30 de agosto de 2010

Que no, coño, que eso no es mío


-Que te pires.

-Podrías ser más educado.

-Prefiero ser rápido: ya estás tardando.

A la mierda.

Era el amor. Con la calor que hace.
Lo hemos discutido y bueno, en fin, se pone muy pesado, y me toca las pelotas y me pierdo. Y nada más he abierto la puerta lo he mandado al carajo.
El amor lleva siempre una carpeta de Pucca hasta la puta bola de papeles. Y va y me saca el almanaque de febrero. Vaya pelirroja. Y yo ni caso.
Y entonces me pregunta lo de siempre, que yo qué quiero, que así, no hay quien trabaje.
Es bajito el amor. Uno cincuenta. Dan ganas de darle una hostia y ponerlo a dar vueltas como un trompo.
Ganas dan.
Es que me duele la boca de decirle, que yo no quiero nada,que eso no es mío, joder, si yo estaba viendo House en el salón.
“Es que yo tengo que venir, oiga”, me dice.
Bajito y pesa por lo menos trescientas toneladas. No hay quien lo mueva de la puerta hasta que no me deja en el pasillo el paquetito.
Y yo voy y le firmo el albarán. A ver. Es que siempre pasa lo mismo. No sé. Lo lían a uno. Y luego para desliarte te tienes que morir seis veces. Pero eso no te lo descuentan. Ni te dan vales regalo ni nada. Ni un bolígrafo de publicidad.
Conmigo que no cuenten.

Eso sí, lo envuelven todo de puta madre. Mira, mira qué lacito.

Lo abro y se llama Amanda:
“Me llamo Amanda y voy a quererte más que a nadie”.
Por lo menos no es rubia. No me fío de las rubias.

En cuanto veo al amor por la ventana, meterse en un taxi, le quito las pilas a Amanda y la dejo en un rincón del ropero, como a las otras.
Una vez me dejé una con las pilas puestas.
Estuve seis meses escuchando susurros en mitad de la noche:“Qué guapo estás cuando te enfadadas”. Y cuando abrí la puerta del ropero, me dijo: “Tengo hambre”.

Estos del amor, en cuanto se dan cuenta de que voy solo por la calle, me mandan al bajito con otro paquete.
No sé cómo se enteran. Lo mismo me sigue a todas partes. Yo qué sé. Yo a lo mío.

Ya no hacen las cosas como antes, con esos ojos sin fondo, que de mirarlos te creías que te habías perdido en un laberinto con bancos de piedra y setos con forma de pirámides, de tréboles, con fuentes que hacían con la boca la música del agua, y chicharras escondidas en los chopos, silbando tu voz entre las ramas.

28 de agosto de 2010

El suave balanceo de los columpios


Me llevaba en la barra de una bici que tenía la goma de las ruedas blancas, por la carretera que iba a la fábrica de ladrillos, un camino que olía a eucaliptos desde que daban las seis y media de la tarde y el sol empezaba a ponerse.
Fumábamos, unos pitillos finísimos de una maría que le había pasado un estudiante iraní de Biología molecular, al que le gustaban la rumba y que vivía en el piso de al lado con la novia, que era cristiana y tenía el pelo rizado.
Desde allí podían verse brillar los cristales de todas las ventanas de Louissiana, tililando como ánforas hundidas en el agua, y en sus ojos, ya por entonces, cosas flotando.

“Te falta un átomo-le dije-y soy yo”. Le abracé. Le abracé primero suave y después muy muy fuerte como si fuera la última vez que le abrazaba, y quise, decirle no te vayas, aunque él no hubiera siquiera mencionado el tema, y en realidad, aquel día, sólo estuviéramos allí para darnos un beso y escuchar a los grillos y mirar las estrellas hasta que hiciera frío, como siempre, y me subiera a la barra de la bici luego y me llevara a casa, y antes de macharse, nos tomáramos una pepsi en las escaleras, viendo pasar gatos y furgonetas de reparto de comida a domicilio, hasta que tenía que decir, “Ya voy papá”, y las luces de aquel escenario se apagaban.
Estaba guapísimo vestido de soldado.
Quería ser poeta. Como Whitman.

Me gustaba aquel chico y sus manos de hierro y su boca y hoy le vi pasar, y meterse en una tienda de libros, y me he parado en el escaparate, y sí, eran los mismos ojos con cigüeñas y faros, las mismas manos, firmando en la solapa de “Raquel”, con una pluma que yo le regalé: “Con cariño para...”

Me llamaba mil cosas, todas bonitas.
Me llamaba gaviota y palmera del desierto, me llamaba sirena, y cosas que hasta creo, que sólo existían en los libros de texto, o no se habían inventado todavía. Me llamaba amor mío, como si de verdad, el tiempo fuera a detenerse, y aquella guerra en el Pacífico fuera de cartón.
Me llamaba mil cosas, mil cosas diferentes, pero Raquel, nunca.

27 de agosto de 2010

Esquina con Arjona, a la altura del burger


-Y cruzando el semáforo, se lo ha llevado por delante. Un chaval era. Llevaba un maletín, pues, del porrazo, se ha abierto en dos a seis metros del suelo y ha soltado de dentro tantos folios, que todavía, de vez en cuando, cae uno del cielo.

