23 de febrero de 2011

Contra la pared


Las manos de aquel tipo se follaban las teclas del piano como un lobo de mar el culo de un marinerito de Jean Paul Gaultier, mientras al fondo del local, envuelta en humo y con las bragas chorreando sólo de pensar en cómo sería que aquellas manos se posaran como dos mariposas en su coño, Violeta dejaba escapar de entre sus labios un suspiro tan hondo, que se clavó en el Martini de una rubia operada de las tetas, y la hizo añicos.
Que unas manos así la sacaran de este mundo, pensó Violeta. Que la llevaran tan lejos de todo que todo sólo fuera una mota de polvo que pudiera soplarse.

La última nota de un blues que olía a fango y a mierda de caballo y que podía llorarse simplemente con tener una copa de más y dinero para otra, flotó durante unos segundos en el aire y luego cayo al suelo destrozada y rota, y rodando como una moneda de cincuenta, se perdió entre las patas de las sillas.

A Violeta la vida no le había sonreído desde el día en que su madre la dejó en la puerta de una residencia en las afueras, conocida como San Blas, y que era, desde lejos, fea y desgarbada, desde cerca imposible, de esquinas retorcidas y largas chimeneas que olían a pelo quemado de muñeca, y por dentro, el infierno de todos los niños de este mundo, que este mundo no quería.
A los nueve, Violeta apareció arrastrando las bragas de un tobillo y con las carnes abiertas en el despacho de la directora, tenía hilos de sangre como arroyos resbalando de las nalgas hasta el suelo y en la boca, el púrpura del miedo y en los ojos, más agua que un día de monzón. A los nueve a Violeta, un jardinero le había roto el himen de cara a la pared de los establos, entres cochinos y huevos de gallina recién puestos.
Se fue de noche, como un búho, atravesando por el patio de cerezos, y al alba, terminó de cruzar descalza la frontera subida en un barquito de papel, y entre los charcos, ya a orillas de la primeras calles que abrían sus puertas a un jueves de diciembre que iba a ser el primero de otros jueves completamente sola ante una vida que jamás iba enseñarle sus blanquísimos dientes, se recostó en el asiento de una parada de autobús y se puso a esperar a ver si la próxima marea, le regalaba unos zapatos.

Madamme Marie no era precisamente tonta y escondió a la niña en la alacena del burdel, donde la puso a recibir, a cambio de un fondue de queso o una ristra de embutidos portugueses, a señores de una rigurosa etiqueta y finísimos bigotes o un bastón, con el que la azotaban delicadamente mientras a ella le caía el semen por entre sus, por entonces, pezones tan rosados como el Chianti.
La tuerta, que era la puta más vieja de París, la encontró comiendo chasca de merluza en los cubos del mercado, envuelta en desperdicios y escondida como un topo y con la tez, negra del odio.

Unas manos así que resbalaran por su piel como pétalos de mirto, como la nieve, como el sol por las paredes de los Andes, que la elevaran, como a Teresa, como a Juana, que hablaba sola antes de ganar las batallas, unas manos así que en vez de manos, fueran pájaros llamando con el pico a la ventana, cucharitas de postre que se hundieran en la carne y poco a poco la dejaran hueca, vacía, limpia como el plato de un perro, sin todas esas marcas de navaja, de bastones y de uñas tan sucias como el cólera, unas manos así que la mataran, una y otra vez hasta hacerla sentir que estaba viva, y que el puñado de francos que llovía cada noche sobre su cama, había salido de un cerdito, y era para comprar unos zapatos, que había visto en Montpellier.

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