31 de octubre de 2010

The Groove


Hoy en los charcos de la pista de basket
había hojitas
flotando boca arriba medio muertas, quise,
de repente, abrazar otra vez a mi padre,
estrechar su cabeza,
contra mi pecho,
y aligerarle peso al equipaje
de sus ojos que se iban.

Había un perro meando en un árbol.
Sólo tenía tres patas y su dueño,
lo llamaba Bitter, que llueve, coño, mea ya.
Y había yo, sentado en un banco, hoy, de madera de haya,
y un cigarro mojado cayendo de mis labios
al suelo de alquitrán.

Y de repente me he acordado de las tetas de Alicia.
De los doce años.
De las tormentas de verano debajo de un chaleco los dos juntos
corriendo a los portales.
De su aparato dental.
De cómo su madre, en la merienda, nos untaba
en el pan el tulipán.

Ha sido bonito. Había agua,
Aunque hubiera sido más bonito estando seco.
Menos, no solo, incompleto, se apreciaba,
observando brevemente,
a un tipo haciendo el gilipollas debajo de la lluvia
sin paraguas.

Y de repente, tú,
y que si un cubo por encima de ácido,
era el olvido, y yo, había,
mientras tanto de repente,
robádote un beso de la cara.

Había viento
y de repente,
le pregunté si sabía por qué las cajeras,
de Mercadona,
se pintaban los labios de Red Swing.

29 de octubre de 2010

Very very bad


Lo tiré dentro mientras ella miraba mis botas de piel de lagarto con punteras de plata con sus ojos de miel de niña con coletas. Hizo plop y desapareció hacia el fondo de la taza.
“¿Qué haces?”.
No contesté. Obviamente, mi cerebro, tan temprano y sin afeitar, redujo a una simple mirada lo que en realidad quería decir, nada, no hago nada, que te vas a venir conmigo ahora- no puedo, no puedo, decían sus ojos color miel de niña con coletas y falda plisada-, y te voy a follar como anoche, a cuatro patas, y otro día, te metes a monja.
Que es lo que me estaba contando.
Eres un animal, decían sus ojos color miel de niña con coletas y falda plisada y en la boca, una piruleta. Una mala bestia. Me duelen el coño y las rodillas. Y no me gusta que me escupan a la cara, decían sus ojos color miel de niña con coletas y falda plisada y en la boca, una piruleta, y en las bragas, lava de volcán.

"Paga y nos vamos"- le corté el paso.

Tenía ojeras. Yo unas ganas terribles de más de aquella cosa que tenía entre las piernas, tan dulce, tan suave, tan nuevo como un juguete el día de reyes.
A monja. Con diecinueve años a monja. Y una mierda, le dije, y cogimos un taxi en la esquina, mientras a su reloj se le llenaban los pulmones de café torrefacto, y a ella, los muslos de un caldo como babas, de caracol.

Grillos


Y hablarte del cielo y sus estrellas y engañarte
señalando planetas que me invento que se llaman
no sé como;
pero suenan bonitos y tú sigues con los ojos las estelas
que dejo en el humo del cigarro,
cuando te muestro una constelación,
mientras mi brazo resbala por tu hombro
y te acerco unos centímetros a mí para hablarte al oído de...,
una galaxia tan lejana, que ni la ves, que entornas los ojos como ascuas,
y me preguntas que por dónde y yo te digo: aquí,
en esta boca mía y tú,
que mía no,
y me muerdes y las velas,
bailan zig zags y una marea,
de luces y de sombras nos recuerdan
lo frágil
que es el amor sin un volumen,
un sabor que ponerle, una cadencia,
un rostro.
Calor.
Y me besas.
Y con tu beso, me hago media vida.

28 de octubre de 2010

Bordado en raso


Si tienes alma,
la buscaré en otra ocasión, ahora,
batállame la polla hasta que rompa a arder
y cállame la lava en que me hundo por tus carnes,
de potra y déjame que amase tu culo como al pan,
mío de cada día.

Más anoches, quiero, contigo flor,
la rosa de mármol de una diosa Diamada,
Efesa y de cabellos trenzados sobre el hombro.