Sobre los charcos, se mecen las palabras como hojas, manchando el agua, de tinta azul:
“Estaba allí, abierta de piernas, con la niña abriéndole el coño con los hombros como un quarterback. Tenía los ojos muy abiertos y me decía, corre, que nos vea juntos. Y le cogí la cabeza entre las manos y le dije, ya falta poco y ella dijo, y una mierda.
La niña resbaló como una anguila, e inmediatamente, fue alzada como un Fénix en el aire, y en el aire, boca abajo, cantó el acto tercero de Tristán, e Isolda.”

En los alfeizares de las casas, en equilibrio, como palomas las palabras:
“La casa ardió toda completa, con ellas dentro, y yo no
Y yo no.
Y yo no.”

Pegado a los cristales, un papel es, otra ventana:
“Me he perdido”.

Enredado entre las ramas de un nogal, un bolígrafo azul se desangra sobre el césped.
Hay un zapato rodando calle abajo, camino de alguna alcantarilla. Alguien ha puesto el otro, encima de un cubo de basura, y en el asfalto, huele a serrín.

Mientras espera el autobús, a una señora le cae encima la página nueve de una de esas noches tan, tan largas, que nunca se acaban:
“A veces voy tan distraído, que se me olvida respirar en los semáforos”.

Llueve. Pero no tiene la más mínima importancia.

26 de agosto de 2010

Paralelos y rectos como rayos de sol


...de todos estos años,
me iluminas aún, de todavía, incandescente
por dentro como una candelita a pie de playa.
Como el casco de un minero,
como un faro de bici como,
la luz de los mecheros
en un concierto de los Rollings,
como la bici roja el día de reyes,
como a un yonki unas Nike nuevas,
una lagartija el neón de la farmacia,
como a un cajero de la Caixa:
fosforescente como un cromo de Phoskitos,
en la más absoluta oscuridad.

¿Si no tú,
quién,
que ni con un lanzallamas me encendiera,
acaso,
pasará el mismo tren?
¿En el mismo segundo?
¿Con los labios pintados de rojo?

Así a lo lejos, parecías,
bordada a mano con orquídeas en el cielo,
de la noche de un cine de verano.

Y vivir en pretérito,
y aprenderme tus manos.

Cuando esta vida acabe
quiero otra,
otra contigo,
donde no tenga que apagar la luz para quererte,
cerrar los ojos ni decir,
“Casi-puedo-olerte”
tras toda esta niebla,
más allá del puente.

24 de agosto de 2010

Rara avis


Meterme de ti un trozo en la boca,
tallarlo con la lengua como un tótem,
y un maremoto me inundara la garganta.
Sí,
querida, en tu forma corpórea,
me hubiera encantado
que tuvieras, una enorme polla
y quién sabe,
si lo mismo,
que me gustaba tanto lo que hacías con el dedo,
tal vez me habría gustado,
también algo más sólido, salvaje,
y como todo contigo, sólo nuestro.

Recuerdo la revolución de los claveles
que hicimos aquel año.
Y enfrente el mundo armado hasta los dientes
de razones para no ser feliz,
si no otra cosa,
fuera lo que fuera.

Ganamos.
No había otro modo de morir.
Olía a libertad por dentro de los huesos,
y estábamos tan locos que estar vivos,
era fácil,
y no ese escaparate con carteles
de todo rebajado,
que anunciaban en la tele.

Portada de septiembre: “Dos individuos cruzan el amor
-nos titularon-, y les crece un país en los talones”.
Volamos tan alto que vimos el mundo,
como era: redondo,
y cada vez más pequeño.

Ahora que somos esferas en el cielo,
¿quién va a ponerle fronteras al paisaje?
¿Qué Dalí pintará,
que nos han salido branquias?

23 de agosto de 2010

Manera de vivir nº 7


Hago surf sobre el Sultans of swing
-un tren, camino hacia Yakarta-,
justamente ahora sobre el puente,
y pienso
en Hypatia.

Al pasar, los dragones de Komodo,
me sacan la lengua, y de pie,
se tocan los testículos,
celebrando mi llegada
-con timbales y ocarinas y un trombón-,
a la planta nuclear.

Suave, así voy a recordarla,
nenúfar,
blanquísimo en el agua,
espero que,
la máquina de café al menos funcione.

Hay un bar en el pueblo,
Smityy, con dos ies, griegas,
lleno de chicas bonitas,
y baratas.
Los sábados, una banda irlandesa,
hace unplugged,
y el dueño regala arañas fritas,
con cada cerveza.

Siempre ese, letrero verde de No smoke.
Me gusta el verde, el verde es bueno,
en este trabajo.
Relojes verdes, manecillas y válvulas,
botones verdes...
Como era contigo, verde, Hypatia, y a salvo.

En cambio fuera siempre llueve,
en esta época del año.

22 de agosto de 2010

No soy simétrico


Me clavaría un tenedor en las pelotas por Penny.
Hoy he visto un gnomo en la lavandería.
Debajo de la lavadora.
Se me cayó una moneda.
Tenía ropa que lavar.

