30 de diciembre de 2011

Intermezzo


-¿Te ha dicho también que una vez me partió cuatro costillas con la pata de una silla Luis XV? ¿Que me gustó? ¿Te ha dicho que no se le empina desde que murió su esposa? ¿Te ha dicho cuánto cobro?

¿Vas a disparar? No tengo todo el día.

La Belle Montenegro había estudiado cuatro idiomas con las monjas Clarisas, y de mayor, quería ser torero, como esos hombres guapos y morenos que veía en los carteles de Ciudad de Mexico, y a los que la vida, les importaba sólo el tiempo de vivirla.
Sabía cagarse en italiano en los muertos de tu padre, y en alemán, en el resto de las cosas de este mundo que a La Belle Montenegro le importaban un carajo.

El negro era un atleta jamaicano, con el que a veces se veía sin que Roberts-que lo pagaba todo a cambio de que ella se masturbara sentada en un sofá de terciopelo ante sus ojos de pescado medio muerto-, por supuesto, supiera lo más mínimo.
A veces a ella le gustaba dejarse caer entre los brazos de otra mujer, porque sólo otra mujer, sabía cómo hacerle a otra mujer.
El calvo le había puesto un apartamento en el centro, lejos de todas las miradas, un, pequeño ático al que iba los miércoles y sábados, y donde ni siquiera tenía un par de calcetines, porque al amanecer, ya se había ido.

Jimmy Boy la tuvo aquella noche en el punto de mira de su rifle hasta en cuatro ocasiones, pero La Belle era tan, aún desde tan lejos, bonita, que Jimmy Boy no pudo ni siquiera poner el dedo en el gatillo.
Encendió un cigarrillo, cruzó la calle, entró en la casa, subió en el ascensor, llamó al timbre y, cuando La Belle abrió la puerta y pudo oler el vaho que salía de su cuello, supo que no podía pegarle un tiro en ninguna parte de su cuerpo perfecto, sin arriesgarse a que los dioses del Olimpo la emprendieran desde el cielo con él a pedradas.

29 de diciembre de 2011

Cuando me reencarne en lagartija y tú en pared, nada podrá separarnos


Tal vez si abro mi mente con un cortauñas

pueda asimilar que África es una bolsa de basura.
Mi profesora de inglés era una guarra.
¿Importa eso?
El semen resbalando por los azulejos del lavabo,
su boca ebria de rosas besando mi aún, imberbe pubis.

Parir de mi mente una galerna que ordene el universo
en determinados cubículos donde almacenar
todos los fracasos del hombre,
y como en una tienda de caramelos turcos,
probar el sabor del acero de una y de otra batalla y de uno y de otro,
mar de lágrimas, tal vez si todo yo,
me sostengo sobre la teoría de que existe el futuro como algo intangible pero cierto,
todo yo sea más fácil a partir de mañana.

No soy feliz.
Y cuanto más me abro, más se difumina entre las nubes la posibilidad,
de que todo esto sólo sea, una pesadilla.

26 de diciembre de 2011

Preludio


-Un tipo ha estado preguntando por ti Jimmy Boy. Al final de la barra. El del Martini.

-¿El calvo?

-Se llama Roberts. ¿Cuándo vas a llevarme al cine Jimmy Boy?

El humo de los bares está vivo.
Roberts...vaya mierda de nombre.

-¿Qué coño quieres?

-Supongo que usted es Jimmy Boy.

-Depende.

-Quiero que mate a esta mujer.

Es preciosa. Rubia como el puto trigo al este de Alabama.
Lleva un negro colgando del brazo en la foto.
Joder, podría perdonarle cualquier cosa a una mujer con unas piernas como esas.

-¿No le gustan los negros?

-Si quiere puedo encargarle a otro este asunto. Aunque no sería tan limpio como usted. Eso dicen.

-No se preocupe. Le dejaré en la frente un beso. Sin marcas. Podrá enterrarla mañana tan fresca como una manzana.

Fuera del humo, en la calle, la luz de las farolas nieva sobre las aceras de esta mierda de ciudad.

24 de diciembre de 2011

Por qué las cucharitas de café son tan importantes en mi vida


Si escuchas la palabra rododendro la boca se te abre y en mitad de la noche,

dices que un amanecer se te ha metido en un ojo,
y que por eso lloras.
Rosa; gaviota; amor y un lago, con delfines haciendo semicírculos.
Palabras amables.
¿Quién, no quiere enterrar la cabeza en las rodillas,
y que otro reme?

El mundo esta lleno de cabrones
que van por ahí masticando mentiras.
Mucho cobarde y mucha mierda.
En realidad, lo único real del escenario,
eres tú.
Lo demás, es cartón piedra.

Pero la vida no es tan triste.
Hay volcanes manando en cualquier sitio bajo el suelo.
Flores que crecen en el hielo.
Bacterias con nombres indecibles que follan y follan sobre el musgo.
Mareas que se adentran en la tierra,
todo,
se mueve
como una enorme maquinaria
preciosísima.

Y aún creo en el hombre.
O al menos,
creo en mí.

22 de diciembre de 2011

Ponle un lacito


¿Qué sabes, tipo duro, tú de mis ojos de gata?

Me invitas a una copa y a los cinco minutos,
dices que quieres casarte conmigo en las Bahamas,
que me vaya quitando las bragas,
que me amas desde siempre, que estabas
esperando este momento que...

¿Sabes en qué pienso?
En que me estoy meando hace un rato.

21 de diciembre de 2011

La gran pirámide


Y efectivamente llegaron las vacas flacas.

Y el hambre era muy mala y nos comimos las vacas.
Y luego el amor propio.
Y después el de otros.
Y arrastramos la lengua por el suelo buscando lombrices,
que a su vez se arrastraban buscándonos la lengua.
Y un día, nos comimos el paisaje con farolas y todo.
Hasta que no quedó nada que llevarse a la boca,
y pudo tocarse el arpa en nuestros cuerpos mientras,
a cientos de kilómetros, tal vez, sólo a unas yardas,
Bernardette Plumen dejaba caer sobre la mesa del psiquiatra
un cheque al portador,
porque había soñado que su abrigo de pieles
le había susurrado al oído: abre más las piernas, guarra.

18 de diciembre de 2011

Cuando lo dices tú, honey suena a miel de abeja


Si pinto un cuatro del revés podré sentarla en mis rodillas

a buscar en el google: “Malasuerte” y ver si alguien más le puso a esto,
del amor,
un nombre con correa de perro.

La amo.
Pero no soy estúpido.
Ella
no
es,
el centro del puto universo.

Hoy vendrá mi madre a vernos.
Comportate, le digo,
no me metas por debajo de la mesa
el pie donde tú sabes, y,
sobre todo,
no hagas lo del camaleón.

-Lo del camaleón es que me saca la lengua desde lejos,
y tira y tira y tira y tira,
hasta que ya no puedo más y me la como-.

(A ella.
A la lengua no.
Tenéis que leer más.)

Por cierto, es Navidad.
¿Habéis besado a alguien?
¿Pedido perdón?
¿Sacado de las tripas, el miedo?
Dios no tiene nada que ver con esto.
Se trata sólo de crear,
una oportunidad.

Y un gato gris


Me gusta tu nariz.

Deslizarme por ella y caer en un beso de boca como cae una gota del grifo en un plato de sopa.
Me gusta que tu axila sepa a menta y que te cruja el metatarso entre mis dientes.
Y así, con los tirantes del wonderbra por los codos,
y esa cara que pones de puta.

Me gusta que me quites la cartera mientras duermo,
y busques un billete de cien pavos.
Me gusta que lo encuentres,
y esa nota que dejas diciendo: yo lo valgo.

Fuera la guerra continúa.
La gente se devora.
Nadie es feliz.

Abrázate esta noche a mí más fuerte.
Pongamos un vinilo de Machín.
Si quieres,
llámame Alberto,
como ese tatuaje que llevas en el brazo,
de una espina sangrando que eres suya,
quieras o no.

15 de diciembre de 2011

Plaza Bastard


Paso bastante por delante

de la tienda china de fideos.

Se llama I-Mi-Chu, con acento en la u,
y suele estar sentada en un banquito
pintado de verde junto al mostrador.

Mi esposa y yo ya no.
Ya nada.
Nunca.
Los niños son mayores.
Ya no son niños.
Recuerdo que una vez estuve vivo.
I-Mi-Chu tiene,
una flor en el pelo,
de pétalos que siempre dicen sí.
Conozco esa mirada:
“¿Te apuestas a que muerdo?”.

Sueño que I-Mi -Chu me esculpe un tigre con sus dedos de garza por la espalda,
que es la reina de los besos violeta,
que sabe moldear el silencio como la lluvia el barro,
y que en los pies,
tiene diez dedos comestibles,
tiernos como crías de cabra.
Que le huelen las bragas a delfines.
Que se traga, sonriendo,
hasta la última gota.

6 de diciembre de 2011

La sangre


-He estado junto con la Mari.


-¿Cómo de junto?

Horacio Quintanar, a los miedos, los ensartaba en un machete de seis palmos; pero a Críspulo Cortez, ya de pequeños, no había quien le diera la espalda por muy gordos que tuviera los cojones.

-Al lagar no se va a mirar las moscas primo. Se va a lo que se va.

-¿Te casas no?