Y yo tierra y tú agua y convertirnos en fango.

Un bastón seguramente, que arrastre por la acera,
un pájaro que cante, pastillas para el calcio,
cartas,
que me mandé cuando era joven,
pero ahora,
salta sobre mí como una fiera,
y cómeme los huesos y todo el mecanismo
que tu hambre disponga a su paso.

Dime cosas guarras con la punta de los dedos,
ponte a ocho patas,
y yo te sembraré de flores blancas la garganta.
Luego iremos a cenar a una hoja de nenúfar,
y me hablarás de Asia, y los campos de refugiados
y tu proyecto Isthar,
convencida de que el mundo sólo pasa un mal trago.
Estás preciosa, te diré.
Tomarás un avión.
Tal vez, no vuelva a verte.

25 de octubre de 2010

Bienvenidos a Crossroad


“Si adivinas lo que tengo en esta mano,
te amaré para siempre”.

¿Qué cabe dentro de una mano pequeña?
Un Mar no, desde luego.
Aunque nunca se sabe.
Con ella no.
¿Y si es un Mar?
¿Una goleta?
¿Ítaca?
Coño, qué estoy diciendo.

A lo sumo, cabe un dedal,
un billete de metro;
una ciruela, una horquilla del pelo;
las llaves del garaje;
arena, un tapón de Coca-cola;
cerillas,
un...
¿y si es un Mar?
¿Un helicóptero?
¿Un rinoceronte?

“Y además, te la chupo”

Piensa tío, piensa...

Lalarí lalará


-¿Y tú qué hiciste?

-Me quité las bragas.

-Sin saber ni su nombre, hala, así, con dos cojones. Sí señor: esa es mi Sonia.

-Te digo que cuando lo veas, lo vas a flipar.

-O sea....no, o sea no. Que estás gilipollas vamos. Que conoces a un tío subiendo el ascensor, y cuando llegas al octavo llevas las bragas por el suelo. Y lo demás ni me lo cuentes. Y has quedado con él a las cinco. Guay. Eres una crack. Yo a tu lado soy una mierda vamos. A mí Manolo se me pone en pelotas en un ascensor y le meto una hostia que alucinas.

-A las cinco y media.

-Lo de que no me lo cuentes era broma. Me lo cuentas.

-No me creerías. Pa qué. Tienes que verlo.

-Y una mierda.

-Vale. Yo te lo cuento. Pero no te lo vas a creer.
Resulta que venía yo del súper y …-diez minutos más tarde-...¿no vas a decir nada?

-¿Em?

-Haces mala cara.

-¿Y en serio te hizo eso?

-Con el dedo gordo.

-Cuéntamelo otra vez.

-Resulta que venía yo del súper y...

24 de octubre de 2010

Al norte, más al norte


Proceso mental de un tipo cualquiera:
“Si le digo, que una mujer,
quedaría de lujo”.

“¿Qué ves cuando me miras?”

Lo ha preguntado porque,
la estaba mirando.
Es obvio;
pero tenía que decirlo.

Inclinación genética al onanismo durante el tal proceso:
“Pero coño,
me gustaría tanto decirle la verdad”

La verdad es que,
a él le gusta ella porque ella es preciosa,
una de esas chicas con algo en la mirada
y un culo de muerte.
Si fuera fea,
la iba a querer su puta madre.

Vista panorámica del individuo:
“Está muy bien eso de, hablar y,
conectar y,
a quién
coño
quiero engañar...
Me van el cuero y las uñas afiladas”.

Redoble de tambores-tipo abre la boca y bla bla bla-:
“Sabes,
veo...”

Y entonces ella le ha besado.
Le ha desatado de toda esa mierda que les une:
“Fóllame”.
De toda esa quimera del amor sin condiciones.
Del mástil donde se fusila a los cobardes:
“Tu y yo, mi vida, somos pájaros”.

22 de octubre de 2010

Mother liquid love


-¿Está muerta?

-No sé. Tócala.

-Tócala tú. ¿Cuántos litros de sangre tiene una mamá?

-No sé. Cuarenta creo. Un montón. Voy por acuarelas.

-¿Para qué?

