16 de mayo de 2011

No hay monstruos debajo de la cama, si acaso, bailando lentamente, pelusas, un minueto de Dimitri Chostakovitch


Tenía las pestañas largas y rizadas como olas del Cantábrico rompiendo contra la escollera, la boca entreabierta como una puerta a la penumbra de un patio con limones y la punta del boli entre los dientes. Olía a flor guardada entre las páginas de un libro con costuras y un título en relieve que al pasar por encima las yemas de los dedos uno, sonara a marea baja y al bufido de un buque en la distancia. Daban ganas de tirarse en tobogán por sus pestañas y caer de cabeza en la arena amarilla de su boca de patio con limones y cortinas detrás de las ventanas hinchadas como velas al viento, daban ganas, de pasarle la lengua por el cuello y hacerle un caminito brillante hasta el oído y decirle que ya no quería una copia del recibo de la luz, que a la mierda el recibo de la luz, que saliera conmigo de allí montada en un caballo y con el pelo haciendo de bandera, ganas, de columpiarse, en sus pestañas, de colgar allí tu ropa y quedarte a navegarle el agua de dentro de sus ojos esmeraldas, ganas de meterse con los dedos en la boca centímetro a centímetro sus dedos, uno a uno y luego, dos a dos y luego, todos.

-¿A que no has ido a que te den el recibo de la luz? Para qué. Pues para el plan Renove de la lavadora te lo piden. ¿Sabes qué es una lavadora? El último recibo. ¿Has ido o no? ¿Sí? ¿No? Me voy a duchar. Tanto pedir no es digo yo ir a la eléctrica y pedir un papelito. No sé en qué piensas. Si piensas. Digo yo. Cuando termines de fumar cierra la ventana que entran salamandras. “Sí cariño”. Gracias. De nada. Veinte años y todavía hay que pedirte las cosas trescientas veces. Tanto te cuesta. Será. Por un recibo, total.

“Qué asco de tía...”