19 de mayo de 2011

Números de serie


Fumar mata.
Hacerse pajas te deja ciego.
¿Y beber una sola copa de vino?
¿Temblar,
como una hoja,
de miedo ante lo desconocido?

Que os follen, dioses del Olimpo.

Quiero morirme triturando entre mis dientes
ricos trozos de carne bien cruda y
comerme la fábrica de Charlie y
beberme otra botella de tequila junto a una diosa azteca
que me la chupe un rato, quiero
Uf+más+todo.
Vivir sin la agonía de pasarme de largo
la vida quiero, quiero,
matarme a porros mientras escucho a Strauss,
ver a través del techo,
el puto universo,
y brindar por Orión,
Urano,
Andrómeda,
con el vino más barato que vendan en el súper.

Quiero salvar el mundo una y otra vez con mi sonrisa.
Llover sobre el Mojave.
Tener muchos lápices.
De colores.
Y pintar en los zapatos de la gente,
vivir, en letras grandes,
redondas y gorditas,
no es,
tan complicado.

Recuerdo aquella vez que me tiré por la ventana
y di con los dientes en la calle.
Tres pisos.
Cuatro costillas.
Cinco meses de mierda tumbado en una cama,
de metro ochenta pegada a la pared.

Su puta madre.
¿Y dónde coño estaba mi ángel de la guarda?

Ni las hadas.
Ni los reyes de oriente ni,
Oz,
ni,
existe Xanadú.

Pero existen las manos calientes, de un otro.
Las galletas de coco y el volumen,
de los cántaros.

Me encanta ser un globo con forma de pera,
un cascarón de nuez con vela y mástil y hasta,
una bandera negra con una carabela,
perder la vergüenza a los dados,
y sentarme en la piedra donde tropecé, tantas veces,
a mirar saltamontes
y mierda de caballo.