Habían visto a Críspulo meterle en la barriga una botella rota a un alemán que iba por el pueblo a mirar como su hermana tendía la ropa en la colina, y luego le contaba en la taberna a los pasiegos que la Mari cuando alzaba los brazos, tenía el pelo del sobaco negro y basto, y que en el coño, seguro que tenía también un gato negro esperando que alguien lo apañara.

-Porque es la Mari, no porque tú me lo digas.

-¿Y la Mari qué dice?

-Que si tú quieres que se casa.

-¿Porque lo diga yo?

-No, porque es la Mari.

4 de diciembre de 2011

Tesis


El poema:


Here mu tonto.
I am tu love y tú ¿qué cosa fai?
Venir borracho:
“Non opus.
Nom habeo pecuniam.
Nihil. Sic ego.”
Me tienes a mí.
¿No es suficiente?

He aquí entonces el análisis: Prffffffffffffffffffffffff.
Bueno, era una opción.
Pero tengo otra: ¿qué es un poema?
Mucho mejor: ¿qué coño es un poema?
Una patata sirve.
¿Sirve un poema?
¿Para qué?
Es un misterio.

Supongamos que sirve para algo.
Será por suponer, que es gratis...
Suponiendo eso, supersuponamos a esto:
¿y si no hay quien lo entienda, también sirve?
Mucho mejor: ¿y si no se entiende una mierda?
Supersupongamos a lo supuesto una supocisión más y supongamos,
que se entiende.
¿Y ahora?
¿Se come un poema?
¿Está bueno?
¿A qué sabe?

Otro ejemplo:

Amada amor amante mía...

¿Dónde radica la esencia del mensaje?
¿En que el tío se ha fumado cuatro porros
o
todo está en los puntos suspensivos?
Tal vez haya ciertos artificios que no alcanzo a entender.
Y la belleza,
sólo consista en dejarse abrazar por las palabras,
y después suspirar.

3 de diciembre de 2011

Fotosíntesis de una coliflor con calcetines de rayas


La luna es una mierda de planeta.

Lo realmente hermoso está aquí, a tu lado.
Nada de cráteres ni, joder, todos esos filamentos,
brillando en el espacio, la luna la luna...bah.
No como en ti, que se está tibio.
¿Me escuchas corazón?

Hoy he visto a Lucrecia. Está delgada.
Va por ahí,
paseando al perro,
como si llevara un saco de cemento en los hombros.
Se le ha muerto dentro otro niño.
Parecía, una hojita seca.
¿Te acuerdas de Lucrecia?

No quiero la luna te digo.
Quiero una lavadora nueva.
Y zapatos, para Marcos y Adela.
Quiero llegar a fin de mes.
Y un cajón lleno de bragas con lacitos bordados.

Duerme en una cama de uno ochenta, Lucrecia, ¿Sabes?
No se hablan, desde eso.
No sé que te parece tan...es sólo un asteroide, un planeta distante,
atrapado en una órbita inútil.
¿Te imaginas no sentir por la noche mi calor a tu lado?
¿Estás dormido?
-click-
Yo no podría vivir sin esta llama amor.
Tú y tus lunas...

2 de diciembre de 2011

Oh dios, otra vez no


Me gustan las chicas de mirada lánguida

y pechos con rosas en el centro que se hinchen y broten al paso de mis labios.
Me gustan, con marcas de adoquines en la frente
o alguna cicatriz que las convierta, en cerámica china, incluso,
me gustan las chicas en silla de ruedas.
Ese tipo de chicas con paisaje en los ojos
de un mar con barquitos veleros, y al fondo,
una delgada linea que lo divida en dos.

En general soy razonablemente invertebrado,
es obvio que floto,
no siempre.
Chicas con un globo en la mano
y un pin de un arcoiris prendido del abrigo.
Aunque,
lo cierto,
es que todas guardan un bisturí bajo las bragas.

Chicas con dedos de patas de jilguero que sigan por mi cuello
un rastro de migas de pan hasta la cama.
Que se doble y me doble y me amarre como el hierro de una reja a la tierra,
que me llame Manuel, como quien llama a las puertas del infierno.
Que me diga, te amo,
y que luego me escupa a la cara,
“y eres sólo mío”.
Una chica de esas,
que cuando llora,
se bebe sus lágrimas, en un vaso on the rocks.

21 de noviembre de 2011

Mi gorda atómica, capítulo decimotercero


Y abril se acabó como se acaba todo.

Y vino mayo. Y con él, las tormentas.

Mientras ella se afanaba en ser feliz haciendo montoncitos que tarde o temprano darían sus frutos- reunificación familiar; un buen colegio; no llorar más cada vez que colgaba el teléfono-, el lobo encontró una grieta.
Que si que tú, que si que yo, que si me voy a por tabaco.
Que si pues vete. Que si no sabes ser feliz, que si eres tonto, que si con lo que yo te quiero a ti, que si que déjate querer, que si estoy llena, de amor y cosas buenas, de planes, de proyectos. Y tú con esa cara, de palo.

Nos hicimos expertos en mirarnos de reojo. En dejarnos notas pegadas al frigorífico. En perder, todo aquel tiempo.
“¿No deberías estar abrazándola?”, pensaba asomado al balcón mientras la escuchaba trastear en la cocina.
Debería. Porque era preciosa por todos sus flancos, porque se inflaba como un globo y volaba por la casa derramando su risa por todos los rincones, porque me hacía los mejores sandwiches de tres pisos que iba a comerme en mi vida, porque contaba conmigo, porque sé que no estaba dormida, sino esperándome, tantas noches.
Pero debería, nunca se me ha dado muy bien.

La calma, también llegaba después de la tormenta.
Pero el paisaje, ya no era el mismo.

19 de noviembre de 2011

Mi gorda atómica, capítulo duodécimo


Salió del baño y dijo:“Hace quince minutos que ya no estoy embarazada”.


Aquella noche dormimos muy juntitos, muy quietos, muy callados...
Y a las tres de la mañana y veinticinco me acercó a su mejilla y me dijo te amo.
La besé en la frente.
La llamé mi vida.
Y follamos, claro.

¿A qué huele el amor? ¿A mermelada?

Fueron días circulito.
Sin lobos.
Sin nada más que abril para nosotros.

Mi gorda atómica, capítulo undécimo


“Quiere decir: que si hago siempre lo que ella diga, todo será perfecto”

Me encantaba ser una explorador y descubrir en la intrincada selva que era ella recién dormida cosas, tan interesantes.
Dormida parecía inofensiva.
¿A qué sabía el amor? ¿A gominolas?

Un día me dijo que no tenía huevos.
Y era verdad.
A mí es que los huevos nunca me han servido para nada, que no fuera para meterme en problemas.
Y otro día me dio un puñetazo en la barriga, con la luz del cuarto de baño apagada.
Que no tenía huevos de quererla como a ella le gustaba. Me dio risa y me dio otro. Y así hasta que se cansó.
Que lo hacía todo al revés.
Que bla bla bla.
Y era verdad. Ya se lo dije.

Se le pasaba a los tres días. O a los cuatro. O. Mientras tanto no nos hablábamos. Me observaba de reojo todo el tiempo. Yo a ella también. En realidad estaba deseando abalanzarme como un tigre de Tasmania y follármela sobre la lavadora. Pero. Y ella a mí pero también.
Era como una guerra fría.
Me gustaba aquél silencio, de saber que de un momento a otro, unos de los dos se acercaría por la espalda al otro y le diría, te echo de menos, en la oreja.
“Y yo a ti más, idiota”.
Después de lo de idiota, le quitaba las bragas con la punta del pie.

18 de noviembre de 2011

Mi gorda atómica, capítulo décimo


“-Papi...


-¿Qué?

-Ráscame aquí.

-¿Ya?

-Ya no. Sigue.

-¿Cuánto?

-Mucho.

-Me canso.

-Papi...

-¿Qué?

-Creo que de este polvo me has dejado embarazada.”

Hasta compré un chupete. Rosa. Porque sería niña. Tenía que ser niña.
Y llamarse María.
María nada más.

“Será una flor-decía-, con el pelo muy negro y los ojos muy grandes y una sonrisa preciosisísima y de mayor se hará novia de un dentista y tú y yo nos haremos viejitos e iremos cogidos del brazo a ver a nuestros nietos.”

Joder.

Era como si me hubieran metido por el culo el motor de una lavadora y estuviera centrifugando todo el tiempo.
Pero tenía un criadero de mariposas en la boca del estómago y nunca nadie me había comido la polla como ella.

17 de noviembre de 2011

Mi gorda atómica, capítulo noveno


“Ni se te ocurra-solía decirle al lobo del espejo-salir de ahí”.


A veces lo escuchaba arañar las paredes de mi estómago con las patas, olisquearme, buscando una grieta...
Me susurraba al oído acertijos misteriosos: “¿Vas a dejar que siembre esa semilla en ti?”.

Es cierto. La barriga se me llenaba de insectos cada vez que ella se acercaba.
Volaban por dentro y subían como locas a por aire y se salían en bandadas por la boca: “hbvwkykfjyk”, o algo así, que en idioma del amor quería decir “Qué-guapa-estás-en-pijama-pareces-un-ramo-de-violetas”.

Si me agarraba a su cintura me sentía un César aferrado a la brida de una yegua romana, era...emocionante. Podía sentir el mundo temblar bajo mis pies agarrado a su cintura. Podía depositarme como un limo que le fuera royendo las caderas, mientras le olía el cuello, o le comía una oreja.
Era como estar subido en una noria.