-La voy a pintar. Le voy a pintar mariposas en la cara. Y los labios con rojo y los ojos con verde y las uñas con rosa y...azul no tengo. Siempre me gastas el azul. Cuando mamá se despierte se lo voy a decir. Que siempre me gastas el azul.

-A lo mejor no se despierta.

-¿Y qué vamos a comer? Yo tengo hambre.

-Podemos llamar a papá.

-¿Qué es un papá?

-¿No te acuerdas?

-No sé. ¿Sabe hacer tartas? ¿Y contar cuentos? Mamá sabe.

-No se mueve. La aguja grande está en la diez y la pequeña en las nueve y no se mueve, y cuando la aguja grande está en las diez y la pequeña en las nueve siempre está poniendo la mesa. Y luego comemos. Y más luego nos pone el pijama y tenemos que lavarnos los dientes.

-¿Si hoy no comemos también tenemos que lavarnos los dientes?


21 de octubre de 2010

No te quedes sola


Nuria tenía un desnivel en el cerebro, y una pelota de pin-pong en cada ojo.
Durante un tiempo Alfredo pudo conservar la casa como estaba- cada mueble en su sitio, cada plato entero, cada camisa sin un agujero de cigarro-, al principio, hasta que a Nuria el brote que le había crecido en la cabeza empezara a comérsela por dentro.
Durante un tiempo, hasta tuvo colgado su diploma de geóloga de un clavo en la pared, y sentados enfrente, él intentaba traerla de vuelta a este mundo contándole las veces en las que habían estado en las tripas de la tierra juntos, buscando respuestas en las piedras, del porqué de las cosas de este mundo y los volcanes y las grandes ensenadas y las grietas del ártico, y en las entrañas, habían escuchado latir el corazón del planeta.
Luego, desde el día en el que Nuria se le paró delante con un montón de heces envueltas en su diploma de geóloga y le dijo “Somos esto. No lo estropees”, la casa, poco a poco, se volvió del revés.
Empezó a oler a tubos abiertos de pastillas y a meado caliente y a comida en el suelo, y a Nuria, tenía que encontrarla sentada en el alfeizar de la ventana. Entonces se acercaba por detrás y suavemente, la agarraba por el vientre y en silencio con los ojos la llamaba amada mía, y ella, escupiéndole a la cara, le contestaba que si tanto la quería, la tirara hacía arriba como una paloma, y la viera alejarse entre las nubes, blanca, como un copo de nieve.
Se orinaba en el suelo, en cualquier parte, tras las puertas, en los cajones, debajo de la cama. Alfredo se había acostumbrado a dormir en un sofá de orejas grandes, porque con ella, se despertaba envuelto en arañazos y con marcas de cigarro en las costillas. Pero dormía cerca, porque a Nuria, los sueños la azotaban y del nervio, se mordía dormida las uñas hasta el hueso, y sangraba las sábanas y tosía blasfemias de saliva negra casi y, de atenazarse, el fémur le crujía y daba miedo verla así, de madrugada, partida en dos como la quilla de un naufragio, rota, opaca, desubicada.
Cuando los rayos se le iban, Alfredo la arropaba, y le sembraba la frente de besos tan pequeños, como cabezas de alfileres.
“¿Aún sigues aquí?”, solía decir Nuria, desde la más absoluta oscuridad.

20 de octubre de 2010

Los ojos azules de Marina


Lo primero que Marina hacía al despertarse era apostar al rojo de sus labios: “Voy a romper la pana”, le decía a su espejo ovalado, de mano, rosa.
“Soy única, lo sé”. Luego sonreía, y el mundo se iluminaba.
Marina tenía diecinueve años, y obesidad mórbida.
Cuando llegó a los ciento treinta y nueve kilos dejó de creer en el amor.
Cuando sus ciento treinta y nueve kilos pasaron a la historia y hubo que reforzar la cama con vigas y el váter con un pie de hormigón y ensanchar la puerta de su habitación veinte centímetros, lo único en lo que realmente creía Marina, era en que a cada segundo de su vida le seguía otro.
Tenía llagas, abiertas como puertas al infierno en las axilas, detrás de las rodillas y en el cuello, o lo que fuera aquello que le unía al cuerpo la cabeza. Tenía los tobillos tan hinchados, que en vez de calcetines, cuando el frío, usaba tiras de papel burbujitas, porque con la estufa, ya habían salido ardiendo los flecos de la colcha, tres veces.
“¿Es esto la vida?”, se preguntó en voz baja, una vez. Y a las cinco semanas de estar dándole vueltas y más vueltas, dijo que sí, se durmió, y al día siguiente llamó a la peluquera para que le hiciera trencitas de esas de colores en el pelo.
Se puso un piercing en la lengua. Un tatuaje en una teta que ponía “Barlovento”, y nadie sabe para qué, se compró un libro en alemán, y metió una rosa dentro.