Baltimore. Once de la mañana del cincuenta y siete:
“Penny Lane, te quiero tanto...”.
Helsinki. En este momento:
“Ray tenía los labios gruesos y brillantes,
te lo he contado.
Le gustaba hacer crucigramas”.

Mi padre me llevó al teatro chino,
a ver un coño, el día de mi doceavo cumpleaños.
Eran guapas; pero me recordaban a mamá.
Aunque a mamá nunca la vi bailar.

Me alisté en la marina.
Un tallo, tierno de soja. Ese era yo, y Francia,
lo sabía.
La busqué en cada puerto.
Hice, bastantes crucigramas.

Helsinki. En éste mismo instante:
“No como a ti, mi vida;
es sólo que hoy,
hace mucho tiempo”.
Baltimore, en el cincuenta y siete:
“Mi madre no deja de decirme,
que nunca saldrás de la fábrica...”.

21 de agosto de 2010

Manera de vivir nº 17212


Tal vez duerma esta noche,
o tal vez no.
El médico me ha recetado unas pastillas,
azules,
y me he tomado el bote entero,
con una coca-cola, y algo de queso.

Después, me he levantado
a mear y de paso,
a ver si quedaba chocolate en la nevera.
Y la he visto otra vez, desdibujada,
sobre la mesa,
doblada como un cáncamo,
y el cuchillo grande clavado en la cabeza.

Mi dulce Ashlie, mi vencejo...

Nuestra palabra clave esa noche era vainilla.
“Dilo”, le dije una, una y otra vez.
Se había puesto unos tacones,
de quince centímetros
y tenía los labios,
pintados del color de las paredes.

Mi dulce Ashlie, mi vencejo...

Qué frío no tendrás tan al fondo del muelle,
sólo con esos altísimos zapatos
bajo el agua,
negra de la Bahía de Cochinos.

Mana de mí como sin rumbo


Quiero eso contigo y en la banda sonora
de uno de Pavese,
tirarme en tobogán hasta tu ombligo,
y caer y caer y caer,
a lo amniótico,
a lo profundo,
al agua tuya.

Quiero eso contigo y esta luna,
de cartulina blanca pegada a la pared con cinta aislante,
y estas cortinas con moscas follando como locas,
y un mes a la semana,
de darnos un beso en la boca del metro,
y en un grano de arroz,
cruzar flotando las alcantarillas,
más allá de Brooklyn.

Alquilaré un avión que te peine las canas,
cuando eso contigo sea aquello,
y por las noches,
te leeré a Gabriel,
y otros arcángeles.

Mientras podríamos,
meter al microondas una pizza,
y sentarnos fuera a ver pasar el camión de la basura.
Estás preciosa así, de madrugada,
esperando a que una estrella te devuelva la mirada.

19 de agosto de 2010

Boy on the street 45


Me gusta caminar,
y que Pollini,
me toque un nocturno al oído, de Chopin.

Hay otros mundos.

Un cristal clavado a la suela del zapato;
el graffiti que dice que dios, es amor.
Miro arriba, y veo,
las antenas parabólicas,
y unas bragas enormes
colgando de las cuerdas de la ropa.

El sol se está poniendo y no tengo sueños.
Podría dudarlo.
Pero no lo hago.

Yolanda no era una guitarra, era mi amiga,
yo le abrazaba las caderas,
y ella sonaba a limpio,
y entre los dos,
llenábamos el sombrero de monedas.

Buenos tiempos.

Katy la zurda se bajó una vez del coche
y me mandó a tomar por culo.
Encendí un cigarrillo y por el retrovisor,
vi como su hermoso trasero se alejaba para siempre.

Sí, la llevaría de nuevo a cenar a una plataforma petrolífera.
Justo en este instante, pensaba en ello.
Aún llevo en los bolsillos,
entradas para un baile
sobre la mesa del salón.

Ese tipo, Knopfler,
me encanta, si hace viento.
Y hace viento y dentro,
se me ha metido la metralla
del Brother in Arms.
Bonita canción,
para estar hecho una mierda.



To flower in my flap

18 de agosto de 2010

Cortar y pegar en una carpeta que diga te quiero


Que me daba la sal de la lengua y la mía la trababa a un yunque,
y de un lazo lo ataba al diluvio que éramos desnudos,
el uno frente al otro.
Sin mentiras ni ropa ni pellejos, si no luz,
y los labios mordidos como perros.

Que me olía a limones su piel a limones y su cara sencilla,
era un campo de fresas, su boca, ciruela , su voz,
la campana de un barco, al fondo de la noche.

Hiere,
me,
con, decía, “tus hierros y pezuñas”.
Y la hería de muerte,
y me gemía la vida,
y así de pronto, eléctrica, se hacía trueno y yo,
reguero:
“Escupe mi vida”... y sobre el lecho, una flor blanca,
difuminándose en las sábanas.

Todo recto


Soy un a cáscara,
de nuez,
vacía,
con una vela blanca flotando en el bidet.
Un caballito de tiovivo,
girando sin sentido común,
una hojita de árbol sin árbol,
una mano que explora,
el viento entre los dedos.

Se me ha olvidado caminar sin ti.
Se me ha olvidado para qué,
sirve la boca.

Vendrá otra Era.
Mientras llega,
me abrazo a los cojines del sofá,
y a oscuras,
me dejo llorar lo que me dueles.