Hacía montoncitos, con cada euro que ganaba.
Esto para tal. Esto para cual.
Tenía una libretita donde apuntaba todo.
Su famosa libretita de apuntarlo todo.
Hasta tenía un almanaque.
Más adelante pude descubrir, que los días que estaban marcados dentro de un circulito, eran días felices.
También había cuadrados.
Y triángulos.
Pero sobre todo, cuadrados.
Aunque eso fue más adelante...

16 de noviembre de 2011

Mi gorda atómica, capítulo octavo


Los días siguientes, sin más nubes en el cielo que el humo de un cigarro, fueron los más felices de mi vida.

Aunque aún no lo supiera.
Aunque viviese, mil años.

Se iba de casa muy temprano. Salía por la puerta, y volvía a entrar porque se le había olvidado algo y después, se iba de verdad. Siempre me daba un beso.
Trabajaba por horas limpiando una escalera hasta las doce, y la una, ya estaba al otro lado de la ciudad pelando patatas en la cocina de un restaurante hasta las cuatro, y en otro, dos calles más abajo, sirviendo café de cinco a siete.
A las nueve, subía los escalones de dos en dos, derribaba la puerta, y se tiraba encima mío como un alud de margaritas que nos arrastraba rodando como canicas a la cama, y allí, sobre un lecho de sábanas bordadas,me follaba vivo.

Mi gorda atómica, capítulo séptimo


Al tercer día empezó a llamarme Papi:

“¿Me regalas un euro para el autobús Papi?”
Ponía lavadoras de bachata, que cantaba como si estuviera subida al escenario, con una voz de timbre de triciclo que salía de su boca como un hilo de seda de gusano mientras movía las caderas del jaguar en una órbita celeste alrededor de mi paciencia: “No fumes Papi”, y me quitaba el cigarro de los labios.

Al cuarto me pidió una casa blanca.
Un paraguas.
Horquillas para el pelo.
Una cámara de fotos- “Pero esa no. La otra”-.
Quiero. Quiero. Quiero.

Era agotador.

Hacía sólo tres años, yo aún estaba enfadado con el mundo, cruzando fronteras en mitad de la noche por la línea delgada de los mapas y a pie, sin más bagaje, que lo que había debajo del sombrero, o lo que había quedado de él después de una larga cabalgada a lomos de un Jack Daniels pura sangre por todos los infiernos con luces de neón de Centro Europa.
Hasta que un día descubrí que el mundo, no era como a mí me daba la gana.
Amanecí tieso y con la boca seca en una habitación tan blanca tan blanca que cuando abrí los ojos creí que era el cielo y Dios me estaba preparando un gin tonic de Larios con rodajita de limón: “¿Hay algún familiar con el que podamos ponernos en contacto?”.

15 de noviembre de 2011

Mi gorda atómica, capítulo sexto


Al segundo día ya se había construido un hormiguero por dentro de la casa que iba, desde un silo de galletas en los altillos de la cocina, hasta un zulo lleno de cajas de cartón llenas de cosas y más cosas debajo de la cama, pasando por haber inflado los cajones de bragas y sostenes y medias de nylón y otras banderas, que daban a los muebles, un aspecto de cuadro de Botero.

Tenía cajas para todo.
Tenía una caja con diez millones de abalorios, pulseras, aretes, collares...tenía otra caja con lápices y rotuladores de absolutamente todos los colores de la galaxia, y hasta los tenía, que brillaban en la oscuridad, o parecían de pan de oro, o pintaban de fresa, tenía, otra llena de estrellitas pequeñas de papel de aluminio, de pegatinas de phoskitos-unos pastelitos con cromos-, de letras y de cuencas y de hilos y de, purpurinas rojas y celestes, tenía, cajas repletas de álbumes de fotos, con gente de piel de café sonriendo a la cámara, desde el patio de una hacienda rodeada de bananos, y en el medio una fuente.
“Este es mi papá...¿no es lindo? Y esta mi hermana fulanita y esta otra zetanita y este mi hermano el grande y esta mi sobrina y esta otra sobrina y esta otra y....”
Y cuando llegaba con el dedo al niño de orejas grandotas, la voz le zozobraba y de un sólo suspiro de quedaba sin aire en los pulmones, y se iba a la ventana a mirar el horizonte, y de paso a regar las macetas con sus lágrimas.

Mi gorda atómica, capítulo quinto


Aquella misma noche la besé.

Fue como comerse un gusanito.

A la semana estaba en casa.
El primer día su maleta vomitó cremas y cremas en el baño. Crema para la cara para las manos para las piernas para los pies para el pelo para para y para partes del cuerpo que yo no sabía ni que existían. Donde antes sólo había una cuchilla de afeitar, ahora un océano de botes con nombres en francés había inundado cada centímetro de estantería, de rincón de la bañera, de balda de mueble, una orda de cosméticos que lo invadía todo como una termita hasta los huesos, dejando un vaho de olores parisinos que resbalaban por los azulejos, lentamente.

“¿Has visto una cuchilla que había por aquí?”

13 de noviembre de 2011

Mi gorda atómica, capítulo cuarto


¿He dicho que había charcos aquel día? ¿Que brillaba la luna? ¿Que era otoño?

¿Que estaba jodido? ¿Lo he dicho?
Y ella estaba taba tan tan tan bonita a la luz de la farola...pequeña y amazónica como un bulbo salido de la entraña de la tierra, como un brote de trigo, como un caño de agua de ribera, fresca y limpia y nueva.
¿He dicho que las piernas me temblaban? ¿Que me hice el duro? ¿Que después del café me dijo “calla-té”? ¿Que me cogió las manos? ¿Que estaba tibia?

Que me había visto algo dentro, decía.

Tenía vello en los antebrazos.
Y el canal de Panamá en las tetas. Qué tetas.
Tenía las manos pequeñas.
Lo tenía todo pequeño.
Menos las tetas.

Mientras me hablaba de que,allá en el horizonte, tenía once hermanos y una mamá que la llamaba gaviota y un papá de pan de azúcar y un hijo con los ojos enormes y en el pelo un maizal mecido por el viento y allá en el horizonte, una patria, me buscaba las manos por encima de un plato de jamón que habíamos pedido de primero y como, no era capaz de esquivarla, encendía un cigarro y luego otro, para tener las manos ocupadas en otras cosas que no fuera en dejarlas a su antojo dejarse acariciar por aquellas manitas de criolla, que a saber que sortilegios, no eran capaces de hacer en cualquier ser humano. Incluso en mí. Sobre todo en mí, que a pesar de que me había construido una pequeña fortaleza de ceños fruncidos y desdenes, me estaba licuando en la silla como un tonto, bajo el cerco precioso y misterioso del brillo de sus ojos.
Qué bonita era.
Qué boca más pequeña.
Qué candelita.
Que minúscula toda, y que molécula.

Menos las tetas.

12 de noviembre de 2011

Mi gorda atómica, capítulo tercero


“Ringgggggggggggggggg”.

Eso fue al día siguiente:
“-Es para ti.

-¿De quién?

-Y yo que sé.”

Era una amiga de la chica que iba por ahí cogiendo servilletas de los bares y me dijo, que su amiga es que era tímida pero que quería hablar conmigo lo que pasa es que lo que pasa es que y yo le dije: que se ponga.

Se puso y dijo un hola pequeño de guisante y yo, le pregunté quién era y ella y ella me contesto que yo y yo le pregunté que qué yo y ella me volvió a contestar que yo y que era muy guapo y que quería saber si me apetecía salir una tarde con ella porfi porfi porfi.

“-Pero si no te conozco de nada. ¿Quién eres? ¿Qué quieres?

-Pero yo a ti sí.

-¿Pero tú a mí sí? ¿De qué?

-Te he visto en un bar. Comiendo ensaladilla. Tenías puesta un sombrero.

Y días antes de que fuera por ahí robando servilletas, desde el mostrador del bar que había debajo de mi casa, le estaba preguntando a la dueña que quién era el chico de aquella mesa.
Era yo.
Y que dónde vivía, y que dónde trabajaba.
Y yo no sé qué más.
Todo.
“-Ha estado aquí una chica preguntando por ti-me dijo Silvia-.”
No hice mucho caso. Últimamente no hacía mucho caso de nada. Estaba demasiado ocupado aprendiendo de nuevo a vivir después de todo aquello. Me había quedado sin sonrisa. Estaba hecho una mierda. Y ni siquiera sabía por qué no me había muerto por ahí tirado en alguna oscura calle de Berlín o por qué alguien no me había degollado con una botella rota en algún callejón de Praga. Me parecía increíble que después de haber jugado a la ruleta rusa en un garito de Basel, conservara algo de cordura. Todo era, muy difícil. Era más difícil que beber.

Y me olvidé. Y Silvia, no volvió a mencionar el tema.

Tú... pensé mientras al otro lado del teléfono la chica esperaba una respuesta. Tú y tus ojos. Tu y aquella mirada. Y volví a sentir un escalofrío por la espalda.

Yo estaba almorzando bajo mi sombrero. Ella estaba al final de la barra, con otra chica, hablando son Silvia. Y entonces se volvió. De repente. Y me miró. Y me dio ese escalofrío. Sus ojos brillaban como en las películas de suspense, por un momento, creí que me estaban, diciendo algo.
Todo lo que había alrededor, durante un instante, se detuvo.

“-¿Quedamos a las siete-me dijo-?

-Mañana descanso. A las siete y media.”

Porque no me olvidé de sus ojos.

Mi gorda atómica, capítulo segundo


Días antes, había estado, ¿acechándome?.


