17 de enero de 2011

Sesión golfa


Me gustó mucho la película.
Sí.
Mucho.
Me encantó.
Y a ella.
Mucho.
Le encantó.
A los dos la película sí mucho me encantó.
Le metí la mano en los vaqueros en cuanto empezaron a matar marcianos. Ya tenía las bragas mojadas. Como si acabaran de salir de la lavadora. Me miró. Vi sus ojos tremendos abrirse en la penumbra. No dijo nada y volvió la vista al frente, como si de verdad le interesara que una ingente masa de seres de otra planeta quisiera poner fin a la raza humana.
Tengo las manos grandes. Los dedos grandes. Las ganas grandes. A la mierda la cremallera. A la mierda el lacito de las bragas.
Dijo ¡Huy!
Y cerró los ojos.
Y de repente le importó un carajo el destino de millones de personas.
Resbalé dos dedos hacia dentro. Luego tres.
Abrió la boca.
El alma se le fue pasillo abajo desde la última fila de la sala hasta la salida de emergencia.
La recogimos más tarde, muerta de frío, porque en el burger, si no tienes alma, no te sirven ketchup. Y nos mola el Ketchup. Y las palomitas. Y el algodón de azúcar rosa y la cocacola en un enorme cubo con pajita.
Le caía un hilito de saliva de la comisura de los labios, que brillaba como el cobre a la luz de los cañones láser, disparando desde el espacio ráfagas que barrían de la faz del planeta la vida, mientras ella se estaba derramando gota a gota.
Noté en mi mano como un río.
Me apretó con la suya la muñeca.
Se fue del mundo exactamente, diecisiete segundos.
Cuando volvió, no había ni un superviviente en la pantalla, y los alienígenas, que no tenían ni puta idea de lo que era el ketchup, habían convertido todos los burgers en escombros.

“Te amo”, me dijo con un beso en la boca, mientras le ponía por encima de los hombros su chal verde.