¿Acaso el mar no es mar?
¿La piedra piedra?

Y claro que la vida nunca es justa.
Pero yo sí,
por cada lágrima,
me debo un paso más hacia delante,
por cada plato de comida que dejo enfriar sobre la mesa,
por cada pelo de la barba que me sale,
me debo la vida en otra parte.

Jarrita de agua fría


“No soy racista; pero...”
Ah...
Vaya.

No sé,
seré idiota;pero yo me bajo aquí, oiga.

O es que: “Me viene grande, perdona”.
Sí.
Pero perdónate tú,
que yo ando averiguando, la vida.

“¿Dónde estás cuando te necesito?”
Perdonándose.
Mira a tu alrededor, y llora.
Y luego haz tus deberes.

Tapadme la cara y os juro,
que volveré de mi tumba a por vosotros.
Y ahora,
disparad,
quiero besar el suelo de esta tierra,
quiero regarla con claveles.

Vendrán otros y os dirán,
qué sois.
Y aunque nunca os quedéis sin munición,
tampoco la razón dejará de parir,
verdades como puños.

17 de agosto de 2010

Y clavarte al centro de la tierra como un tótem



Me dejó en el espejo cómo amarla, pegado en el espejo, con un chicle, en una nota, con carmín, que decía, por escrito, más de otra vez lo mismo como siempre, más de sus ojos pidiéndome consuelo para el alma, si es que aún tenía, más de sus manos suplicando mis caricias y no otras, si no mías, más de su boca suspirando a la sombra del manzano una plegaria a las violetas, los lirios, el jazmín, más, que una nota, un testamento:
-Quiero ir contigo a misa cogida de la mano, si existe dios, tenemos que hacer cuentas.
-Quiero un beso en la ducha bajo el agua caliente.
-Quiero cenar bajo la luna, y que los grillos, canten y tú, me cuentes las estrellas mientras yo, te quito de la boca el cigarro.
-Quiero ponerle si es niña de nombre, María. No digas nada...no has visto su sonrisa, todavía.
-Quiero alargar la mano entre las sábanas, y estés tan cerca que sólo mueva un dedo.
-Quiero el Danubio. Aún no sé para qué. Quiero una noche Celta con música ambulante, quiero macetas de tomates, y que te manches de tierra conmigo las manos.
-Quiero que mires a la gente a los ojos y les digas, que yo soy tu única familia, que por mí, cruzarías el mar y matarías, y que sin mí, te morirías.
-Quiero que firmes aquí abajo que me amas, y saques del horno el pescado, mientras yo, descorcho un vino en el jardín.

Silverado



Se había enredado en la maleza y tenía el pico roto, y yo, que hacía ya ocho años, un día por la tarde había decidido que aún podía hacer cosas magníficas, lo tomé entre las manos y lo llevé a casa, cerca del pecho.
Recuerdo que aquél día por la tarde con acento, me bebí la última copa, brindando por el resto de mi vida, este latido que me mueve la camisa.

En cuanto a lo de hacer cosas magnificas, no supe lo que era hasta que dejé de pensar en mí. Fue por casualidad, otra tarde cualquiera de otro día, del mismo día, en que dentro de Michelle lloviera tanto que los mares se acabaran, el mismo, que me dijo mirándome a la cara, a la puta cara, que el niño no era mío, y que por eso, lloraba como un mezzosoprano, porque su padre era italiano de la Italia y el niño, cuando quería algo, en vez de pedirlo lo cantaba.
Y yo canto fatal, le dije, es verdad.
Luego me acerqué a ella y le dije también que la quería, y que el niño, aunque fuera cantante de opereta, se parecía ella, con esos ojos de alquitrán y esa sonrisa de ciruela, y después le pregunté: “¿Y le quieres?”, y ella me dijo: “Es italiano”, y yo, me fui a tomar café mientras ella hacía la maleta, y se iba por la ventana a la Toscana.
“Porque te amo”, le dije antes de cerrar la puerta, y porque, la camisa, me hacía olas, y en la barriga, se me había metido una feria, con norias y luces de colores, y niñas que jugaban a la comba y un teatro de títeres y un circo con mujeres barbudas y una bruja con escoba y en el cielo, guirnaldas de estrellas y una luna redonda como un globo, que Michelle, llevaba de la mano.
Me gustó.
Y descubrí que la vida, era otra cosa.

Se había enredado en la maleza y tenía el pico roto.
Era un pájaro pequeño, de ojos grandes y curiosos, y pronto, aprendió a creerse que la vida, aún era posible.
Comió migas de pan y de galletas hasta que, de entre mis manos, un miércoles temprano se puso a dar saltitos y llegó a la cocina. El jueves al salón, y otro día, lo encontré debajo de la cama, durmiendo en un zapato.
A la hora de comer, piaba, y las alitas, que para entonces ya se le habían llenado de nuevo de plumas, se movían y lo alzaban del suelo, unos pocos centímetros, unos pocos segundos.

Aunque sabes que un día llegará hasta la lámpara, y otro por fin cruzará la ventana y se perderá entre las nubes sin mirar atrás, le miras y en la cara, te surca una lágrima gorda, tonta y caliente, desde el rabillo del ojo hasta los labios, dejando tras de sí, cómo un caracol, un senderito de tristeza con ocaso y hojitas cayendo de los árboles.