“-Ha estado aquí una chica preguntando por ti”.

Por mí. Vale. Por mí, que había decidido que el amor era una porquería.
Por mí que ya no creía en nada.
Por mí, que era invisible.
Por mí que tenía, la cara de un lobo. Las orejas de un lobo. Los dientes de un lobo.

“-¿Por mí?”.

Me dijo que a las cinco, poco después de terminar mi turno de la mañana, que a las cinco, al rato de haberme marchado, entró una chica al restaurante y preguntó, “que si aquí trabaja un chico así y así y así” y luego, cogió una servilleta de esas con el número de teléfono y el nombre del local en color burdeos y se fue por la puerta, me dijo Montes, dando saltitos.

“-¿Y cómo era?”.

Montes se puso bien las gafas con la punta del dedo y me dijo que, que, que era...normal. Una chica normal.

Y una mierda.

Y que no era de aquí, me dijo Montes.

11 de noviembre de 2011

Mi gorda atómica, capítulo primero


He borrado diecisiete comienzos. Este es el número dieciocho. Escribo los números en letra porque soy un idiota metódico y maniático, que era capaz de enfadarse con ella sólo porque me cambiaba de sitio las cosas. Qué importa. En realidad nada de lo que escriba será nunca lo suficientemente hermoso como para expresar cuánto la amo, ahora que no está. No sé si estaría de acuerdo, pero seguramente, si el salvaje que yo era la hubiera hecho feliz la mitad de lo que hoy la hubiera hecho el roble viejo en el que me he convertido después de tanta lluvia, en este momento la estaría acunando entre mis brazos a la luz de la luz de esta farola que me ha puesto el destino en el balcón. Aunque la farola ya estaba antes de alquilar la casa. Lo mismo ha sido el ayuntamiento.
Este tampoco me parece un buen comienzo. Pero es un comienzo. Tendríais que haber visto los que he tirado a la papelera.

Allí la conocí, bajo la luz de una farola. Hacía viento. No mucho. Hacía frío y las hojitas se caían de los árboles. Y charcos. Había charcos. Me pareció diminuta. Muy pequeñísima. Le dije hola. Me dijo hola. Pero ella me miró de arriba abajo.
Le dije, caminemos. Y caminamos.
Me encanta caminar.
A ella no tanto.
Caminamos mucho.
Estuve pensando, todo el rato cómo iba a decirle lo que iba a decirle.
Aquello, tampoco fue un buen comienzo:
“-Soy un hijoputa”.
También le dije que hacía poco aún me emborrachaba desde por la mañana, y que ya no.
Y que si alguien intentaba doblarme lo más mínimo, me rompería, porque era libre y tenía las patitas de un pájaro. Le dije que había fracasado como esposo, como padre, y como persona, y que lo mejor que podía hacer en aquel mismo momento, era dejar que la invitara al café y levantarse de su silla y dejarme allí, solo, donde no pudiera hacerle daño a nadie, ni nadie me lo hiciera a mí.
Le pregunté, incluso, si, estaba allí buscando un marido que le arreglara los papeles.
Ni siquiera pestañeó.
Creo que, mientras movía el azúcar del café, ya había planeado cuánto iba a quererme, aunque yo me estuviera comportando como un auténtico cerdo.

Le dije que, se me había olvidado querer a nadie.

Luego me quedé muy callado, mirándome los zapatos.

Pero era un comienzo.

10 de noviembre de 2011

Mala leche


Soy inmortal.
Soy un hijoputa.
Soy, de plástico duro.

Las hadas no existen.
¿Tú has visto una?
Los Reyes Magos son los padres.
Despierta niño, este año,
tus juguetes se los ha comido la cola del paro.
A las princesas, les huele el aliento.
Dios, da risa.
Ja ja ja.
Deja de hacer el ridículo.
Yo pediría, elecciones anticipadas.
La luna es un planeta árido, joder, tan seco,
como el polvo de mis muebles.
Y hablando de polvos:
pensaba en otra mientras te follaba.

9 de noviembre de 2011

Viñeta


-Y así es como acaba esta bonita historia de dragones y princesas. A dormir.

-Papá...

-Ya lo sé. No cierro la puerta. La dejo así.

-...¿Los papás también podéis matar dragones? ¿como en los cuentos?

-A tu madre le quité una vez una garrapata del tobillo y bla bla bla y en la montaña, pues, hay bichos, y tú madre que es muy tonta y siempre hace lo que le sale de...que no se puso calcetines, yo se lo dije, ponte, ponte, ponte, yo no sé las veces, y ella yo no sé las veces que no se los puso y claro, los bichos no son tan tontos como tu madre y además tu madre debe tener una sangre muy rica ñam ñam ñam, y eso, que al rato estaba ay que me pica ay que me pica. Como un garbanzo de gorda era, qué asco.
La quemé con la punta del cigarro.
Hacia: “Krrrrrrrrreeeeeeeeechhhhhhhhh”.

6 de noviembre de 2011

No brakes


Lo único que vi pasar ante mis ojos antes de morirme fueron las flores rojas del balcón de la vecina del segundo y a la vecina del primero echándole en la jaula alpiste a los canarios y luego el puto suelo y la boca en la nuca y los dientes rodando y los huesos del cráneo haciendo clack clack clack y luego nada.
Pero no vi a Martina.
Ni vi sus muslos de potranca ni su trasero acorde al fuselaje tostado de su cuerpo ni su pelo cayendo como briznas por la espalda ni vi su melancólicas pestañas aleteando como hadas ni en la niña de sus ojos el reflejo de mi cara babeando su nombre de guerra entre las sábanas.
No vi ni una flor sola de todos los miles de millones de flores pequeñas y amarillas de aquella pradera que era una mañana de domingo con Martina y un zumo de naranja y magdalenas ni vi a Martina desnudarse en la bañera y convertirse en mi sirena ni tampoco sus bragas colgando de las sillas ni la vi asomada en la ventana decirme adiós, con un pañuelo.

2 de noviembre de 2011

En alguna esquina de Manhattan


“-¿No piensas rematarlo? A ese tío se le están saliendo las tripas.

-No importa.

-Es asqueroso.

-Con las tripas por dentro también era asqueroso.

-Sabes Jimmy Boy...creo que no te importa nada.

-¿Quieres decir que si tú me importas?

-Cobras por matarlo; no por dejar que se desangre tres días.

-Está muerto. No importa si tarda tres días o se muere ahora. Tenemos que irnos.

-Y sí, eso quería decir. ¿Te importo yo?

-Te dije que no era buena idea que me acompañaras al trabajo. Siempre acabamos discutiendo. ¿En serio tengo que contestar a esa estúpida pregunta?-¡Pum!- ¿Contenta? ¿Ahora está muerto no?-¡Pum-Pum-Pum!-.
¿Me invitas a cenar nena?”


Jimmy Boy me compró un Chevrolet, con la pasta que sacó de todo aquello. Un Chevrolet rojo. Rojo y brillante.

31 de octubre de 2011

Fue bonito mientras duró


Tuve una caja de música dentro de mi cráneo.
Dentro de la caja había una bailarina rusa.
No sabía que fuera rusa.
Ni que bailara ballet.
La verdad, es que el primer día sólo me fijé en su culo.

El segundo descubrí que debajo del flequillo,
tenía cejas, y que el café,
lo pedía para calentarse las manos.

Aurora.
Me lo dijo al tercero.
Y se llevó su culo bandolero por la puerta,
y se metió en la lluvia de Madrid.

¿Bailas Ballet? Le dije al día siguiente.
Soy idiota, ya lo sé.
Tampoco era rusa.
Y además tenía un tatuaje en el talón
diciendo, amo a Laura,
bordado a un corazón.

27 de octubre de 2011

Europa


Y de repente me quedo mirando una cuchara pequeña de café que en su parte convexa me devuelve el reflejo de mi puta cara y pienso en cómo ha llegado a mis manos algo tan hermoso y en el día que pasé frente a un escaparate de cosas de cocina y entré a comprar menaje y le dije a la muchacha que con una era bastante y con un plato, una toalla, uno de cada, de todo uno, de nada nada más.

La última vez que la vi se iba llorando calle abajo con las manos metidas en los bolsillos y despejando a puntapiés el camino de piedras y paquetes vacíos de tabaco.
Supongo que lo nuestro lo recogió el camión de la basura allá de madrugada.
Aquella noche misma tuve la impresión de que la vida, ya no iba a ser lo mismo sin colores.

Necesito mi espacio, le decía, porque estaba encima mía todo el rato, dándome besos cocodrilo y poniendo ladrillos en el aire hasta que en medio del salón se había construido un palacete con almenas doradas que llegaban al cielo y unas banderolas granas con dibujos de trompetas donde ella y yo según los astros, seríamos felices para siempre.
Mi espacio, le decía, y ahora me follo a la almohada, mientras la llamo por su nombre. Gaviota mía...
Mi espacio, le decía, y ahora soy un páramo.

25 de octubre de 2011

Y grieg A


...una de esas guitarras con cuerdas de metal
con tu nombre pintado en el mástil y una cartuchera,
llena de balas con la punta hueca.
No es pedir tanto.
Mira esa carretera. No tiene fin.

Dejaré que las iguanas desoven en mi barba
mientras lleno el desierto de acordes magistrales,
que hablen de ti, y de lo puta que eras.

