco como un áspid, como una hiedra, que cómo,era,montarla en un columpio y darle cuerda al tiempo para atrás, o cubrirla con la capa en mitad de la tormenta de arena y que la arena, no supiera de ella, que cómo, era bien, sin protocolos, para hacerla feliz cada minuto, que cómo, era ser como físico del instituto tecnológico del amor e inventar continuamente fórmulas nuevas para hacerla reír, porque sin su risa, él árbol que era ella se secaba y la sombra se iba y al sol, él se evaporaba.
Y ella, como una hembra de leona, se recogía el pelo y dejaba al descubierto el cuello, blanco y delicioso y le decía: “Mira lo que hago con la lengua”, y él, le contestaba, “Hija de puta”, y toda la sangre que tenía en el cuerpo, le iba a parar al mismo sitio y la mesa, como por arte de magia, con la luz de las velas y el baile de las sombras de los vasos de té y las flores secas de ella en la madera y el tabaco y el mechero, se elevaba.

Que todo era tan, tan cuesta arriba, dijo ella y él le dijo, “Mira”, haciendo un avioncito con una servilleta de papel, y lanzándolo al aire, con ella y sus ojos como platos porque nunca había volado y menos con él como piloto, dentro.

Y ganaron altura y vieron Austria y a Sissí Emperatriz comiéndole la boca al heredero, de la corona en los pasillos, y más al norte, montañas nevadas y a Fiona en una charca, criando niños verdes con orejas en forma de trompeta, y al sur, vieron a Íñigo Montoya, vengando por fin la muerte de su padre, y a Haley Joel Osment encontrando al hada azul y a Lord Greystoke acudiendo a la llamada de la selva y a la novia de Mickey bajándose las bragas, en el asiento de atrás de un descapotable rojo, y en el Mar, vieron Sirenas y Ulises bailando tarantelas, y a Manzinguer Z y Afrodita, follando como locos, sobre un desguace de Manhattan.

Y luego aterrizaron guiados por las luces de las velas, y entonces, paso lo del beso.

15 de julio de 2010

Diario de una cosa muy gorda: el Mar, eso con luces de barcos a lo lejos.

4

Para entonces ya sabía que todo lo que salía por su boca no era ni mentira ni verdad, si no su Santa voluntad, y allí, pintada en la arena de la playa como un desnudo de Rubens y con un idílico paisaje de murallas y palmeras que le hacían de escenario, abrió el culito de la fresa y dijo, como suena: “Soy muy puta”.

Paseando por la orilla ella, parecía, un anuncio de H&M anunciando la nueva temporada de, viento en el pelo y sal en la punta de la lengua, y como cuando yo le daba al click ella me hacía burla o se tiraba, de las orejas o me hacía, así con el dedo o y me daban por el culo o me enseñaba las piernas hasta el ombligo, quedaron unas fotos muy bonitas, con gaviotas y restos de naufragio, y al fondo un faro blanco y más al fondo, una ciudad con transeúntes.

El Mar es como el tiempo y el tiempo como el Mar: se lleva cosas, te las trae...qué tontería.
A veces, tanto, lo odias y te alejas tierra adentro, tanto, donde el Mar no te alcance ni escuches caracolas y te olvides para siempre de siempre de su nombre.
Pero después de siempre el tiempo sigue, otra cosa, y el Mar, un día te alcanza los tobillos y los lame y te agachas y lo juegas y acaricias el flequillo y una ola, te deja un telegrama entre las manos y se va cuesta abajo a ser marea, mientras abres tu regalo: “Un trocito de tierra, y alguien que te ame”.
PD: “Sé feliz”

Yo me cago en el Mar.

Ella no lo sabe; pero la banda sonora de esta cosa es el Sweet Home, Alabama, y yo, soy Forrest Gump. Hoy por lo menos. Mañana, no lo sé. Mañana lo mismo, ya me lleva colgado del llavero, y eso, de que un clavo saca otro, es hasta verdad.

