4 de abril de 2011

Track 11


Todo el mundo en Santa Marta pudo escuchar como a las siete y media de la tarde las campanas de San Judas tocaron a muerto solas.
A unos, el café se les quedó varado entre las manos a mitad de camino de los labios. A otros, les dio un pálpito y salieron, a asomarse a la ventana, a ver si llegaban del trabajo los maridos, las hijas, los novios y los gatos, que por las tardes trasegaban en los cubos y eran tan asiduos que hasta tenían puesto nombres, como Azul, un felino de orejas puntiagudas y pinta de Don Juan que paseaba por las calles su faraónica manera de caminar casi sin pisar el suelo.
Don Ramón se quedó tieso como un palo de abedul mientras se estaba abrochando los cordones de los zapatos, sentado al filo de la cama y con la cabeza entre las rodillas como un pájaro. Fue que a la mañana siguiente, como no estaba en su sitio de siempre en el bar de la estación, fueron a buscarlo a su casa. No hubo manera de ponerlo derecho. Parecía una alcayata y tuvieron que enterrarlo en una caja cuadrada, hecho un ovillo.
El viejo había vivido, desde que se bajó del tren de las once menos cuarto y preñada de tres meses, enamorado de una francesa. Se llamaba Michelle y tenía las ojeras más bonitas del mundo debajo de los ojos. Que era puta de burdel, sólo se supo cuando Soledad, que nació retrasada como entonces le decían, fue a parar al orfanato de San Blas, a pesar de que el viejo quería ponerle el apellido y a la francesa un anillo de casada: “Su padre es un mercante de La Habana”, le dijo a Don Ramón, y que la niña, no había sido fruto del amor, sino del paso de los barcos por el puerto. “ O un traficante de seda del Nepal”. Y no siguió diciendo nombres, sino que le besó la comisura y con los dedos en la nuca, lo llevó hasta la cama y lo puso a cabalgarla. Era muy guapa y tenía la voz de una campana de capilla. Se fue con sus ojeras debajo de los ojos un miércoles de marzo, llevaba, puesto un pañuelo en la cabeza de lunares pequeños, que agitó mientras el viejo, la vio difuminarse por las vías, como un Cezanne hundiéndose en agua.
A Soledad se la quedaron los guardas del viejo cementerio que había en la colina, y a los niños que iban allí a volar cometas, los abordaba y les decía “eres precioso” y los sacaba, a la hierba a bailar las canciones que sonaban en la radio que el guarda tenía en el lagar donde guardaba los apaños de enterrar.