25 de febrero de 2011

Carbono 14


El Vidal y yo íbamos al canal a pasar los domingos haciendo cabañas con palos y a explorar las canteras cercanas de granito, donde cuando llovía, las ranas criaban. Junto, había una casucha derruida que en sus mejores tiempo si es que alguna vez los tuvo, fue una ermita donde los obreros de la piedra iban a rezarle a San Benito para que a nadie más se le salieran las tripas por la boca bajo el peso de trescientas cincuenta toneladas, que era, siempre aproximadamente, el gravamen de uno de aquellos bloques paridos de la entraña de la santa madre tierra amén.
A veces, entre los juncos, encontrábamos revistas de tías en pelotas.
Antiguas. Con fotos de rubias con las tetas enormes y una mata de pelo en el coño que daba casi miedo saber qué cosa había detrás de tanta selva. Nos hacíamos pajas, evidentemente, a la sombra de nuestra cabaña, y nos gustaba, corrernos en la cara de aquellas noruegas y ver como el semen resbalaba por las páginas hasta la hierba.
Y a veces hasta cascos de plástico amarillo con linternas oxidadas. O mimbreras con cierres de aluminio donde metían la comida del jornal o paquetes vacíos de tabaco alemán o llaves del ocho y otras herramientas de cuando la cantera hervía y en el pueblo todo el mundo tenía leche en casa y huevos y hasta, de vez en cuando, magdalenas.
Un día, entre los juncos, encontramos una carta:
“La Mati se ha quedado preñada. Te escribo hermano porque padre ha estado enfermo y tú, en la Alemania seguro que no te has enterado de que a la vaca Tula se la comieron los mosquitos el verano pasado. Lo de padre al médico no le sonaba, y lo mandaron a la capital en el coche del alcalde, el negro, el de las banderitas en los faros y las gomas de las ruedas blancas. Y la Mati más gorda que un melón. Mamá bien. Que no se montaba en el coche por lo de los mareos, que a padre, lo único que le pasaba era que no le comía bien por la calor. Pero Mamá bien. Con sus pollos y sus tiestos de romeros y sus cosas de tejer a la sombra de la higuera.
Yo a la Mati la quiero mucho.
Yo a veces hermano, le digo a la Mati que a ti lo que te hace falta es una Mati como ella, que no es que haya más; pero a lo mejor parecida.
Yo a la Mati la abro de piernas y se me olvida el dolor de espalda y que nunca vamos a salir de la cantera y el de estar todo el año que si te aplasta un tocho o no o la tierra te come o vete tú a saber, como al Alberto. ¿Te acuerdas del Alberto? Pues ya no te acuerdes.
Vino la Tía. Trajo dulces y al marido.
La perra parió siete. Del chucho del cura. Se los llevó el Manolito en un saco a tirarlos al canal. Qué perra más puta.
La Mati, te digo, me abraza por las noche como si fuera a irme. A mi me da embarazo ponerle la mano en la barriga; pero se empeña y se me pone a contarme de que, cuando sea mayor, se va a llevar de calle a las niñas porque, va a ser tan alto y guapo como su padre y yo, hermano, ni soy alto ni soy guapo ni soy na, te digo, que la Mati lo que tiene es que no quiere, que la tierra me trague, y que por eso, en vez de mear por las noches, lo que va es a que no la escuche pedirle a la Virgen del Carmen que me convierta en hierro y no me doble, como el Alberto, que se partió en dos y todavía están buscando la otra mitad entre la grava.
He levantado la losa del suelo, que si te acuerdas, era donde guardábamos los cartuchos de cazar zorzales, pues ahí, me estoy haciendo un remanente para cuando a la Mati le de como a la perra y se ponga a traer niños al mundo, que es pronto, para mayo, si Dios quiere. Ya no paro en la taberna. Y fumo menos. Que se nota, porque la losa, cuando la levantas, ya huele a níquel.
La hija de quien ya sabes se ha casado con quien ya sabes.
Como no volvías...
También andó preñada. Aquí se preña todo, ya lo sabes.
Le han puesto como al padre.
Como no volvías...”