Luego comimos pescado con las manos y nos quitamos los zapatos y por debajo de la mesa hicimos un catálogo de rizos con los pies , y le di gambas en la boca y me chupó los dedos escarbando con la lengua como un perro entre los huesos, ante la atónita mirada del resto de la humanidad.
Porque el mundo no se había detenido sin nosotros. Seguía latiendo, allá, a lo lejos, tras el faro, encendiendo sus luces como un barco, mientras nosotros sin el mundo, dejamos que la noche se llenara de grillos y el click de una farola, nos condenara a ser, una leyenda.

14 de julio de 2010

Diario de una cosa muy gorda: con dos de azúcar, y un día sin relojes

3

Y de pronto entre las manos, tuvimos un cuento sin final, con Princesa y un Draco que escupía por la boca y yo, que era San Jorge en pantalones cortos, y una gorra con visera de cartón.
Desayunábamos polen de jazmines, sentados frente al Coliseo, y zumo de naranja y pulpa de tomate en la sonrisa y yo, un cigarro en la boca que no se caía de los labios, ni siquiera cuando ella se inventaba el Happy End de la película, haciendo la banda sonora con la boca: “Tengo tantos sueños que si no los cumplo todos, no quiero ninguno”.

Tuvimos cuatro hijos en menos de tres horas.
Así, a lo tonto.
María, Pablo, y los gemelos.
Los gemelos fueron culpa, de una gitana que leía la mano, y le decía a todo el mundo que jugaran al siete.

Lo mismo parecía una hembra de pantera que Ava Gadner en Mogambo, el caso era que mirarla, así, despeinada y apenas, sin compasión, erar mirar el sol de frente y por supuesto no ver nunca nada más. “La amo tanto-me dije-, que me amputaría un brazo por el hombro con tal de que alguien me firmara en un papel, que ella es el resto de mi vida”.
“¿En qué piensas?-preguntaba-. Tienes una cara muy rara”.
Coño, es que un brazo, duele.
Le gustaba llevarme al Mercadona atado de una cuerda. A mí, que me llevara así, con todos mis papeles en regla, me encantaba.

Nunca sabía cómo su mano llegaba hasta mi mano, pero miraba, y siempre estaba ahí, por lo que llegué a pensar que, o yo había nacido con tres manos, que no me acuerdo ahora, o es que me quería mucho.
Llamé a mi madre. Y le pregunté. Y me dijo que no, que sólo dos. Mi madre sabrá.

Después del desayuno, desayunábamos de nuevo, y así, sucesivamente hasta que, de hacer finales con perdices, Klein, mi osito de peluche, asomó la cabeza del bolso y nos miró con sus ojos de botón, y entonces, nos acordamos de que, le habíamos prometido, ver el mar.

Pedimos, una carroza blanca con licencia, y un San Cristóbal de plástico en el salpicadero: “Al océano”, dijimos a la vez, y Klein, con su boca hilvanada en hilo rojo, intentó una sonrisa que quedó en algo hermoso, pero torcido y raro, como una rama del árbol del ahorcado.
“No te preocupes Klein. Nunca más te volveré a dejar solo”.

13 de julio de 2010

Diario de una cosa muy gorda: el árbol que por dentro era una casa

2

Y así de la mano, llegamos en taxi hasta el árbol que por dentro era una casa.
Nos mirábamos como exploradores.
El árbol que por dentro era un casa, estaba frente al Coliseo, y ahora que lo pienso, en una esquina.
Cada centímetro de piel que recorríamos el uno del otro, era terriblemente inspeccionado, cada granito y cicatriz, cada pliegue y arruga, cada lunar, cada vello, cada poro poro a poro, cada deseo a deseo, y más allá.
Al árbol que por dentro era una casa y estaba en una esquina, la vida le había regalado habitaciones, que en vez de números, tenían un sabor. La nuestra era la verde y sabía a pera, y en el llavero, de muestra, tenía un botón enorme y lila, con cuatro agujeros por donde las cosas, se veían todas de otro color.