22 de octubre de 2011

El óxido


En algún lugar del mundo ahora,
hay un caballo mordiéndole los brazos a una niña de seis años.
Una secretaria cayendo desde un puente sobre un pez.
Una olla hirviendo carne de cordero.
Un ciego masturbándose con la oreja pegada a la pared.
Una bolsa de plástico vacía bailando minué por los rincones.
En algún lugar un mustang mata un ciervo.
Alguien se mea encima.
Se derrumba un edificio.
Se dan el primer beso.
Florece la primera semilla de un cáncer de pulmón.
Una bala cruza el aire silbando una canción
O amanece, esa cosa que pasa cuando el sol...

Todo pasa.
Pasan estos ciclones que tengo en las costillas
y me roban el aire y me quitan la risa, y uno sin risa,
no vale ni su sombra.
Pasa que a veces somos gatos, dentro de ovillos.

Y un día te amanece.
Porque siempre amanece.
Contigo o sin ti.

19 de octubre de 2011

Swing


Un día el gordo Alberto me tiró de un empujón al suelo del patio del recreo y me clavó las rodillas en el pecho hasta que me crujieron de astillarse las costillas y lo rojo de la cara se me fue poniendo verde de apretarme en el cuello con sus manos de fierros el niño gordo Alberto, que por aquel entonces, ya debería pesar no menos de setenta kilos, con sólo doce años. Creí que iba a morirme, allí, tragando arena, bajo aquel sol y en pantalones cortos, delante de un corro de niñas con coletas y niños que silbaban con los dedos metidos en la boca, sin que ninguno, hiciera absolutamente nada para quitarme de encima aquella tonelada de infante pelirrojo que me estaba aplastando el esternón hasta partirlo.
Y entonces llegó ella, Carolina, la niña más bonita del colegio, en letras de Neón, y con un cartapacio del maestro, de un golpe seco, le abrió una brecha en la cabeza del tamaño de una pulpa de melón y el niño gordo Alberto, se quedó bocarriba con los ojos abiertos como un cráneo de muerto en mitad del desierto de Oregón y babeando que veía, bandadas de pájaros volarle alrededor, mientras yo con la lengua, fuera del cuerpo, buscaba bocanadas de viento que corrían como caudales a inundarme los pulmones y a latirme, pum pum el corazón.
“Eso es que quieres ser mi novia?”, le pregunté la vez diez mil quinientos once, y ella, sin darme una respuesta, como siempre, se dio la vuelta y con un libro de aventuras submarinas bajo el brazo se fue dando saltitos como un pájaro, brindando al oleaje de la brisa, el suave balanceo de sus trenzas de princesa.

17 de octubre de 2011

Vaya, otra vez esa cosa azul en la ventana


Hizo trizas mi camisa con las garras de sus ojos de gata en la penumbra.
“Lavar a treinta grados”.
No creo ya.

Era estrábica.
Eso me gustaba.
Podía comerle una teta entera de un sólo bocado.

Me preguntó que si podía preguntarme
por qué miro las nubes.
“Veo dos moscas follando en un plato extremadamente blanco”, le dije.

Le dije que en las nubes,
estaban todas las respuestas a los sueños de un hombre.
“Y mientras tanto, ¿dónde?” Y le dije que en la luz de las farolas.

“Te nombro capitana de mi barca”. Y naufragamos.
Ya lo sabía.
Sólo intentaba ser, un tanto ecuánime.

Le hablé de los timones.
De para qué servían.
Me dijo que a ella el Norte, le importaba una mierda.

Era bonita como un campo de azucenas, y en el coño,
tenía un nardo
que sanaba los pecados del mundo.

16 de octubre de 2011

Casi nada, como el aire


Primero te odié, y luego odié también a todos los demás hombres del mundo. Por tu culpa. Porque todo era por tu culpa. Me volví como alquitrán, muy negra por dentro. Pero soy una mujer con suerte y un corazón que late al ritmo del Sweet Home Alabama, y aprendí a desodiar en cada polvo a todas los hombres del mundo, y luego, te perdoné a ti, de ti. Y descubrí que en el fondo, la culpa no era tuya, que nada era tuyo, que yo, tampoco, y descubrí, que te quedaba un largo camino por delante, y yo ya no estaría para hacerte de hueco, y que tal vez, te hundirías lentamente en la liturgia de estar triste para siempre, aunque en las fotos, brillara el blanco de tus dientes.

Caminé muchos días por los lados del parque donde solíamos soñar que eramos hojas caídas de un árbol flotando como barcos sobre un charco. Un día encendí un cigarrillo y empecé a fumar y me di cuenta de que allí no había ya más luz que la del mechero, y decidí dedicar el resto de mi vida a cosas más importantes: bajar la basura; ver dibujos animados; dormir al revés en la cama...

12 de octubre de 2011

Desde que me heme y que te hete que nos nos tú convertido en blanquiflor y yo en un trémolo


Llegaba a casa del trabajo goteando una llovizna de suspiros que caían al suelo y botaban como pequeñas pelotitas de goma por toda la casa, muy cansada y con el pelo grasiento y oliéndole a aceite de patatas y las manos manchadas de pequeños cortes y los ojos hundidos como barcas pesqueras y en el delantal un tintín de monedas y un pastel de manzanas envuelto en una hoja de papel de aluminio y en los labios un beso sólo para mí. Luego se duchaba con agua de coco y salía del baño con tormentas en los rizos y las tetas como helados de vainilla y se metía en sus zapatillas de conejo con lazos y bigotes y se ponía a trasegar en la cocina con cosas de comer mientras yo desde el sofá le preguntaba que tal día había tenido y ella como siempre hacía puffff y con un cuchillo grande cortaba en dos una sandía y se metía media luna roja en la boca y la mordía y los caldos de la fruta regaban su canal de Panamá y con sus ojos de jaguar me preguntaba a mí si hoy la quería igual o más o qué que ayer y que si la había echado o no de menos mucho o poco o cuánto o qué y que qué estaba esperando para ir, como un perro, a lamer el charquito que tenía en el ombligo.

8 de octubre de 2011

Como poner derecha una ese, o Bernardette y sus botas de agua


Incide en mí como una Hespéride,
dóblame el turco y el cimiento hasta que caigan
peras de mi olmo.
Tú, hiéndete como Perseida
o una bala con mi nombre y yo,
cuando me orzueles,
buscaré tu parte invertebrada.

Blando una escarpada hoz y tú tan trigo,
yaces simplemente esperando la horcajada,
vertido todo sobre el lino,
tan limpio tú,
de estocadas tan, pequeño entre mis tetas de mandrágora,
tan,
dulce tú balanceando este universo en el cuenco de tus manos.

Y te mastico los tendones del tobillo y te trago lo blanco y te chupo el quejido.
Y te escupo.
Y luego nos fumamos el silencio, de una sola calada.

5 de octubre de 2011

Hermosamente horrible


“La mitad de la luna ahora, y la otra mitad cuando me entregues la mercancía. Quítate las bragas guarra”
En eso andaba Jimmy Boy cuando sonó el teléfono: “Me debes un favor Jimmy Boy. ¿Lo recuerdas?”.
Bueno, era un favor que podía devolver, al fin y al cabo, así se ganaba la vida: matando gente.
“Esta tarde. A las nueve Jimmy Boy”.

Bryan se salió de una curva hace seis meses.
Los seis primeros meses del resto de su vida.
Había sido un buen chico alguna vez; pero ya no se acordaba de cuando.
Luego todo fue mucho Jazz, mucha droga, mucho ron, y muchos coños.
Ahora ni siquiera puede hablar. Respira por un tubo. Mea en una bolsa. Caga en otra. De hecho, lo único que puede hacer, es dejar que alguien lo riegue.

Dolores Burning mira el reloj y son las ocho.
De joven fue cabaretera.
Conoció a muchos tipos.
Dolores Burning mira el reloj y son las ocho y veinticinco.
Y después conoció a Dylan. Un mecánico angosto y con las manos grandes, que la sacó de allí y le compró una aspiradora.
Las nueve menos cuarto.
Llamaron a la puerta. Un día. Tenía que ser un día: “¿Dolores Burning?”.
La poli tenía, el sombrero en las manos.
Los médicos miraban, al suelo.
Camille, la undécima novia de Bryan, salió llorando de la 212: “Está roto señora Burning, roto del todo”, y se alejó por los pasillos ondeando su larga cabellera del color de la cerveza.

Las nueve.

-Hola Dolores. Cuánto tiempo.

-¿Le dolerá?

-Cierra la puerta cuando salgas.

3 de octubre de 2011

¿Es que no ve que llevo puesto los auriculares?


¿Solo?
Ojalá.
Marilú es una hija de puta.
Hoy se ha reencarnado en la bañera. De pronto estaba allí, colgando bocabajo de un hilo de seda: “¿Por qué hablas antes de dormirte? Ella no te va a escuchar. Está muy lejos. Y tú más. Estás tan lejos de todo que...”
Me ha dado un susto que te cagas. He querido ahogarla con la alcachofa de la ducha, pero tenía los ojos llenos de jabón y sólo he podido cagarme en su puta madre. ¿Es que no se va a morir nunca? ¿Con qué tengo que aplastarla?¿Con una hormigonera?