La peor parte es la que viene, antes de abrir las manos, cuando le estás diciendo, que el mundo es malo, y que nadie va a quererle tanto como yo, y que el halcón existe, y las flechas y los rifles y los cables de las líneas telefónicas. Y abres la ventana.
Le daño un ala de un pellizco, y sus ojos enormes y atmosféricos, se llenan de agua y su garganta, de miedo y con el pico, se queja y me lastima el corazón, pero yo sigo, apretando hasta que sepa, antes de abrir las manos que allá fuera, nadie parará hasta que no se le rompan las alas.

Y abres las manos, y ves, por la ventana, como la vida era otra cosa, que esto que vemos, a simple vista.

10 de agosto de 2010

“No...sólo de ida”


Acabo de montarme en el tren de las once menos cuarto.
Pulso Play, y suena esa canción. Sweet, Sweet Home. Me ha salvado la vida tantas veces...
Esto se mueve.
El mundo pasa ante mis ojos a doscientos treinta y siete kilómetros por hora. Cuando se quede quieto, ya estaré tierra adentro, buscando con los ojos en el andén, bajo un sombrero borsalino, el resto de mi vida si dios quiere.
Hablé con dios un rato, esta mañana:
“No vengo a pedirte nada dios-le dije-, deja que esta vez, sea yo quien haga las cosas que me tocan”
Luego le dije, “¿Tienes fuego?”.
Pero no tenía.
Pienso en como he acabado en el asiento número cinco del vagón número nueve, en todo, lo que me ha traído hasta aquí, este momento, extraño.
Una vaca. Un río. Una fábrica de cemento. En el asiento de al lado una señora me pregunta que dónde voy, y me ofrece un caramelo.
No digo nada.
Sonrío.

Salió de una esquina, ¿no? Y aquello de sus ojos era un mar, y luego está lo del confeti, y lo de que, al timón, se hiciera capitana de mi vida de repente, y ese paseo en bicicleta, y su risa llenando sus pulmones y el tiempo detenido en los relojes, sólo para nosotros. Vida extra. Bonus track.
Y este tren y no otro.
Y las ganas que tengo de abrazarla.

Espero que me esté esperando con un cartelito de esos, como en los aeropuertos, que diga: “Quiéreme siempre. O no me quieras nunca. Qué bien, te has afeitado. Haz que el resto de mis días sean colores, y de mis noches, agua, y yo, te enseñaré a hacer huevos fritos y filetes de pollo a la plancha. Bájate de ese tren y suelta la maleta y bésame como nunca antes nadie me ha besado y no me sueltes de la mano, nunca más”
Aunque basta que diga: “Bienvenido”.
Espero que se halla hecho trenzas en el pelo.

9 de agosto de 2010

Dolor número trece, calle A ,estante de arriba


Para los patos sólo son migas de pan,
para mí otra tarde solo.
Como párpados se cierran,
las persianas de las tiendas,
los niños, se inflan,
y desaparecen cielo arriba como globos,
la hierba, se mece,
mientras la luz de las farolas amanece
y con la luz,
mi sombra viene,
a sentarse conmigo en este banco.

Rebusco en la sopa,
con la cuchara, aes y eses e ies o emes,
y en el borde del plato, con la cuchara,
escribo el onceavo mandamiento:
“Moriré solo, como una gota de lluvia contra el suelo”

La pared agrietada, las sábanas frías,
el mismo olor a, esta piel sin caricias,
a cenizas,
a los ojos abiertos,
a la voz de la radio,
a los grillos y el patio y el naranjo,
donde una mirla blanca me nana hasta que asomo
dentro mío.

Siempre sueño lo mismo,
la misma curva,
las mismas ganas,
de haber tenido alas y sacarla de allí
de entre las llamas.

Despertarse y buscar,
un signo de vida en las cortinas,
pasar por delante del espejo sin mirarse,
untar la mantequilla,
y sentarse a mirar las hormigas.

Llegar vivo a la tarde y con periódico,
al mismo banco donde espero a mi sombra,
mientras los patos se terminan la merienda,
que traigo en los bolsillos.

8 de agosto de 2010

Gaviotas


Miraba al techo. Sí, claro, más allá del techo, con las piernas cruzadas, como dios la trajo al mundo sobre las sábanas: “Me quiero hacer viejita contigo. Y cuando te mueras, meter tus huesos en una caja de zapatos debajo de la cama”.

“¿Y porque me tengo que morir yo antes?”, le contesté, y ella, mirando al techo, me lo dijo: “Porque fumas mucho”.