18 de octubre de 2010

La hostia que me di contra el bordillo


Las paredes de aquel sitio estaban impregnadas de la verdadera condición del alma humana, fuera la que fuera, y lo habían visto todo. Supongo que a aquél lugar siempre lo había apadrinado la penumbra; nunca vi la luz del sol, como si la umbría que caía a chorros desde el techo sobre nosotros, le hubiera crecido desde dentro.
Vi gente allí llorar de risa, fuera de este mundo casi, riendo y mordiendo setas que una japonesa había traído desde Nao-Sen-Gint, una noche, no la recuerdo, riendo como si el mundo fuera acabarse y hubiera que celebrarlo. Libres. Así se veían a través del cristal de las copas y los brindis, unos a otros. Todo era humo, también, y lógicamente, se fumaba cualquier cosa, aunque siempre era bueno, y nunca nadie había estado tan cerca de sí mismo ni de nadie, que entre aquel olor a hierba, sudor y jazz.
Fuera, en la calle, justo en la puerta de al lado, tres putas abrían el negocio sentadas en tres sillas de enea sobre las once de la noche, y cuando los últimos cerrábamos La Petit, aún seguían allí, como tres esfinges, esperando la salida de un sol, que a nosotros, recién paridos a la calle, nos aterraba, como todo lo desconocido.

Vi gente secuestrada en los lavabos por el puto amor. Gente comiéndose la boca con hambres que eran muy muy antiguas. Devorándose. Hombres con hombres y mujeres con mujeres y algunos solos consigo, dejándose caer a precipicios que jamás habrían podido suceder si no entre aquellos azulejos y cisternas y urinarios.

Había, un tipo que, se quedaba dormido a menudo en un rincón del local, y que había decidido, bautizar el resto de su vida con el nombre de una novia, que, era obvio, no era más, desde no parecía hacer demasiado, que una tremenda borrachera de licor 43 tras otra, y unos porros tan enormes que había que ayudarlo a saber quién era a los cinco minutos de encenderlos. Nunca oí su voz. No creo que tuviera nada que decir excepto: mierda.

...contemplando aquel tamborileo de pies, como absorto, imantado: manadas y manadas de pies, al compás que marcaba un saxofonista senegalés alto como un ciprés y con una magníficas manos que parecían hechas de un mineral brillante y duro, y que se movían como murciélagos a lo largo del metal hasta que de allí le brotaban los bemoles y las corcheas como insectos pequeños y fructíferos, y se le metían a uno por debajo de las uñas hasta dentro y hasta el fondo. Y te lamía, y te hacía sentir alguien, por algunos momentos.

15 de octubre de 2010

Pa haberse matao


Esrou escribiernfo con los odoas veffasdpds.

Y ahora estoy escribiendo con los ojos abiertos.

No hace falta que busques, la siete diferencias,
joder.

Con los ojos cerrados, te veo; pero ¿eres tú?
o eres alfoi ue imagiubino.
Da igual.
Te veo.

Con los ojos abiertos,
Matias Prat está diciendo que han muerto,
veintinueve personas en Iraq.

Qué importa, si todo esto que veo ya no existe,
ya sabes,
una casita blanca, ropa en el suelo,
tus, zapatos
donde abiertos, sólo veo un hormiguero.