Solo dices...
Hoy va y me dicen que una monja que está de visita en el quinto porque se ha muerto un hermano que tenía aquí, al verme por la escalera ha dicho “Este no es creyente”, con toda la pena de su corazón. Viene del Vaticano. Joder. Del Vaticano. Seguro que hasta ha practicado un exorcismo. Que me había visto, me han dicho, un halo. Qué chungo. Un halo dice. Pero que va. En realidad es que de vez en cuando me posee el espíritu de Andy García, y eso da mu mal rollo.
Solo dices...y al pasar por el pasillo, Klein, mi osito de peluche, se ha tirado a mis brazos, y como no habla, porque tiene la boca cosida con un hilo muy negro, se me ha colgado del cuello para que lo quiera y no se ha soltado hasta que no le he dicho “Claro Klein, tú también vienes”.
Mis maletas parecen un barco a la deriva.
Tal vez me tatúe un ancla.
¿Qué me ha pasado?, le pregunto a mi ángel de la guarda.
Mi ángel de la guarda va vestido de Drag Queen.
Una vez me dieron con un ladrillo en la cabeza.
¿Sabéis qué hizo? Nada. Una mierda hizo.
“Es que me estaba pintando las uñas”.
Es que me estaba pintando las uñas es que me estaba pintando las uñas...

Sólo dices, y a veces me despierto de noche porque hay gente tirando de las sábanas a los pies de la cama.
“Quiero montarme en los columpios”, escucho a través del colchón. Me encantaba cogerlo de la mano y caminar mientras hablábamos de cosas de hombres: “¿Que comemos hoy chaval?”. Huevos con patatas. Con mucho ketchup.
Una vez pintamos con boli en una tapia de la calle Herranz, “Papá y Nacho”, y luego nos metimos en un burger, antes de ir al circo.
Otras es mi padre pidiéndome un perdón que ya le di pero del que no se acuerda, porque los últimos días ya había perdido del todo la cabeza y confundía el nombre de las cosas y confundía a las personas y hasta él mismo se confundía con todos aquellos tubos metidos por la boca.

30 de septiembre de 2011

No mires hacia abajo


Marguerite seguía una dieta de hoja de nenúfar hervida en ambrosía, crepes de eucalipto y musgo de azotea que siempre a la caída de la tarde desde hacía dos mil años recolectaba con sus manos insectívoras y se llevaba al pico con los ojos cerrados mientras colgaba de una cuerda un pentagrama de bragas de piel de leopardo, flotando a diez centímetros del suelo sobre unas zapatillas bordadas con ramos de gardenias y lazos blancos y buscando entre las nubes un arcángel de ojos negros y de nombre Gaspar, al que había conocido en Estambul, bajo la atenta mirada de los astros, una vez.

28 de septiembre de 2011

Shoes in the window


Cristina tenía las manos más grande que yo.
Fue mi primera novia de instituto.
Una vez me cogió en brazos.

Adele también tenía,
los ojos azules.
Pero estaba gorda, y sudaba vinagre.

A mí me gustaba Maricarmen.
Se parecía a Ava Gardner.
Me ignoraba. Pero dejaba que pagará el autobús.

A Tere le faltaba un diente.
Era muy simpática
y siempre estaba sonriendo.

Su hermana estaba media loca
y se comía las uñas,
por besarme decía, sola por las esquinas.

Nos hacíamos pajas
en el granero.
Yo, pensaba en Maricarmen.

Mati estaba, fuera de mi alcance, había
estudiado en colegios de pago y eso, se notaba.
Nadie nunca ha vuelto a hablarme de Shidarta.

Qué tetas tenía Maricarmen.
Dos.
También dejaba que pagara los helados.

Dicen que yo tenía por entonces,
la lengua siempre fuera
cerca de ella.

Qué tiempos.
Qué puta que era Maricarmen
que nunca pagaba en la piscina.

Se casó con un murciano que todavía está en la cárcel.
Tiene seis niños.
Ninguno del murciano.

26 de septiembre de 2011

Quebec, 12 am


Es un paquete. Cuadrado. Ni pequeño ni grande. Cuadrado. Una paquete cuadrado envuelto en papel de regalo. Con ositos. Ositos con alas.

Pom pom: “Firme aquí”. Y he cerrado la puerta y me he sentado al filo del sofá a mirar el paquete cuadrado envuelto en papel de regalo con ositos con alas y un lazo rojo rojo de raso grande grande grande.
Lo miro por un lado y lo miro por el otro y lo miro por arriba y lo miro por abajo.
Tengo cuarenta y seis años, y estoy seguro de que no es una tarta.
No tiene remitente. Ninguna tarjetita. Ni siquiera una nota escrita a mano, sobre el estúpido papel de regalo con ositos mamones con alas. Sólo un ridículo y enorme y fantástico y rojo lazo rojo rojo grande grande.

Quiero abrirlo.
Quiero tirar con dos dedos de una punta del lazo y de la otra con los otros dos dedos.
Quiero rascar con las uñas el papel.
Quiero romper las solapas de cartón.
Y quiero mirar dentro.

“Cuando encuentre la luz, tú serás el primero en saberlo”. Eso me dijo, hace ya mucho Manuel Alejo el iluminado.
Creo que le vi, subir al autobús con tres niños de la mano y una india bengalí colgada del brazo, con el pelo muy negro y los ojos muy tordos. No tenía, buen aspecto, tras sus gafas de pasta, gruesas y negras.

Aunque él lo hubiera envuelto en algún tipo de papel reciclado, con el logo de alguna ong, y olería seguramente a mirto o especias mozárabes, quién sabe, si a mierda de ñu.

No es la luz.

No suena. Lo agito y no suena. Lo agito más y no suena más porque es que no suena y no suena y mi ceño se frunce y mi boca se aprieta y lo pongo otra vez sobre la mesa.

Ojalá fuera de mi padre. Pero mi padre está muerto, y eso hace prácticamente imposible que alguien corrija sus errores.

Si lo abro y es de Marta lloraré y será asqueroso y húmedo y me picará la cara y para qué, si Marta se casó con un dentista y tiene una pista de tenis para ella sola.
Si lo abro y es de Alicia lloraré y será también asqueroso e inútil y además lloraré sobre mojado y me iré a por chocolate a la nevera y apagaré todas las luces y me saldrán granos.
Si lo abro y es de la mujer topo, después de llorar abriré el cajón de la mesilla, le quitaré el seguro al Magnun y apretaré el gatillo. Han pintado el salón hace muy poco. Me gustaba ese color.
Si lo abro y es-Dios mío de Ana-Dios mío, de Ana-, me tiraré también al suelo. Me dejaré los dientes en el suelo y mis tripas resbalarán entre las juntas de las baldosas y cruzarán por debajo la puerta y caerán escalón por escalón hasta el portal y hasta la acera y hasta el cruce de Armitach con Pérez de Laguna donde un coche gama alta con las ruedas muy limpias las aplastará hasta convertirlas en un bonito cromo sobre el asfalto que la lluvia cuando llueva arrastrará hasta la autopista.
Tampoco es de Cecile. Todas juraron escupir sobre mi tumba. Alguna ni siquiera esperó a que me muriera.

En los últimos diez años me he mudado quince veces sin contar los hoteles, los bancos de los parques, ni las casas de putas.
Y no creo que esta ciudad sepa que existo.

¿Por qué no te relajas jimmy Boy-me digo- y te vas a mear y cuando vuelvas te haces un porro de los gordos, y piensas en cómo has llegado hasta aquí?

Yo quería tener una familia. Pagar una hipoteca. Celebrar el día de reyes.
La culpa es del tipo del espejo.
Me la sacudo y cuando vuelvo de mear, ahí está, claro, ¿dónde, si no?, encima de la mesa, con su puto lazo rojo.

Si fuera una bomba haría tic tac. Digo yo.
Si fuera un tomate haría...haría...
Un tomate no creo.
Si fuera un...necesito otra copa antes de abrirlo.

Slurp slurp slurp. Ahsssssssssssss...Toc.

A la mierda el lacito rojo rojo.
A la mierda los ositos con alitas.
A la mierda el papel de burbujitas.

¿Te conozco, maldito hijo de puta?, me pregunto en voz alta, con la bola ocho entre las manos, de una mesa de billar.

Veinticinco puñaladas


...y como una auténtica zorra, se acerca de puntillas por detrás mientras junta con milimétrica e indiscutible precisión galimatea la punta del dedo anular de su mano izquierda a la punta del dedo anular de su mano derecha, y me revienta un grano de la espalda con la sangre fría de un sicario hasta que me abro yo en canal y de los ojos se me escapan dos estampas del lago de los cisnes, mejilla abajo y grito mi segundo recurso literario-“¡Coño coño coño coño, para, que me duele!”- y me dan ganas de: retorcerla y rebanarla y licuarla y ebullirla y flambearla y atarla al mástil de un carguero portugués que lo naufrague un torbellino y se lo trague, ganas de invocar un concierto de palomas que se beba luego el mar y se vaya volando en zig zag a otro planeta con la sal en el buche, ganas, de arremeter contra su aorta con los dientes y sacarle el aliento por la boca y escupirlo en un pozo de petroleo en el justo momento en que, pasa por allí la cola de un cometa y prende todo, todo, todo, ganas de clavarle en el labio el ancla de un buque, las ruedas de un camión, un ejército de anzuelos, un panzer, el Concorde, y dejar que una bola de plomo se la lleve hasta el fondo.

“Ya está”. Me dice.