Fue porque, la dejé sola en un camino por ahí, por el campo, para hacerle la gracia de asustarla. Y lo hice.
Me escondí en unos matorrales, íbamos hablando así, por el camino, y con disimulo me fui quedando atrás hasta que me metí detrás de una adelfa.
Cuando asomé la cabeza, ella ya se había tapado la cara con las manos. Estaba allí, igual que la dejé, no hacía nada, sólo se tapaba la cara con las manos y parecía una silueta de cartulina negra, dibujada en el camino a las ocho de la tarde.
Salí de los matojos y me acerqué y al acercarme escuché sus sollozos como un pio pio dentro de sus manos.
La abracé, y le dije: “Perdona”.
Era un palito. Estaba tiesa.
No dijo nada en lo que quedaba de camino. Se arregló el pelo, se colocó bien el bolso, y siguió caminando hasta que llegamos a casa, a la cocina, al pasillo, a la cama , a oscuras, y, cuando terminó de rezar me dijo: “Ni cuando te mueras de fumar, vas a ser gracioso. Que descanses”.
Se dio la vuelta mientras yo, me arrastraba por mi lado de la cama.
Luego, pero al rato, me puso su tobillo en mi tobillo, e hizo Mmmmm, como si de verdad tuviera sueño, y si me acercaba lo suficiente y contenía mi respiración, la escuchaba susurrarle a la pared: “pero qué tonto es, pero qué tonto es”.



A la flor de mi solapa

7 de agosto de 2010

Archivo adjunto


“Quiero que te mueras”, me dijo.
Pensé: “sólo tiene ocho años”.
Aunque no supiera lo que era que alguien se muriera, lo que tenía claro, es que no quería que viniera más a recogerlo al colegio, con mis zapatos baratos y mis cajas de juguetes: el barco pirata de PlayMobil; el castillo de Drácula; una moto con luces...
“Mi padre nuevo tiene un barco de verdad”, me dijo.
“Y caballos”.

Su padre nuevo hacía puentes. De hierro. Y otras cosas. Tenía una oficina.
Yo no.

Fue triste.
Fue tan triste, que todavía es triste y que siempre será triste.
Aunque pasen los años y aprendas a perder. Porque a perder se aprende, como a todo.

Aprendí más cosas, además. Que nunca iba a hacer puentes; por ejemplo, y que cada segundo de esta vida es complicado, que nada es gratis, y que si siembras en el suelo una semilla, crece.

Con todas las espinas que tengo clavadas en el alma, me hice un peine como pude, un día, que hasta me eché colonia porque quería estar guapo antes de salir, a estar vivo.

5 de agosto de 2010

Volumen


“Ahora que estoy roto que se rompa todo.
Y si soy, cascabel, que se ilumine,
que todo me obedezca,
y entre mis manos como barro tome forma”.

Eso era antes,
de que yo fuera mundo,
y alguien, con las manos,
me diera forma de campana,
o cruz sobre colina,
a su antojo.

Todo es sin nosotros.

3 de agosto de 2010

Tengo derecho a llamar a un abogado

Porque me sale de los huevos, que así, dicho, suena mal.
Pero qué quieres; he vivido, y he visto. Hace tiempo que soy yo quien decide, lo que es o no hermoso, y tú, aunque a veces eres tonta de tu culo, eres un billete de cincuenta solito en el suelo, coño, qué suerte, pues sí, como un baulito, donde se mete la mano y se saca llena de caramelos, que podría ser de mierda, pero no, son caramelos, como el final de una película de esas con crema por encima, donde ella le besa, y a uno le dan ganas de vomitar, porque no eres el tío, a ti el tío te cae fatal, y te dan ganas de cagarte en su puta madre, porque es feliz con la chica entre sus brazos, me cago en su puta cara, porque no soy yo.
Pero tú tampoco eres la chica ¿sabes? Tú eres, tú, otra cosa, no sé exactamente en qué consiste; pero duele. A veces. Y aún así, me metería un palo por el culo por tenerte cerca, donde pueda escuchar como respiras.
Y no pienso arrastrarme, que lo sepas, no creo que quieras a un gusano, un zombi, un gilipollas sin futuro. Huy, lo de gilipollas es verdad, ¿y ahora?
Lo de gilipollas ya no tiene arreglo. Tú misma.
Lo del futuro, podemos hablarlo.
Y porque eres inteligente.
Fíjate si eres inteligente, que dejo que seas tú la que diga la última palabra, porque como el gilipollas soy yo, alguien tiene que pensar aquí. Y eso de que seas inteligente me viene de puta madre, la verdad, que si no lo fueras y tuvieras un florero en la cabeza con gardenias, lo mismo me daba.
Con ese culo, no me extraña.
Ojalá no adelgaces nunca. Sé que te encantaría, pero dónde iba yo a agarrarme en un naufragio, sí, deseo con toda mi alma que nunca adelgaces, marinear por tu espalda como una puta rata hasta tu cuello y morderte hasta que de la boca, te salgan babas.

Si alguna vez, ya sabes...déjame tus manos de recuerdo. Tus manos son mías. De nadie más, y menos, tuyas, tus manos, ya no te obedecen, para qué, me pregunto, iban a servirte sin mí.
Pero a mí sí, y tú, con otras manos, seguro que te apañas.

¿Quieres que sea un león, por cierto? Seré un león.
¿Te apetece machacarme la cabeza contra el suelo porque has perdido un pendiente?
Vale.
¿Quieres que me calle, quieres que me calle?
Ya sabes cómo.
¿Qué quieres? Me lo invento.
Pero si quieres que te quiera menos y peor, haré la maleta y me iré a tomar por culo, porque eso, es lo único que no puedo hacer, y aunque quisiera, y aunque hasta me saliera, no te lo mereces. La vida te debe demasiado. Tú misma te debes demasiado.