“Gracias cada vez que te emocionas, que crujes, que estás viva”, le dije con un dedo dibujando los filos de su boca, y ella me resfregaba los hoyitos, por la puta cara.
De cerca era, como una gran muñeca con pestañas, y una boca de culito de fresa diciendo cómeme, que estoy muy rica. De más cerca era tonta y muy blandita. Y ya cerca del todo, es cuando se le metía el puto diablo de Jack Nicholson, y de los ojos, le salía un lago negro con nenúfares, y de la boca una lombriz desvergonzada y de las manos, la esencia de la vida o qué, era eso, que me hinchaba la vena y que la vena rasgaba la ropa y tras la ropa le buscaba entre las piernas el amor, así, a grosso modo.

“Creo que te amo” le dije, yo, que ya no creía en nada, mientras la vi meterse en la bañera, con sus muslos de potro y sus piernas de Tebas, y en el pelo una tormenta de verano.
Salió del agua, con una toalla en la cabeza y mí frotándole la espalda como si fuera Cleopatra, y mí un peón del ajedrez.
Luego cerramos las ventanas, y el cielo de las siete de la tarde, se oscureció.
Y descubrí que entre las piernas, había un amor con tres pelitos, y una mariposa limonera guardando la entrada a Xanadú.
Que yo era un cactus, decía, y que tenía la lengua larga y más hambre de amor, que Carpanta, y más ganas de más, que el Tío Gilito, que sí, decía así, así, así, mientras las aspas del ventilador, nos susurraban cosas guarras.

Y era extraordinario, ver como la parte que más quería de mí, desaparecía, dentro del culito de una fresa y yo, no hacía nada, por evitarlo.
Y después nos reímos, de que el humo del cigarro fuera un lápiz y el aire una pizarra.
Y de las cosas de ahí fuera, detrás de las cortinas, y todo lo que no fuéramos nosotros, que eramos cómplices, que eramos valientes, que eramos Amundsen y Robert Falcon Scott.

“Creo que quiero que me ames”, dijo ella, poniéndose unas bragas de lunares, y una pinza en el pelo con forma de cangrejo, cuando en realidad quiso decir, quiero que seas, mi Tamagochi.

12 de julio de 2010

Diario de una cosa muy gorda: La estación

1

Iba a encontrarme con la mujer más bonita del mundo en exactamente una hora.
Sí, temblaba.
Y una hora, son sesenta minutos. Por un largo de andén cada minuto, a ciento veinte metros por andén, total, siete mil doscientos metros haciendo el gilipollas de arriba para abajo.
Mi tren llegó dos horas antes. Tardé una en posarme sobre el suelo. La otra, la pasé batiendo el récord de querer salir corriendo, por lo menos tres veces, como Pedro, que estaba deseando que el gallo cantara.
Su último mensaje fue el siguiente: “Soy como en la foto. No tengas miedo”
Coño, pues por eso.

La foto estaba en blanco y negro, y a lo mejor por eso, no se distinguían las niñas de sus ojos,si no que toda ella, era una niña, de ojos grandes como planetas. Y además tenía una sonrisa. Con hoyitos. Y siempre quise vivir en un hoyito.
He pasado horas mirando esa foto, sin pestañear.“Ahí dentro hay algo”, pensaba, como si estuviera a punto de entrar en una cueva con oso y con murciélagos, y me atara los cordones de los zapatos y entrara a buscar un tesoro, marcado con una x en el suelo.
Quedaban seis minutos, treinta y siete segundos, y dos cigarros.
Mi corazón latía tan deprisa, que tuve que salir detrás de él corriendo porque casi que a saltitos, como un gorrión, se me cae a las vías. Yo quería ser Conan, de pequeño, me hubiera encantado ser Cimerio, y no esto, que deambula como una lagartija por la vida, buscando en la pared una farola con mosquitos.

