18 de junio de 2011

Miss átomo


Doblé el paisaje en dos y luego en cuatro y luego en ocho y luego en luego y luego lo metí en el bolsillo pequeño del vaquero, con el dedo índice hasta el fondo.

“-¿Qué me has traído?

-Un barco pesquero con atunes, con una franja azul de proa a popa. Gaviotas, cientos, y una niebla que había, a ras del agua”.

Otro día, era un caramelo de frambuesa; un pez naranja; unos aretes; queso...globos...algo, algo que la hiciera dar saltitos de alegría.

“Yo no he venido a este mundo a sufrir por nadie, sino a amarlo y a darle cada uno de mis días y a que la gente me vea pasear con él de la mano”, decía.

Tampoco me dejaba salir de la casa sin darle un beso aunque sólo bajara a por tabaco: “Si te cae una maceta de un balcón y ya no vuelves, ¿cómo quieres que me acuerde de ti?, si te pilla un camión y...”
Y yo, por no escucharla, la besaba.

“Quiero una cama enorme para hacerte el amor, y hacerme viejita contigo”
Cosas así.
Y todo le salía por una boca, tan, pequeña, que era imposible llevarle la contraria.

Me encantaba oler su piel, que olía a patatas, después de un duro día de trabajo, y bajarle las bragas con el pie, mientras ella se quitaba la goma del pelo. Si no quería, la mordía en el cuello, y entonces, quería. “No...no”. Pero quería. Y después quería más. Y gritaba. Gritaba lo que le daba la gana, que para eso pagaba un alquiler. Una vez le tapé la boca con la mano. Me mordió. Y se cabreó mucho y como siempre acababa encima me espoleó tan fuerte que sentí como la polla se partía, y ella caía resoplando a mi lado como un saco de arena que hacía puf puf puf y que me dijo, que si le volvía a tapar la boca con la mano, me arrancaría los dedos de un mordisco.