Quiero cosas contigo.
Quiero una ventana donde mirar la lluvia, que es la cosa más tonta del mundo; pero luego seguro que follamos.
Quiero que me hagas un sandwchich de tres pisos: uno de york, otro de queso y otro de lechuga.
Quiero un pato que se llame Manolo.
Quiero bajarte las bragas en un ascensor.
Quiero que no llores mi vida, que no llores nunca más.
Quiero tu saliva.
Y una cicatriz para mí solo.
Quiero que lo poco que soy sirva de algo, porque si no, ¿para qué he visto, y he vivido?

Vete a la mierda.
Cada vez que me preguntas que por qué te quiero, desconfías de ti, te haces pequeña y sabes, yo también merezco más, merezco que también seas, un león, que te dejes por mí los dientes en la acera, y le arañes la cara con los ojos a cualquiera que me mire como me miras tú, que sea tuyo y tuyo y tuyo y sienta, que soy importante.

Mira a tu alrededor, y dime si ves a alguien tan loco, tan pendiente de que nada te sofoque, de que brilles, de que...en fin, bueno, te meto cosas en la boca, cosas de comer y tú te dejas, criar como un canario y me chupas los dedos, te hago reír, y además te como el coño y no me canso. No sé. Me tocas mucho las pelotas con tanta preguntita.

Y además, te necesito: a mí no me hacen caso los taxistas, ni la cajera del súper, ni sé sonreír de esa manera, ni tengo tanto morro.

No hace tanto te mirabas al espejo, y apenas si encontrabas tu silueta, entre tanta nostalgia y soledad.
Mírate ahora, y dime, qué estoy haciendo mal.
No me voy a morir si no te quiero. Siempre me quedará París. Aunque sea en blanco y negro. Y la verdad es que sin ti, también soy algo y sirvo.
Pero si alguien me pregunta qué es la cosa que más quiero de este mundo, le voy a decir que a ti, y si me pregunta que por qué, lo va a flipar, porque lo único que pienso contestar, es “Vive mi vida y cuando vuelvas, te lo explico”.

Ahora voy a encender un cigarro y voy a pasar de ti tres pueblos.
No soy tu esclavo, y no quiero pasar el resto de mi vida fustigado por tus dudas.
Si te apetece, me dices por qué me quieres tú, que eres, tan inteligente.
O haz lo que te de la gana, que es lo que haces siempre.
Joder, por eso te quiero, no me acordaba.

He dicho muchos tacos, ¿me perdonas?

La niebla de Belgrado en los peldaños


Un coro de gibones en el cielo y en el suelo,
las uñas de mis pies rascando la corteza terrestre:
Shangri-La es tan real como Manhattan,
yo la he visto, surgir ante mis ojos de la niebla.

Lo que se cree se crea y luego estalla
en la cara como una granada,
y de esa luz,
se respira y se vive,
mientras tengas fe.

Viendo río arriba saltar a los salmones me pregunto,
si el sentido de la vida es sólo ser,
o sólo caminar,
y no otear el horizonte buscando la quinta dimensión.

No tengo una respuesta para todo,
por eso soy feliz, a mi manera,
incauto y descuidado del futuro:
esa esquina con viento que doblo a cada instante.

Ahora es la palabra y más tarde: lo incierto,
que me llama con su voz de sirena,
y a lo que acudo porque lo incierto siempre
está delante, en mitad del camino, tan al norte.

O no y dejarme, pudrir sobre la estepa
de una ciudad de antenas parabólicas,
donde nadie me pregunte si tengo,
cosas dentro.

Prefiero el surco de los osos polares,
dibujando siluetas en el hielo;
el batir de las alas de las moscas al calor
de las calles de Bizancio un mediodía;
que me aniden en el ala del sombrero,
las mariposas amazónicas;
ver cómo cruzan el océano
triángulos perfectos de aves;
usar de espejo un charco y afeitarme,
mientras suenan las campanas de una iglesia eslovaca,
prefiero ser, hacia delante,
mientras exista un norte y tan al norte,
en lo incierto, estar vivo.

2 de agosto de 2010

Siniestro total


Vladimir Stylo era un ruso de madre turca que había conocido en Münstergasse, y del que me habían contado, que antes, mataba gente por dinero.
De lejos, daba miedo.
De cerca, ya te habías ido.
Mejor de lejos.

Tuvimos una bronca en la Patisserie, Fredo y yo, de sillas voladoras y ceniceros en los dientes y mucha mucha policía, y estábamos, tan borrachos, que cuando paramos de correr porque ya no se escuchaban las sirenas, ni nos dimos cuenta de por donde había salido el ruso, hasta que no dejamos de vomitar paquetes de tabaco.

“Si queréis os saco de aquí”-dijo, desde el Camaro.
Decía que si alguien le hacía alguna vez un rasguño a su Camaro, primero, mataría a su gato, y si no tenía, a su mujer, pero si tenía, primero al gato, decía, que le iba a meter los dedos por la nariz y se los iba a sacar por los ojos y lo iba a levantar en el aire y se lo iba a ofrecer al Dios de los Camaros, porque un Camaro, no es un coche, decía, es un mito, algo único, que vosotros, nunca entenderéis.

