6 de enero de 2011

La hormiguita que vino del espacio


Si pesaras ciento treinta kilos siempre podrías chupármela.
Aunque también podrías ir al gimnasio.
De momento sólo pesas la mitad.
Nueva York a la luz de una vela no es tan horrible.
Ni el frío.
Ni el peor de los recuerdos.
A la luz de una vela, te aseguro,
que no se ve el futuro.
Ven amor, abre las piernas...

Haremos una lista de cosas favoritas,
que contenga la palabra jamón,
lluvia; rosales;
que termine en Australia,
que se tienda con pinzas al sol de la Toscana,
una con letras de colores y
palabras soeces y sineces.

A la luz de una vela,
te voy a echar tres polvos.
Más no.
Más ya es tontería.

Y a veces, pensar en la muerte.
En cómo seremos, sin kilos, sin un rostro,
donde posar las manos.

Por eso.
No sé qué coño haces todavía,
con las bragas puestas.