Había de todo: sombra; banquitos; papeleras azules; un señor con maleta; un inglés con tres niños que parecían ciruelas; un expendedor de cocacolas, una voz que salía de un cacharro: “...procedente de...”; un techo de uralita; si había sombra había sol; si había sol un cielo; si había un cielo, había pájaros...

Y entonces la foto se bajó del tren.
Y entonces las cosas que hacía un momento estaban allí, fueron desapareciendo a su paso, y cuánto más se acercaba, menos cosas había en la estación, hasta que la estación entera, con viajeros y todo, con botellas de plástico y macetas de ficus benjamina, con zapatos con chicles pegados a las suelas y taxis esperando a la salida y una torre con reloj que se veía desde lejos, con cajeros automáticos y guardias, con farmacias y mercados de pescado, estancos, asociaciones de vecinos, barcos y aviones y todo el este de Nebraska y luego Asía...desaparecieron por completo mientras ella, como un golem, iba acortado la distancia que había entre estar vivo, o estar entre sus brazos.

Cuando estuvo a un segundo de mi boca, y como yo no podía seguir mirando el suelo porque suelo ya no había, me enfrenté de lleno a que me amara como quiso, y quiso, con lengua y sin un holaquétalyobienytú, sin dejar que rezara una oración o que alguien, me vendara los ojos.
Su boca sabía a Caja de Pandora y su cintura, era como un baúl flotando en el océano después de perecer a la tormenta.
Luego dijo hola. Qué tal. Cómo estás.
Y yo, que hubiera podido tocarle el concierto de Aranjuez con las cuerdas vocales, no hice otra cosa si no dedicarle un espectáculo circense y completamente gratis, dando suspiros para adentro y vueltas sobre un eje, que era yo, mientras ella sonreía de hoyitos para abajo y supongo que bastante complacida disfrutaba, como era una niña toda, de mi plateresca puesta en escena con nariz de payaso.

Luego dije: “Joder, casi me muero”, y me alegré de que casi, fuera una palabra, tan bonita.
Cuando salimos a la calle, las cosas, los niños con forma de ciruela y los semáforos, ya estaban en su sitio. Así, que tomamos un taxi.
“¿Dónde vamos?”. Contesté que donde quiera que fuese donde quiera, allí, que daba igual, porque yo ya, y ella, hacía rato que andábamos cogidos de la mano.

A la flor de mi solapa






Remar en tren hacia la vida


A Blanca la puse a mirar a la bahía y le conté la historia de mi vida en cuatro o cinco besos, muy cerca de los labios, donde duele, sin que llegue a matarte. Blanca era muda y hablaba con los ojos, y seguía siendo la mujer más bonita del mundo, aunque el mundo de repente se acabara en la próxima lágrima.
“Quiero ir allí”, me dijo, señalando la isla de mi boca con sus ganas, “y ser una palmera”.
Efectivamente, a los cinco minutos de una historia de amor a orillas de otra vida en una ciudad donde anidaban las cigüeñas y al sol se lo tragaba la marea, Blanca salió del cascarón convertida en mascarón de proa de una barca que llevaba mi nombre aquél atardecer de un julio que iba a ser sin duda el más largo de mi vida.
Julio duró hasta agosto y agosto hasta septiembre y con las lluvias, llegaron las ganas de abrazarnos para siempre y alquilamos un grano de arena de la playa con terraza y un hormiguero en forma de volcán en la cocina, al que bautizamos, en honor a un libro que ella había leído al menos tantas veces como dedos tenía para contarlas con las manos: “El Cólera”.

Lo cierto es que agarrarme a su cintura, fue un bálsamo divino que Blanca me untaba con la lengua por ejemplo en el mástil, y que siempre seguía con la fiesta en cubierta de la luz de los días que nunca se acababan antes del alba, y que en vez de amaneceres, parecían guirnaldas en el cielo que adornaban los trinquetes de babor a estribor, mientras nosotros nos mecíamos el uno en el otro y cerca de la costa lanzábamos el ancla en la almohada.