Abiertos, los espejos, son borrachos que escupen la verdad;
la ciudad, una furcia que prefiere que le den por detrás
a que la besen; los charcos,
agua sucia reflejando las luces de los taxis;
y el callejón donde rompimos lo que fuimos,
-sí claro, en mil pedazos, cuántos si no -
un ataúd mal alumbrado donde
van a morir las ratas, de esta puta ciudad.

Cerrados la cosecha,
de abrazos tú y yo sobre las sábanas, praderas,
de nuestra piel cortada como hierba y la ventana,
respirando jazmines, cerrados una dalia,
creciéndote en las manos para mí.

Abiertos la certeza,
de que a mis salmos y oraciones y blasfemias y mis súplicas,
sólo contestan los felinos,
y la vecina del ático:
“Olvídala, a ver si se puede dormir en este barrio, coño, ya”.

13 de octubre de 2010

El efecto Faraday


Miraba la delgada línea divisoria-el pelo al viento-,
entre la atmósfera,
y toda ese agua.

Montó una barricada a sus espaldas,
de arena, conchas marinas y al pretérito,
sentada con los pies colgando del embarcadero,
lo puso a macerar a fuego lento:
“Devuélveme los trozos que me faltan”.

Alguien de azul, balanceándose,
en los acordes de la espuma y de las
gotas microscópicas, la sal, los rizos que del mar,
rompen al precipicio de la orilla.
Azul y con la piel dispuesta y rota, a la intemperie.
De quien quiera que fuese que quisiera,
desanclarla,
subirla y bajarla de las olas,
y si era temible, como él,
inventarla otra vez de madrugada,
más azul que nunca y más calmada,
más plácida, feliz y sosegada,
más sin miedo a los hombres, los perros, los insectos,
más entre los brazos de otro alguien que sin ella, como él,
fuera alguien,
alguien como un viento que del pelo la ondeara.

Llegó el ocaso, la tiniebla y el frío
-“¿Quién me pondrá un jersey de lana ahora como él?”-,
la atmósfera, se unió con la marea,
y en un largo e idílico abanico de colores,
le dio un beso de muerte y desamparo y oscuro como un faro,
sin luces ni cristales ni conciencia de que una vez fue faro.
Llegaron las luciérnagas casiopes, la Osa, las esfinges,
de Acuarius y Orión,
y tras la calma: la tormenta.
Los rayos centrífugos del tiempo que pasaba y el eco,
del eco del eco,
llamándola a la puerta de sus ganas:
“Todas las grietas de mis labios, son culpa tuya”

Y caminó bajo el ruido del motor de los aviones que pasaban,
y los coches.
Y llegó a casa.
Y se encerró en el interior de una tetera,
a escuchar como el poniente le traía,
desde lejos su voz de mercader:
“Si me robas un beso,
con la lengua,
te hago un laberinto en ca-da vér-te-bra,
la inicial de tu nombre con saliva
en esa branquia tuya tú, en esa orquídea,
un beso,
y descubro el telón que te recubre,
hasta que de los huesos, tu zumo caiga al suelo,
y todo esto se inunde”.

11 de octubre de 2010

Ya te digo...


Miro las putas nubes.
Me pregunto por qué coño tengo que sentir algo mirando las putas nubes.
Tengo frío.
No he comido nada en todo el día,
y seguramente llueva
mientras regreso del trabajo a casa en bicicleta
por un carril de mierda plagado de,
matojos,
y coches,
mal aparcados o,
peatones
que invaden mi camino.

Pero me gustan las nubes.
Me sale de los huevos,
no tengo,
otro motivo.

Hay un tío
parado en la rotonda.
Quieto, el cabrón,
en mitad de la noche.
Mirando al suelo como si
lo hubiera perdido absolutamente todo.

Un kilómetro delante,
una niña arrastra un microondas,
del cable,
por el paso de cebra
hasta la otra orilla de la calle.

Y luego las he visto.
Cogidas de la mano.
Riendo.
No tendrán ni los quince,
y ya son heroínas que se besan,
mientras esperan el semáforo.
Una es pequeña como un pétalo.
La otra, lleva unas botas altas de Milano,
muy altas y,
un reloj enorme en la muñeca izquierda.

Ha sido hermoso.

Llueve.
Lo sabía.

