9 de marzo de 2011

Bizancio


Había comprado aquella mecedora hacía poco y me encantaba, llegar a casa y derrumbarme sobre, todas aquellas flores grandes. Entonces ella salía de la habitación y de un salto como de lagartiga o algo así, no sé, un bicho en cualquier caso, se tiraba sobre mí, a todo lo ancho que le diera un abrazo, y empezaba a darme besitos metralleta, que eran su especialidad, y terminaba metiéndome en la oreja una lombriz, mientras la mecedora, nosotros, y a nuestro paso todos los botes de sal y la lámpara y el cuadro falso de Cezanne, perdiendo el equilibrio, hacíamos un circo de la vida, y todas las moscas de la casa y las macetas, aplaudían, viéndonos rodar, pasillo abajo.

Siempre creí que cada átomo de su cuerpo estaba condensado de tal modo en ella misma, que si alguna vez reventaba, yo, desde luego, no quería estar delante. En sí misma era un núcleo de algo, con el pelo negro y en los ojos una ola de diez metros.
Yo la quería, porque era un planeta.
Otro día, fea como una plancha, porque, de salirse siempre con la suya, los labios se le hinchaban. Pero yo la quería. Fea y todo.
Otro porque a veces, no me quedaba más remedio. Al fin y al cabo, era un planeta.

Y en la sal, derramada por el suelo, escribía con un dedo que yo era, suyo, y luego me miraba y con la ola enorme de sus ojos, me metía tan dentro de su vientre que podía sentir en la punta de la polla el dique de sus huesos crujiendo con mástiles de barcos a punto de romperse.

A veces, se quedaba sentada en la ventana, y yo le preguntaba “¿Dónde estás?” y ella decía “aquí, contigo”, para no hacerme daño. Le dolían las manos. A veces. Se le doblaban como tallos, hacia adentro, de hierba un junio de verano.
Lo rompía todo, yo no he sido, decía, siempre.
Y se ponía muy sería para que efectivamente pareciera que ella no había sido.
Porque a ella las manos no le dolían, estaba aquí, conmigo, y las cosas, se caían solas.