3 de enero de 2011

Y matar el hambre a puñaladas


-¿Qué?

-Nada.

-Puta arañita...

-¿Qué harías si apareciera de repente por la puerta con trenzas en el pelo?

A la luz de la punta del cigarro, sus ojos se estrechan hasta casi desaparecer:

-La besaría hasta que echara espuma por la boca. Bajo la luz de todas las farmacias que hubiera en mi camino y de todas las farolas con viento y luz de gualdo y los naranjos, en los columpios, y cada una de todas las esquinas del planeta, la besaría en re menor, en Braille, en Esperanto, así y así y así y así, mucho, más, del todo, tanto, le encontraría el alma con la lengua, la incrustaría en la pared, la aplastaría contra el suelo, la arrancaría del pellejo hasta que flotara como un globo y se quedara colgada de una nube con forma de pimiento o de foca o de avestruz, la besaría hasta que de la aorta le salieran branquias, y de las uñas rayos cósmicos que se enredaran a mi espalda como hydras, azul cobalto.

-¿Y después?

-Me la comería.