Yo mire a Fredo y Fredo a mí y estábamos pensando lo mismo: que mejor lejos, que mejor nos buscábamos la vida, los dos, Fredo y yo, lejos, mejor lejos.
Y entonces volvieron a sonar las sirenas y empezaron a encenderse las luces de los portales de las casas y cuando nos dimos cuenta, que fue tarde, ya íbamos a ciento setenta kilómetros por hora por la autopista que llevaba a Basel.

El ruso no dijo una mierda en todo el camino.
Parecía una puta estatua, bajo la luz de la luna y los semáforos en ámbar, pero cuando paramos, y se bajó del coche, resulta que hablaba, y dijo, “Desde aquí, es cosa vuestra”, y dio tres pasos y dijo también: “Pero si queréis, tengo una partida en casa de mi primo”.
Su primo, hacía timbas con la vida.
Cualquiera, podía ponerse una pistola en la sienes y apretar el gatillo, sólo tenías que poner doscientos francos encima de la mesa. Si fallabas, las tres, te ibas a casa con mucho dinero.

No teníamos doscientos francos.
Y además Fredo amaba Italia.
Pero yo no. Ni amaba el Sol ni las estrellas ni mis manos ni las fuentes de agua ni a los niños los gatos o esos pastelitos con forma de caracola ni nada de este mundo que no tuviera forma de botella y me hiciera olvidar que hubo un día, alguna vez, en el que tenía importancia mearse en los pantalones, porque si me acordaba de ese día, alguna vez, me acordaría de ella, que lo era, todo.

“Si ganas, a medias”, me dijo el ruso. Y me puso los doscientos en la mano.

Había mucho humo. Había rubias que se habían teñido el pelo tantas veces, que de verdad se creían que eran rubias y se llamaban Michelle, había veteranos del alba con la cara cortada y un puro entre los labios, había un enano, y seis tíos y una mujer con los ojos verdes sentados en una mesa redonda, y en el centro, una enorme pistola color plata bajo la luz de una mierda de bombilla, que lo único que alumbraba, era el miedo, y los zapatos de charol del primo del ruso.

“Le dais la vuelta así al tambor, lo cerráis, y apretáis el gatillo. El dinero de la mesa, se lo lleva el primero que falle tres veces”.

La mujer de los ojos verdes, que se llamaba Bernardette, con dos tes, me dijo, que tenía tres hijos, y que por eso estaba allí a ver si a ver si, con un poco de suerte. Aquello hizo click, y vi cómo la gente, dio un respingo para atrás y ella, ni siquiera pestañeó. Porque tenía tres hijos, decía.

“¿Y tú?”, me preguntó ella, antes de ponerme en la cabeza la punta humeante de aquella cosa enorme que olía a rueda de de camión, y yo le dije, “No lo sé”, y luego, hizo click, aquello, la primera de tres.
No sentí nada, ni rabia, ni ternura, ni quise acordarme de mi infancia, ni decirle adiós a Fredo, que amaba Italia y me miraba con cara de asustado desde el fondo, ni quise, otra cosa que no fuera, que ella me estuviera esperando donde siempre.

“Ya voy, amor”, dije en voz alta, y todos se agacharon por si acaso, en el segundo click, no tenía tanta suerte.

Algunos, antes del tercer click se levantaban, y se iban con la cara entre las manos y llorando a la calle, y se arrojaban bajo las ruedas de un coche a los tres días. Otros, se quedaban mirando la pistola, bajo la luz de una mierda de bombilla.

Cuando salimos a la calle, Fredo, me preguntó que qué había visto, y yo, que en el tercer click no había visto nada, me inventé, que una Luz Cegadora, tan hermosa, que la veías con los ojos cerrados.

Nos gastamos casi todo aquella noche, en el mejor hotel de la ciudad, pidiendo champán por el teléfono y jugando a los médicos con dos enfermeras, que lo curaban todo.

1 de agosto de 2010

Acaso me depare


Que cosa tan horrible, Aranda,
me pasa,
que no soy feliz,
que no conyugo conmigo si no es para,
delinquirme,
sobornar mis escrúpulos,
ay Aranda cuando era,
menos civilizado, más astuto,
y no esto, haz memoria,
de las tardes que pasamos devorando
aquellos libros,
el horizonte Aranda:
el horizonte era nuestra próxima meta,
sí, me pasa,
que me he traicionado,
que cobro demasiado,
que ya no me preocupo,
de nadie,
me pasa que,
me limpio el culo con dinero,
y el alma
con unas vacaciones en Jamaica,
y,
luego lloro, lloro mucho Aranda.
Por los niños que mato cuando firmo
una fusión empresarial,
por,
te decía que...no importa,
tú aquí, en el pueblo, Aranda,
no sabes de extramatrimoniales,
ni de piscinas cubiertas ni césped importado,
tú, amigo mío,
sabes de berzas y gallinas,
sabías, quise decir,
perdona,
pero no me acostumbro,
a hablarle a una losa con tu nombre,
ni a este trinar de pájaros oscuros
ni al negro de la ropa que me he puesto, Aranda,
para tu entierro.