8 de octubre de 2010

Y una barba de tres días


Rocío es maricón, así, con dos cojones. Lleva el pelo recogido atrás en una cola de caballo, tan tirante, que le borra las arrugas de la frente, y sólo se lo suelta, para imitar a la Jurado en el segundo pase del S'palas, una sala de fiestas de un polígono industrial donde lo mismo para un camionero, el presidente de la comunidad del barrio Los Mercheles, o el cura de la ermita de Arosana, con monaguillo incluido colgándole del brazo.
Rocío también cose. Para la calle. Fundas de almohadas; cojines; bajos de faldas, pantalones y ropa camilla; cortinas, y un largo etc de te cobro lo que vale, ni más, ni menos.
Si a Rocío le hablas de la Virgen del Carmen, se ilumina como una lamparita, si le hablas mal, la voz le cambia y desde el fondo de una cueva te lo advierte: “Si tienes huevos, dilo otra vez”.
Tiene la casa que da gloria, de cuadros y estampitas y postales, de la del Carmen y de otras, de San Benitos, de Fray escobas...

“¡Ay!”, la escucho suspirar mientras cuelga en el balcón de un clavo, una jaula con pájaro amarillo.

Rocío tiene tetas. “Ven, mira, toca”, me dijo un día. Y le puse una teta, sin querer, debajo del sobaco: “Son calcetines, que las de silicona, me las están haciendo todavía”.
Lo que pasa es que a Rocío le dan miedo los quirófanos. Tiene una raja desde el tórax al ombligo, de al menos tres centímetros de ancho. De cuando casi que se muere. Y otra en la cabeza, de una botella, de cuando casi que la matan.
Que la calle es muy perra. De eso. Porque antes Rocío, cuando era más joven, hacía la calle de nueve de la noche a seis de la mañana.
A Rocío le gustan los morenos. Y si llevan corbata, la lengua se la pasa Rocío por los labios y los ojos le hacen chirivitas y la escuchas decir, del todo ida, que vaya mamazo que le daba, que un hombre así, qué golfo, ay virgencita, quiero yo para mí, que me lleve a la playa y me abra la puerta del coche y me invite a comer gambas sentada en la mejor mesa de un restaurante con carta de bordes dorados y manteles de cuadritos verdes y blancos, qué guapo, qué perfil, qué polla que tiene que tener, con esas manos, mira qué manos, que parecen, llaves inglesas de máquinas de barco.

A Rocío, cuando llora, el rimel le llega a los tacones.
La gente, qué mala es, va diciendo algunas veces calle abajo.
Y cuando ríe, le brilla el diente de oro que le regaló un señor francés que hasta quería casarse con ella, y todo: “No me imagino yo, de señora de nadie, con esta cara”. Y lo mandó a tomar por culo, porque, si le hubiera dicho la ilusión que le hacía dormir en una cama con sábanas de raso y junto a un hombre que olía a limpio y se afeitaba con espuma de sales perfumadas, le hubiera hecho más daño, seguramente.

“¡Ay!, la escucho suspirar subiendo la escalera, descalza, con los tacones en la mano.

7 de octubre de 2010

Cal viva


Cuando era pequeño, todo, me parecía muy grande.
El día que estaba sentado con mi hermana en el bordillo de la acera, por ejemplo, frente al portal de la casa de vecinos, y pasaron los caballos que iban a la feria. Qué hermosos animales, qué bestias mitológicas de largas y esbeltas cabelleras y lomos tan brillantes como un charco de vino, qué sonido el de los cascos, sobre el asfalto, qué ojos, tan redondos como bolas de billar.
Y de los cables de la luz, colgando, los paracaidistas de plástico que compraba en el quiosco de Doña Merche, con el dinero que la abuela nos daba de un bolsillo de su delantal. Los tiraba tal alto hacia arriba, que terminaban enredándose en lo que a mí, me parecía la frontera entre este mundo, y el cielo.
Un día, le vi la polla a mi padre, porque a veces llovía, y como había que salir al patio para ir al único baño de la vecindad, mi padre meaba en un cubo que luego dejaba detrás de la puerta. Me pareció enorme, como un tronco, del que salía un chorro que hacía mucho ruido de tejados sobre el zinc de aquel cacharro que olía a cerveza y amoniaco.
Hasta el amor me parecía grande.
Manolita y Sebastián se hablaban a las seis de la tarde de todos los domingos por una ventana con reja pintada de verde carruaje. Se cogían la mano, se daban besitos, y cuando se encendían las farolas de la calle Pastora, a Manolita, se la tragaba la penumbra de una bombilla moribunda en la salita, y Sebastián, se abrochaba el cuello de la pelliza, y se iba calle abajo a coger el autobús a su pueblo, que estaba a siete horas de viaje.

