11 de febrero de 2011

Óleo


Mi abuelo murió sus últimos ocho años de vida tirado en la cama como un saco de basura.
Le pasó un día, viendo los toros, que empezó a temblarle el pulso y por la tarde, ya no pudo mover su lado izquierdo desde las cejas hasta las uñas de los pies, nunca más. “De hoy, no pasa”, dijo el médico, y con la punta del dedo, se puso derechas las gafas.
Uno se acordaba de mi abuelo, porque para ir al baño tenía que pasar por delante, y nada más te veía, te preguntaba la hora. Le preguntaba la hora a todo el mundo, una, y otra vez. Yo le quitaba el tabaco, cuando estaba dormido, y me lo fumaba detrás del árbol grande del recreo del colegio.
Terminó de morirse un día martes, encogido y mirando a la pared, pequeño, como un pajarito.
Lloré más por mi gata. Se llamaba Lucy y yo la quería.
Era blanco, lo recuerdo, cerúleo como un cirio, mi abuelo recién tibio.
Tengo una foto, donde estoy con manga corta y ocho años y los pies colgando de una silla y mi abuelo, en otra.
Me enseñó a hacer cometas, con varitas de junco y papel celofán, y en vez de pegamentos, masilla de agua y pan, y una cola de trapo, y unos ojos pintados con pestañas muy largas, y muy rizadas.
Pero lloré más por mi gata, porque a mi gata, yo la quería.