Ya está. Un grano menos. Porque le sale del coño. Ya está y sonríe. Yo ya está y me duele. Ella ya está y sonriendo me suelta en toda la cara que ha visto un vestido que le gusta. Yo ya está y me quiero levantar corriendo a mirar la cuenta del banco. Ya está. Un grano y a saber cuántos números rojos. Ya está y se levanta de un saltito y de otro, aparece vestida con nosemuchos euros de raso y de bordados virtuosamente labrados sobre una tela acorde a su personalidad, de nombre inglés y capullos de gusano. Ya está y quiero que una nave estelar y misteriosa me rescate de aquí, me cruce en brazos la galaxia, lejos de sus apocalípticos planes para acabar con mi especie entre grandes y terribles sufrimientos que seguramente se alarguen en el tiempo, indefinidamente, sólo porque un viento le dijo que, ese, era mi destino.

23 de septiembre de 2011

Y un pañuelo de lunares


Que Coraline Fontana ya no era una mujer. Eso decían.

“¿Cómo soy de bonita?”
Se habían sentado en el tejado y Coraline miraba las estrellas como si no las hubiera visto nunca, de nunca.
“¿Más que la luna?”.
Entonces se giró y de sus ojos que brillaban como charcos brotaron como almendras sobre el Zinc dos lágrimas enormes de al menos siete kilos cada una y él, le dijo que era mucho, pero mucho mucho mucho mucho más bonita que la luna. Que una mierda pa la luna.

La fiebre le arrancó la piel a tiras.
Podía adivinarse cada hueso.
“Cómeme el coño Silos, aquí, bajo esta luz, ahora”. Él aún no lo sabía.
Estuvo cuatrocientos once días en la cama.
Se pintó los labios todos ellos.
Jugaron al parchís hasta borrarle los colores a la tabla e hicieron caminitos, de arrastrar fichas, que dejaban salir pelusas de cartón que se iban volando a enredarse en las cortinas.

“Silos-le dijo un martes a la cuatro de la tarde-no quiero ir más a donde el cobre”.
Después de la sesión todo lo que comía si comía sabía a cobre, el agua que bebía, el aire, y las manzanas.

La gente que venía a visitarla bajaba el ascensor diciendo en voz bajita que aunque Coraline Fontana se pintara los labios de rojo Pamengué...

Ya no perdía kilos, perdía el tiempo. Eso decía ella, y luego decía “abrázame”, y él, con sus manos, la abrazaba, y juntos se cagaban en la gente.

Coraline Fontana Meridiel. Que había visto desde un globo los corales de Grandallte. Que se había subido sola al monumento Civil de la Concordia, puta mierda, a gritar pancarta en mano que a chuparla, que de aquí, no nos mueve nadie. Que adoptó un camaleón, una tortuga y un pato. Que había sido profesora. Y Gogó. Antes de Silos. Y de ser profesora. Que fue Miss Yo todos los días de su vida. Y volvería a ser Gogó cuando quisiera si quería. Después de Silos. Aunque fuera profesora. Coraline Fontana Meridiel. Que tenía el culo más asquerosamente perfecto del planeta tierra y que paraba las obras al pasar y hasta que no pasaba entera no había un albañíl que moviera una pala, que pusiera un ladrillo, que le diera una sola calada al cigarro. Que se había follado un campamento de verano. Un ministro ruso. Un tío que leía la mano. Que sabía señalar con el dedo exactamente aquello que quería, y llevárselo consigo bajo el brazo: “Te quiero para mí. Para mí sola”. Que le dio la llave a Silos de su todo y que le dijo, tú sabrás, y Silos supo.
Que ya no era una mujer, y sin embargo, tras veinte años sin ella Silos Fradel todavía sigue paseando solo al perro por las calles y contándole, la vez que y la vez que y la vez que, mientras el chucho, a tres patas, se mea en las farolas.

21 de septiembre de 2011

La ruta helicoide


No hablo de un silencio absoluto, ni terrible.
Hablo de esa gota que cae con precisión sobre los restos de la cena,
un glop perfecto y nítido, que me colma.

Hablo del Mar y de las olas que agonizan a mis pies.
Del zumbido de una mosca arañando los cristales.
De los muebles crujiendo y de las grietas, pariendo hormigas.

Descubrir en el espejo, incandescente, la punta del cigarro.
Los ojos tibios.
La verdad.

Intento comprender este siglo.
La alevosía del amor.
El canto de un pájaro y todo.

Y perdono tus manos.
Tus ojos de caballo.
Tu carnívora boca y tu nardo carmesí, sí, sí.

Te secarás por dentro de llorarme.
Te partirás en dos porque te abrigue.
Volverás a fumar.

Soy un volcán dormido.
Tú eres un sauce.
Mas tarde o más temprano la marea, se lleva los castillos en el aire.

19 de septiembre de 2011

Level 32


Si todo es física, ¿qué es esto en mi cabeza? Si nada,
es premeditado ¿por qué?, siempre que miro una flor
me aguardo y me vengo y me convierto en lo que llamo mí,
y de una flor,
sale una boca y de la boca un hola tú qué tal, cómo estás esta mañana.

Siempre hay gente mirando.

Si dentro de las cosas, los volúmenes, hay átomos, sólo átomos
dentro de átomos,
sucesivos,
muy pequeños ¿por qué mis manos aman
el flujo de luz del acero inoxidable;
el liquen en las rocas;
del pelo de los gatos?
¿Por qué mis manos aman,
la humedad de las paredes?
¿Importa un pensamiento?
Todo es tan vasto.
¿Y si,
los pensamientos también tuvieran dentro
miles
de millones
de átomos?
¿Lo amarían mis manos?

Por eso te digo,
parece que a veces, al oído,
alguien te susurre que te amo.

No ya, tus vértebras ni la piel cuarteada del álamo que fuiste,
ni las varices ni los surcos, no.

Sino tus átomos.
Cada uno de los miles y miles de millones.

Creo firmemente en esta paz que me consume.
Creo en el barro.
Y en como puede uno vivirte, desde el mismísimo infierno.

18 de septiembre de 2011

Oh. Ah. Uf.


Huele a un niño y dime que la vida, es una mierda.
No puedes.
Desatar cabos. Es eso a veces para ser feliz.
Al menos libre.
Si lo soportas.
Algo, que no sea sólo un hombre debajo de un paraguas.

(Zoom:
“Movía las caderas como una puta diosa”).

Era un piso once, con vistas al Mar,
en un viejo hotel que antes había sido,
un trasiego de putas,
bajando y subiendo ascensores con señores
gordos.
Un sitio triste, con un Mar triste, y una cocina americana.

(¿Primer plano?:
“No creo que ella supiera exactamente
en qué consistían sus manos”).

Inventé hermosos poemas, incluso.
Como este, al que titulé, Soneto impuro:

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Me hice rico.
Gané mucho dinero y me follé muchas tías.
Era, un gran soneto.

Lo perdí todo al rojo, una noche,
que me salió de los cojones,
abrir la vida pare ver
qué tenía dentro.

(Flashback:

“-¿De dónde eres?

-De Estados Unidos.

-Me recuerdas mucho a alguien.

-¿A quién?

-A alguien bonito”).

Le pregunté a una chica que.
De.
Ah.

Le dije que tú eras, un adjetivo.
La verdad era larga y complicada.
Demasiado hermosa.
Quise, tuve, ganas de.
Como cuando.
Contigo.
Tú y yo y las lombrices.
Le dije que.
Un adjetivo.
Le dije un adjetivo
mirando al suelo.


(Títulos de crédito:

Glop.
Glop.
Glop.)

La vi alejarse en la distancia.
Siempre es la distancia.
Quise correr.
Correr tras ella.
Y que viera latir mi corazón
y de mi boca,
escuchara tu nombre.

14 de septiembre de 2011

Sobrevolar una tormenta montado en avestruz


Me hablas y no te entiendo.
La cafetera me habla y la entiendo.
Bluf bluf bluf: “tu cafelito, ven,
enciende un cigarrillo,
y bébeme despacio mientras
ahí fuera se dejan los dientes en el cuello
unos a otros”

La gente grita demasiado.
Los anuncios gritan demasiado
Las canciones gritan demasiado.
Satanás.
Sangre.
Destrucción.
Todo el mundo grita demasiado.

Veinte millones de mujeres bonitas
y ninguna me ve.
Aeroinvisible.
Difuminoso.
Perdido.

Y ni yo quiero encontrarme.

Porque soy el otro que no soy yo,
que sólo es, que es,
el otro que me habita un por ciento
cada vez más elevado
y me come como un cáncer y me mata y me salva
de lo que nunca he sido.

Escucho el viento entre las largas melenas de los leones.

Vete al carajo amor. Amor. Puffff.
Eres tan de mentira como la sonrisa de un agente inmobiliario.

¿Sabes qué quiero decir con abrazarte?
Posar como un jilguero la cabeza en tu hombro.
Olerte el cuello.
Y que la paz me inunde y te inunde y el mundo se vaya a la mierda,
un rato.

Hay alguien por ahí,
seguramente ahora,
tocando el saxo.

12 de septiembre de 2011

El hombre que comía pétalos de rosa


“No sé, ¿te has casado?
¿has adoptado un niño?
¿tu madre se ha muerto, para qué
coño me llamas?”

Iba a decirle. Pero.

Lloraba, y.

“Ya voy”

Es lo que he dicho.

Crucé ocho estados.
Aparqué en la acera.
Llamé al timbre.
Y Claire cayó en mis brazos como un saco de patatas.

“¿Aún soy tu chica Gato Bob?”

El tipo le había,
partido la boca.

Gasté seis balas.

“Espera aquí”, le dije a Claire y cuando,
volví de buscar en la guantera,
gasté otras seis y la punta del zapato.