Al día siguiente y sin decir absolutamente nada, abría los ojos y la alcoba se inundaba de palabras, y desayunaba de mi lóbulo y mi frontera esta de entre lo que soy y lo que significo, y Blanca, desnuda sobre un lecho de amor sembrado entre las sábanas, era feliz de ese color.

Más cierto todavía es que la vi aferrada al timón y con sus ojos clavados a la quilla, y desde entonces Blanca, es una canción tatuada para siempre en mi tórax como una bandera, como un dogma que me helara la sangre, si me faltara, si mi pecho fuera un yermo sin su nombre porque Blanca, se vuelve potro entre mis brazos, y risa entre mis dedos y horizonte, cuando no sabe que la miro navegar, capitana y bonita, hacia lo que quiera que haya tras todas esas olas.

1 de julio de 2010

El hombre guisante y la mujer que hasta vestida de pastorcita parecía una puta

Quiero hablarte de amor, ¿sabes?, me preocupa el tema; pero, como quedamos en eso, de ser sinceros, la verdad, es que se me sale de los calzoncillos cuando pienso en ti, que me asoma digo, la punta de la polla.
Pues me siento culpable: me crié en los andenes de estación y llevo lluvia en el alma y con mis manos, toco el volumen de las cosas, y las comprendo, y todo ese rollo. Y claro, esto así, entre las piernas, no sé si es amor o qué, sí, yo te veo, cierro los ojos y te veo y digo, cómo me gustaría que fueras el amor de mi vida, y luego me miro esto y lo único en lo que pienso es en que te la quiero meter hasta que toque fondo coralino. Y digo: pues será así. Y me estremezco.

También quiero cosas de tu boca.
Y que si alguna vez piensas cambiar, que un día, ya no seas como eres, me dejes una pistola en la mesilla.
Siempre pensé que moriría como un héroe.

Si cambias ya no sabré cómo quererte, ahora, aunque no sepa nada, te miro y sé que hay algo que estoy haciendo bien, me sale sólo, así que supongo que también, por eso se me pone como un palo, porque mi polla, también te quiere, como mis manos, como mis labios, como cuando respiro y sé que estás cerca.

No sé muy bien qué es, ya, el amor de mi vida.Siempre he creído que no existe, vamos, que lo sé, porque lo he buscado mejor que mi madre los tickets descuento del supermercado, que al final los encuentra, pero yo, del amor de mi vida, sólo he visto el luminoso de neón.

Hay quien quiere un Porsche Carrera 911. Escribir un libro. Tener tetas. Adoptar un niño chino. Graduarse en hijoputa. Salvar ballenas. Tirarse a un pozo. Mirar nubes. Que le pongan el nombre de una calle.
Yo quiero entrar por la puerta esa que dice: “Pasen sin llamar”. Porque supongo que eso es que te quieran. Que siempre estés ahí. Que yo, llamar llamo, si quieres, pero es que como veo la puerta así, entornada, y detrás estás tú, a lo tuyo, y como, si me quedo en la puerta del amor me dices “pasa, te estaba esperando”, pues eso...

Te miro y me cago en lo imposible.
Creo que le daría de hostias a lo imposible.
Tú eras imposible y mira ahora.
Así que voy a mandar a tomar por el culo a lo imposible.

También creo que eso del amor de mi vida es una chorrada. Lo vi en una película.
Ya sí.
Ya quiero más.
Y menos que el amor sea una batalla.
Quiero una cosa sin nombre. Más grande que todas las galaxias que veía en los libros del colegio, algo que haya sido creado única y exclusivamente para mí, único, y a lo que todavía haya que ponerle un nombre.
He caminado mucho.
Ya quiero más. Algo gordo, muy gordo.

Tal vez, por eso, todo yo me estremezco sólo de pensarlo.