La tapia del colegio de las niñas; las moscas a la hora de la siesta; las manos de mi profe de mates, cruzándome la cara; el cajón del altillo, donde mi padre guardaba fotos guarras y almanaques, con mujeres desnudas y revistas de Alemania...todo era grande.
La luna era grande y me seguía a todas partes. El Mar era un planeta desbocado, con orillas cuajadas de sombrillas y señoras con pamelas y niños con pelotas y castillos de arena, un planeta dos horas cerrado para hacer la digestión, de una tortilla de patatas también grande, como la rueda de un camión.

Tenía dos pistolas y una placa de sheriff, un sombrero de fieltro y una cartuchera hasta las trancas, de balas, que rebotaban en el culo de mis primos y se perdían debajo del sofá. Tenía un tío materno con bigote y el pelo cortado a lo yeyé, como los Beatles, y que tenía un Austin-Morris color rojo, con un radiocasette de ocho pistas. Tenía un libro gordo, que un vendedor de enciclopedias, había olvidado venir a recoger porque en mi casa, sólo se leían las facturas y las cartas que mi tía Dolores, que vivía en Barcelona y trabajaba enlatando aceitunas, mandaba por navidad. Un libro con dibujos de secuoyas, dinosaurios y tigres de dientes de sable, con fotos de Mercurio y las Ganímedes, y un montón de letras, muy bonitas. Tenía una bolsa repleta de canicas, que llevaba colgando, del cinturón; tenía unos zapatos con las suelas, tan gordas, que si pisaba un charco, flotaba como un barco.

6 de octubre de 2010

Estirpes


En el barrio, si no te hacías respetar, a lo veinte, estabas muerto.
Los del Sapo lo sabían, y habían decidido vivir mucho, mucho tiempo.
Solían salir de las esquinas, siendo aún niños, y preguntarte, que si pellizco, o pinchazo.
Eso quería decir, que podías elegir entre que te sacaran un trozo de carne con unos alicates, o te clavaran en el muslo doce centímetros de destornillador de punta plana.
Casi todo el mundo elegía lo primero, porque si te daban en el hueso con toda aquella herrumbre, te quedabas cojo para toda la vida, y dicen, que al Paquito, le desinflaron un huevo porque estaba muy oscuro y a los del Sapo se les fue el santo al cielo.
A los quince, los del Sapo, te cosían a balazos en medio de la calle.

Los del Sapo tenían una hermana: la Lucía.
La Lucía era una estrella que brillaba día y noche entre toda aquella mierda.
Era bonita como ella sola, y nunca te miraba a los ojos.

“Mi hermana dice que le gustas para novio”, me dijo el Sapo, el Antonio, el más Sapo de todos, y yo, le dije que si no la conocía, que yo era esto, que era lo otro, y que la Lucía, que era una mujer de las de antes, seguro que se merecía, otra cosa, más grande, que era una Sapo, coño, no cualquier cosa, Antonio, le dije, por tu padre, y Antonio, por su padre, me juró que si no me espabilaba, le llevaba mis huevos a su hermana, en una bolsa.
A los seis meses la Lucía y yo, estábamos casados. Fue un noviazgo tan corto, porque a la madre de la niña, que era una culebra, le dio por cogerme ojeriza y ponerme velas negras a ver si me moría. Y la Lucía, una noche en el hueco de la escalera, a oscuras casi y con las bragas en los tobillos, me dijo que o la dejaba preñada o su madre me echaba un día de estos veneno en la comida.

