23 de marzo de 2011

Nudos


Lizabet tenía decenas de bolsitas, atadas con cuerdas, y dentro, en unas, piedrecitas de río, y en otras, perlas de collares de muchos colores. Bolsitas con cromos de flores y frutas del bosque; con polvos de oro; lápices de cera; botones, cajas, enteras de cartón, llenas de bolsitas atadas con lazos con cosas pequeñas.
Lizabet tenía un pijama con lunares que me hacía contar a ver dónde llegaba mi paciencia- porque la divertía tenerme a su merced-, antes de aferrarme a los limones de sus tetas como si fueran la ramita de un árbol y aquello que me entraba por el cuerpo un precipicio, y fuera a caerme.
Nunca los conté todos ni nunca me caí.
Luego me hablaba, mirando un techo con araña, de que había llegado a este planeta montada en una hormiga. Decía cosas como esas, todo el tiempo. No las entendí nunca. Ella tampoco lo esperaba. Las decía. Simplemente.
Lizabet no era capaz, de tirar ni un trocito de comida, y con las sobras, hacía paquetitos de papel de aluminio, perfectos, que guardaba en la nevera con todo el amor de sus manos.

Podría, reconocer los pies de Lizabet entre cualquier otros pies del mundo, su risa en un concierto de Depp Purple y el olor a geranio de su pelo bajo el agua de todo un Adriático, podría escuchar como respira, desde detrás de una tremenda cordillera enarbolada de relámpagos, podría encontrarla, a oscuras y sacarla, del mismísimo infierno, sin despeinarme.

Lizabet tenía en la mesilla, de noche, la estatuilla pesada como el plomo, de un capitán de barco sobre un risco, con pipa y una gorra con un ancla y en los brazos, una niña, plácidamente dormida, con el pelo tan largo que las olas, lo trenzaban.
“Yo quiero que me quieran así”
Y luego, con los ojos, me arrancaba el corazón para comérselo.