31 de marzo de 2011

Fundido a negro


Valeria la polaca tenía cuatro hijos de padres diferentes a los que llamaba Lazlo primero, segundo, tercero y cuarto para que ninguno, fuera menos que otro, fuera quien fuera el que la había dejado preñada en cualquier sucia habitación de Varsovia, por sólo siete zlotys.

Valería tenía a los niños en colegios de pago, con escudos dorados en la ropa, y cada noche, se dejaba comer el coño de seis a siete veces y follar por detrás mientras un albañil la destrozaba el culo y ella se pintaba de rojo los labios para hacerle una mamada a un marinero turco, por cuatro zlotys más.

Tenía la piel blanca como un miércoles de nieve, y el pelo, rizado al hombro y terminado en una galerna que hacía que los hombres volvieran a escondidas la cabeza por la calle, agarrados del brazo de sus esposas.

En el segundo vivía Trinidad, una señora que no era una señora, sino otra cosa, que meaba de pie y se afeitaba la barba con jabón del Oriente. Había sido camionero y antes, cuando se llamaba Józef, antes de que Varsovia fuera una cloaca infestada de svasticas, vivía enamorado en secreto de un farmacéutico, con el que se veía en una tapia de correos los sábados por la tarde para clavarlo a la pared de una embestida y susurrarle al oído que sin ti, me moriría.

Al licenciado lo tumbaron en la nieve de tres tiros en el pecho.

Todavía le quiere.

Hay gatos en la calle, maullando otra vez nuestra canción.