9 de septiembre de 2011

Extodo


Qué triste mirar al techo y sólo ver el techo.
Qué triste que las paredes no tengan nada que contar.
Qué triste lo rojo en el blanco del ojo.
Qué triste la sal.
Qué triste el agua.

¿Harán falta otra vez seis millones de judíos.
Que arda París.
Un muro que divida la Alemania, las casas, las familias.
Un cólera, una peste.
Que un enorme cometa impacte contra el mundo?

Y alguien que escriba un principio.
Y muchas manos.
Praderas de manos.

3 de septiembre de 2011

Calypso


C
re
arp
artie
ndo d
e 0, un
sueño y
arrojarlo.................................................................. lejos

hacia el mismísimo cielo.

.odot olritrevnI

Trazar un círculo perfecto,
meterme dentro,
y nacer de nuevo al otro lado.

2 de septiembre de 2011

Manual de belleza por fascículos: número uno, lámina y canción de regalo


Si le dices a Raquel que está preciosa
porque la has visto de perfil, tomando algo,
procura que tu dios te esté esperando
fuera con las llaves puestas.

Raquel saltó hace un año en llamas de un tercero,
y entre añicos y flamas de butano,
cayó sobre la acera con la cara,
sí,
la otra cara.

Raquel se pinta medio labio.
Una pestaña.
Subida a los tacones, tomando algo,
Raquel está preciosa,
aunque no estés mirando.





31 de agosto de 2011

Tú dices que me habita una tormenta


A veces he querido meterlo todo en bolsas de basura y arrojarlo por el balcón de mi corazón y luego pasar la fregona y que oliera todo a pino y que mi corazón, pareciera un corazón y no esto, que parece una mierda pinchada en un palo.
A veces, también he querido tirarme de un quinto.
Pero no me he tirado.
Y o sea si lo tiro todo, cuando mueva el corazón como una cajita de regalos y vea, que dentro no suena nada, ¿qué?
Y además cómo coño tiro yo a mi padre. Seguro que me mira con sus ojos de muerto.
¿Y cómo tiro Irlanda?
No he sido más feliz en otro sitio.
¿Y a Alicia? No hay huevos. Seguro que me vuelvo a rebuscar en el fondo de los cubos.
Y así es como he decidido que hoy me voy a dedicar a la marquetería: voy a ha hacer un mueblecito, con muchos cajones.
Tendrá cajones muy grandes para meter los endredones, y cajones pequeños donde diga: “Victoria”, y huela a humo, porque Victoria, de cerca, quemaba. Cajones con pomos en forma de luna y cajones pintados de celeste con puntitos blancos y una rana follándose a otra, como el tatuaje donde Claire me señalaba con el dedo, que entre aquellos nenúfares, podía escucharse si ponías atención, el pálpito divino de la vida, creciendo entre el fango.
A mi padre, le haré un cajón con almohada, donde pueda reposar para siempre su cabeza y por las noches, le arroparé con una manta y le daré un beso en la frente y le diré te amo y cerraré el cajón, suavemente.

Los que necesite.
Y algunos cajones más.
Aún puedo hacer cosas magníficas.
Incluso podría empezar, por perdonarme.


29 de agosto de 2011

Estúpida nana en versión original


Te deseo, felices sueños.
Tranquilos sueños.
Termosos sueños.
Te deseo caricias.
Caricias tiernas y sueñas y hermosas y tranquilas.
Sueñacaricias.
Peradeagua.
Melonifera soñadora te deseo de caricias.
Acuífera.
Bullet.
You win.
Waomini, six puant.
Te deseo la vida.
Te deseo el ombligo.
Tus ramas preñadas de flores. Insert coin. Ding. Dong. Going.
Te deseo este baile.
Esta botella.
Te deseo los besos los besos que nunca pude darte
(¡Ahora: música música música!).
Te deseo los ríos, las palomas, los bosques.
Sueños de hiedras y jazmines y olor a canela subiendo por las tapias.
Sueños a la sombra, de unas manos grandes y tibias y dulces como higos.
Sueños contigo colgando de una percha anzuelada de una nube nube blanca.
Sueños con ponys, de pelo rojo y largo.
Con garzas.
Con atunes.
Con stelaciones.
Sueños que se sueñen por el ojo, de una cerradura.

25 de agosto de 2011

Tirar los dados a un barranco, y que salga 7


Habíamos terminado de tocar y estábamos sentados tomando una cerveza con cigarro en una de las mesas del salón, todavía llena de copas y platos a medio comer y manchas de vino en el mantel: “Me cago en tus muertos Luis-le dije-.¿Pero qué coño haces?”.
El tío tenía la polla en la mano y se la acariciaba y me miraba con los labios entreabiertos y los párpados caídos: “Es que me gustas tanto...”
Mira Luis, le digo, eso está de puta madre, pero tío, eres un tío, que si fueras una tía, entonces a lo mejor a lo mejor, si fueras guapa, fea no, fea encima no, que no quiero decir Luis que no seas guapo.
“Te la quiero chupar”, me dice.
Mira Luis que te voy a meter dos hostias y vamos a acabar malamente, y él me dice que que pena, que qué pena, con lo bonito que soy y lo cuánto que me iba a querer.

O cuando invité a la Macu al cine y a oscuras me cogió de la mano y yo la miré y ella me dijo “Es que te quiero”.
Pero si me conoces de hace cuatro horas, le dije.
No me soltó de la mano ni en la cola del Burger, ni en la del autobús, ni en el portal de casa, y sólo cuando la puerta del ascensor iba a cercenarle sus lindos deditos pude respirar tranquilo y escribirle un mensaje de texto antes de llegar al tercero que decía exactamente, me voy a Rusia en quince minutos.

Pero sobre todo cuando le dije a Monique que me importaban una mierda sus sueños, todos los sueños de todas las Monique del mundo.

Incluso Charles, un pastor belga viejo y peludo al que sacaba a pasear cuando Claire no estaba en Praga, me miraba suplicando una caricia que yo nunca llegué a darle. Puto perro. Me moriré de viejo y no lograré olvidarlo.

Si viviera otra vez, yo, Gato Bob, la misma vida, dejaría que Luis me la chupara y me quisiera tanto, y a la Macu, a oscuras, le metería la mano dentro de las bragas, que era lo que estaba deseando.
Cumpliría los sueños de Monique uno tras otro: la casa blanca, pequeña y blanca; los niños corriendo por el parque; cositas por las noches en la cama, lindas pero guarras, como bichitos; comprar un cerdito, y llenarlo de monedas hasta que rebosara y cumplir el sueño ciento veintitrés: Venecia.
Soplar velas. Juntos.
Llenar la casa, blanca y pequeña, de personas felices y canarios que cantaran La Traviata a la sombra de una parra de uvas pasas.

21 de agosto de 2011

Великолепный образец


Aquel día a Nicolás Carmona era como si lo hubieran enterrado boca abajo en un bidón de aceite cuando ella le volvió la cara: “...despiértame a las ocho de mañana. Que descanses”.
Horas antes había estado pastándole la piel como una vaca. La llamó zorra, la llamó guarra, la llamó cosas que a ella le gustaban en la cama. La llamó puta. La llamó cerda, que te gusta- “Que me gusta”-, que te abras- “Que me abro”, que te toma- “Que me dame”, que te meto- “Que me me”, que te te te.
Y en vez de Ana, la llamo Cecilia Iñáquez Chevarría, así, todo seguido, igual que se la había metido toda entera por el coño, de una tacada.

20 de agosto de 2011

No creo que vuelva a leer a Shopenhauer


Chuf-chuf...
Chuf-chuf...
Chuf-chuf...

Las nubes en el cielo, parecían enormes montañas con nieves a punto de sufrir una avalancha.
Con los ojos cerrados y los rayos de sol de entre los árboles pintándola por dentro de naranja mientras un tren la alejaba en la distancia, chuf-chuf en la distancia, aún podía sentir cada uno de los dedos de sus manos gigantescas trepándoles la piel como reptiles y hurgándole los poros hasta el hueso hasta que el hueso, todos los huesos, crujían como casas encantadas.
Era jueves, y se marchaba para siempre.

Pensaba en él y a veces sonreía, y el tren, se iluminaba por dentro como un átomo de Helio, como una feria con noria y carrusel, como si todas las farolas del planeta, se hubieran encendido aquel jueves a la vez. “Es que me he acordado de su lengua buscándome en la oreja el pensamiento y en cómo, lo encontraba y luego se metía sin permiso por debajo de las bragas, señora, no-me mire-así”

Follaban en el quicio de las puertas; por delante y por detrás y entre las flores del sofá; sobre la cama, bajo ella; del derecho y del revés y en diagonal, y la gente que pasaba por la calle, podía escuchar perfectamente la voz de una sirena que salía del balcón, cantándole a un Centauro esa que dice, así- así- así, contra la pared.

Nadie en el tren la vio sacar el dedo de debajo de la falda y llevárselo a la boca con una gota en la puntita que sabía entre los labios a melón y a flor de sauco, ni como cada uno de sus vellos se erizó ni cómo en cada uno, vino a posarse un pájaro ni cómo, le estalló en el vientre una tormenta y de la boca empezaron a salirle los alientos del color de las naranjas mandarinas y de los ojos un azul con olas de crestas escarpadas y flecos de leche desnatada y bordados de nácar y trenzados de espuma y bordados de luna en los volantes, chuf-chuf, en los volantes.