31 de mayo de 2011

Caballo y yo


...y comer como un mirlo hormigas de su boca y abrirle en canal la celosía del higo con los dedos y enredarnos el uno en el otro como alambre de espino.

El pez se ha muerto.
Hijoputa.
El día que inventaron la pastilla para no sentir nada fue una mierda. La gente acabó tomándola por cualquier cosa. Y ahora la gente ya nunca siente nada. Ni que los peces se mueran. Ni siente los silencios, entre nota y nota.

“-...y dos cervezas.

-Ya te he oído. También lo que has dicho de mi culo.

-No he dicho nada.

-Pero lo has pensado”.

Así nos conocimos.

El iluminado me dijo una vez, “mira tío, de todo lo que he visto en la vida, la mitad era mentira, y la otra mitad, ya no me la creo”.

A veces he tenido tantas ganas de tomarme esa puta pastilla...
Acabaría acostumbrándome a no sentir nada, todo el mundo lo hace, antes, sólo se podía girar la cabeza a otro lado, pero ahora, coño, te la tomas y te quedas igual aunque a tu madre se la esté comiendo un caimán delante tuyo.
Y al día siguiente te la tragas porque las cosas nunca salen como quieres, o porque se te ha ido la mano en la sal de la sopa, o simplemente, para no sentir nada, antes, había spas, y saunas y, en fin, nunca la he tomado.

Así fue como encontré a caballo.
A su grupa pedaleo las calles del barrio las noches de verano, mirando las macetas que cuelgan de los balcones y las zapatillas de los cables del teléfono, y si hay algo abierto, la amarro a una farola y tomo algo, con los pies encima de la silla de enfrente y, la cabeza en otro sitio: “Ya sabes dónde”, solía decirle cuando me daba con el codo y alzaba las cejas como preguntando, si estaba en este mundo.

Dicen que si te la tomas en ayunas se te olvida cualquier cosa y te quedas parado en cualquier sitio esperando a acordarte de como se daba el primer paso a cualquier parte.

Me cago en la marea.

Son más baratas que los clinex. Como ya nadie llora, se pusieron a precio de oro, hace tiempo.

Sentir el agua fresca en la cara, cómo el viento eriza cada vello de mi piel y por debajo, la sangre se alegra y cursa su destino hasta palpitar, generosamente vivo. Entre los dedos de los pies la arena de la playa resbalando grano a grano, mientras en el horizonte suena una canción de Peter Gabriel y las nubes delante de mis ojos toman forma de ciudadela medieval con almenas, torreones y princesas de largas trenzas suspirando en las ventanas por la polla de un Dragón. El trino de los pájaros; el hedor de la mierda de rinoceronte; disfrutar en la cola del súper de los culos de las amas de casa; ver pasar los autobuses; no echarse, uno de menos.
Me gusta cómo huelen los garajes subterráneos.

Hubiera sido hermoso saber que un clan croata era capaz de sentarse en el suelo de una Jaima del Atlas, y compartir dulces de miel y especias rojas con los señores del desierto, los niños, sus esposas, que bajo el mismo sol que alumbra a todos Palestina brillara como un paño de lino recién puesto a secar en el jardín; que Rusia, la gran madre, había parido hermosos hijos a lo largo del mundo con un pan bajo el brazo; que del escape de los coches, salían pétalos de nardo que cualquier transeúnte podía coger con dos dedos y meterse en la boca y comer; que en una esquina, tropezara con Dios, y me preguntara el nombre de una calle y yo pudiera decirle, vete al carajo, ¿no ves, que voy escuchando el Brother in arms?, pregúntale a otro, y que, otro le dijera lo mismo, y Dios, estuviera perdido de repente, solo y perdido en esta ciudad.

“Dios no existe”, me dijo el iluminado; “Estás solo”.
Y perdido. En cualquier ciudad, perdido entre las calles con gente que ya no siente nada. Ni que se mueran los peces.

Mientras no tome esa pastilla, nadie podrá arrancarme mis sueños....¿estás ahí, marea? Ya no te tengo miedo.