4 de octubre de 2010

Acústica de un río subterráneo


Si coges tu vida por los huevos,
y los aprietas,
se le saltan las lágrimas.

Soy víscera.
Aunque miro al cielo. A veces.
Al cielo no le importo nada.
El hombre es un insulto para el hombre.
Ni siquiera cerca, podría respirar.
No hay oxigeno.
Moriría de frío.
Soy víscera. Nada importante.
Pero sueño.

Y he decidido que dios no es más que una invención,
del miedo de los hombres a ser tan sólo víscera.
Y que la soledad, si se te pega a la piel como la lluvia,
es la más fiel de todas tus amantes.
Que es humano mentir. Y necesario.
Que existen los espejos.
Y la posibilidad, de hacer algo,
no siempre.

La vida tiene tetas.
Nunca lo hubiera imaginado.

Sueño que,
moriré en una cama con sábanas de lino,
sábanas blancas y planchadas,
rodeado de, seres humanos
que pasaron un minuto por mi vida, acaso.
Que me traen bombones.
Rellenos.
De un licor exquisito que se me pegue al paladar.
Sueño que,
por la ventana,
el cielo me sonríe al menos, una vez,
y me pregunta, si hoy me duele, menos
toda esta tubería en la que me he convertido.
Huelo a cobre.
Tengo llagas.
Los médicos, hablan en voz baja.

No quiero morir en esta cama.

Torsión de una brizna de heno


Aca60 d3 tra9arm3 un 9usan0.
3s7a6a d3n7ro d3 un m310c070n.
S010 3s carn3.

(A:Si aún no ha entendido nada, cómase un gusano.
B: Puede que no haya nada que entender.
C: Le importa una mierda.)

Hablemos entonces del amor.
De bonitas historias ilustradas,
con hermosos dibujitos a color:
“-Me haces daño, para...”

Nadie para.
Para qué.
El amor te arrastra.

Busco con la lengua restos de comida entre sus dientes.

3 de octubre de 2010

Precisamente estaba observando esa posibilidad


Mi madre nunca me abraza.
Nunca abraza a nadie.
No parece una madre.
No tengo que esperar que muera,
para echarla de menos.

¿No tienes a veces la sensación de que
serías capaz de sacarle a alguien los ojos,
por conseguir lo que quieres?

Yo quiero un jardín que mire al Mar y un árbol que dé sombra,
y quiero,
sentarme en zapatillas a tomarme un café en la cocina y,
ver por la ventana como el mundo gira y gira sin mí.

No tendría un gato.
No necesito un gato.

Mi madre hace cosas, sí.
Por ella.
Lamento, no ser perfecta.
Pero no soy mi madre.

Me encanta este silencio...
Yo y mis sueños.
Supongo que es justo que quiera ser feliz.
A pesar de,
en fin,
no voy a enumerar zonas en conflicto.
Todo el mundo sabe cómo es por dentro.

Ni teléfono.
Tampoco lo necesito.

Sí.
Claro que estoy viva.
Eso del espejo, tan bonito,
soy yo,
la única persona del mundo,
a la que nunca le mentiría.

1 de octubre de 2010

Y que hagan con nosotros, una bandera


Si una hebra de tu pelo se me enreda en la polla,
me hago un lacito y si, tropiezo con tus dientes
mientras te saco la lengua de su sitio,
te muerdo y te muerdo y te muerdo
y si, te duele y callas, yo también,
y te llevo a embestidas al filo de la cama,
y en ese abismo, te lo digo:
“Canta, puta, canta”.
Y entonces algo se te escapa de la boca,
y atado a un hilo,
se pasea como un globo por la casa,
dejando un eco de nosotros,
colgando de las lámparas.

Tú y yo, mi vida, en medio de este cáncer de planeta.
Tú y yo aún no civilizados. Ajenos a los, spots de Agahta
Ruiz de la Prada o la Wolsvagen,
huidos de la Iglesia y los Senados y los,
grandes almacenes,
tú y yo follando como cerdos como locos como héroes,
mientras un hormiguero de personas toma el bus,
todos los días a una vida, que no quiere.

Cuando el mundo reviente,
ya estaremos lejos.