22 de junio de 2011

Anticredo


No creo que estemos destinados a nada,
ni en que la vida, sea o no justa
o esté en manos de una divinidad cualquiera,
no creo,
-qué importa-
en nada.

Pero creo en mis cosas.

Creo en el olor de la ropa planchada.
Creo en la bandera gay.
En Buzz Lightyear.
En la voz de cueva de los negros, del locutorio.
En la enfermera gorda.
En los payasos sin fronteras, los médicos sin fronteras, cualquiera sin fronteras.
En cómo ríen como niñas las putas tailandesas.
Porque son niñas.
Creo en las tostadas y el zumo de naranja.
En que toda esa gente que sale por la tele,
no es tan estúpida.
En que cualquiera no puede ser tan estúpido.
¿Quién no tiene un céntimo de euro?
¿Quién no ha planchado alguna vez?
Creo en la música a toda hostia.
Y en Batman.
Spiderman es un buen chico; pero llora demasiado.
Creo en Alicia, por supuesto, y su traje azul.
Creo en Mandela, rascando los días en la pared de su celda
con una cucharita de café.
Creo que sin sueños,
la vida se muere, y que debajo de todas mis macetas,
hay Gnomos.
Creo que el amor no debería ser una pecera sino el Mar.
Creo en la insulina.
Creo en Pancho Villa.
En las tetas eclécticas de una india amazónica.
Creo en los monstruos que llevamos dentro.
En Indiana Jones.
Creo en los colores, en todos los colores.
En las pulgas del perro del hombre que pide a las puertas de la iglesia.
Un céntimo de euro, por caridad.
O para vino.
¿Quién no tiene en el bolsillo, el corazón?
Creo en los pomelos, aunque no sé a qué saben.
Tampoco sé a qué sabe ser feliz, y creo.
Creo en el oso.
En la marsopa, y sobre todo en las libélulas rojas.
Creo en los solos de guitarra.
En los Cherokees.
En los atunes rojos.
En los mapas que el tiempo, ha trazado en mi piel.
Creo, que estás, escuchando detrás de la puerta.